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martes, 7 de abril de 2015

La fe y fortaleza de los Reyes Católicos triunfa sobre la adversidad y el "destino imperial" de España se afirma providencialmente - El entronque de las Casas de Trastámara y Austria y el "destino imperial" - 8ª y última nota

El Emperador Maximiliano de Austria y su mujer, María de Borgoña, cuyos  hijos, Felipe y Margarita, casaron con Juana y Juan de Castilla, hijos de los Reyes Católicos
Doña María de Borgoña


La Archiduquesa Margarita

Escudo del Príncipe don Juan de Castilla


El Archiduque Felipe "el hermoso"

Su mujer, doña Juana de Castilla

La Catedral de Burgos, donde el Cardenal Cisneros bendijo el casamiento del Príncipe Juan de Castilla con la bella Archiduquesa Margarita de Austria

La Catedral de Notre Dame d'Anvers, donde se casaron el Archiduque Felipe y doña Juana de Castilla, futuros reyes de España y padres de Carlos I de España y V de Alemania, en quien se concretó el "destino imperial"

"De pie estaba Carlos V, que en España era primero, con gallardo y noble talle, con noble y tranquilo aspecto"

La gran reina católica



Isabel y Fernando, forjadores de la grandeza de una España con "destino imperial" 

Laredo
Nota: podrá acceder a las entradas anteriores haciendo click en la "etiqueta" Ëntronque de las  Casas de Trastámara y Austria y el "destino imperial" de España, al final de esta nota


Casamientos de los príncipes y muerte de don Juan
Fue, como vimos, para contrarrestar las pretensiones de Francia sobre Italia que se requería una unión estrecha entre el Emperador y los Reyes Católicos. Se dispuso forjar la alianza familiar por el doble casamiento de los hijos de los Reyes Católicos, don Juan y doña Juana, con Felipe y Margarita, los hijos del Emperador[1].
El matrimonio de Catalina con el Príncipe de Gales –pensaban- reforzaría la alianza con Inglaterra. Así, la red de estos lazos conyugales se tejía de Londres y Malinas a Burgos, de Viena a Milán, intentando envolver por todas partes el reino de Francia y oponerse a las ambiciones de los Valois.
Doña Juana, con 17 años, viajó custodiada por una poderosa escuadra que partió de Laredo en septiembre de 1496. La travesía fue difícil, perdiéndose barcos y valiosos cargamentos. Felipe el Hermoso no estaba; había ido a visitar a su padre a Innsbruck y disfrutaba de cacerías en el Tirol.
Su cuñada fue a su encuentro, en Amberes. “Su carnación morena contrastaba con la frescura excepcional del colorido del rostro de la rubia Margarita, mucho más viva y espontánea que la joven Infanta”, comenta con admiración el Conde C. de Wiart, quien brinda sabrosos y amenos detalles. La influencia morisca en el arreglo de Juana  contrastaba también con la moda flamenca. Había traído de Castilla mulas de paso ricamente enjaezadas, sirviéndose, para montar, de una especie de escala que Margarita se divirtió en probar de inmediato”[2].
Por fin llegó Felipe, llamado el “Hermoso” por el encanto y la elegancia de su radiante juventud. “Sin proponérselo, cautivó de entrada y definitivamente a esta joven esposa que la política le había escogido y que debía amarlo hasta la locura”.
El 21 de octubre de 1496 fue celebrado su casamiento en la Iglesia de Notre Dame d’Anvers. “Fecha memorable, si se piensa en las consecuencias de una unión que debía reunir, en la descendencia de estos jóvenes príncipes, la potencia de todas las Españas y las riquezas del Nuevo Mundo a los dominios de la Casa de Borgoña y al antiguo prestigio del viejo imperio germánico”, comenta C. de Wiart.
A su vez la Archiduquesa, Princesa de Asturias, se despidió de su abuelastra y madrina Margarita de York, y de su bienamado hermano, embarcándose en Flessingue con una numerosa comitiva. El viaje de vuelta de la escuadra española  fue azaroso por el estado de hostilidad entre Francia y Maximiliano. Era posible que Carlos VIII intentara un golpe de mano para frustrar un plan matrimonial tan inquietante para los intereses de su corona.
Luego de una forzosa estada en Inglaterra, debida al mal tiempo, pudo llegar a Santander, “cuya magnífica rada debió haberle parecido un puerto de gracia”.
Como no la esperaban allí sino en La Coruña, envió de inmediato a un gran señor flamenco para informar a los Reyes Católicos de su llegada y ofrecerles sus homenajes. Días después, venidos de treinta leguas, se presentaron Fernando y su hijo con un séquito numeroso y brillante.
Llegó el momento del encuentro. Don Juan, fino y elegante, tenía aire de grandeza y aspecto delicado, pues su salud había sido siempre frágil. La impresión recíproca fue muy buena y el príncipe sintió el encanto de esta princesa del Norte de “belleza sin artificios”, “rubia como los trigales y deslumbrante como una flor”.
Se dirigieron a Burgos a celebrar el matrimonio a través de las mesetas de la vieja Castilla.  Le impresionaron a Margarita las montañas secas y ásperas, distintas de las frescas forestas de donde venía. El contraste era grande entre la atmósfera de contento y despreocupación de Flandes y la gravedad castellana que parecía ser, en el porte de los nobles personajes que la escoltaban, como el reflejo de los paisajes austeros de su nueva patria.
En Burgos, hizo una entrada triunfal, como de cuento de hadas. El rey Fernando había querido cederle su yegua favorita. Bajo un baldaquín de seda bordada cabalgaba a su derecha, mientras el infante iba a su izquierda, encantado del murmullo de admiración que despertaba la joven princesa de la cabellera de oro.
Al clamor de las campanas y trompetas, entre los vivas populares, llegaron al Palacio Real donde esperaba la reina Isabel, junto a los embajadores extraordinarios y todos los grandes del reino, prelados, caballeros, miembros de los estados de Castilla, gobernadores, y corregidores y procuradores en grandes trajes y con gruesas cadenas, que fueron a homenajear a la Princesa de Asturias.
En un torrente multicolor y vivo de telas bordadas en oro y cubiertas de pedrería se llevó a cabo la ceremonia feudal y jerárquica de besamanos de la que veían como futura reina, iniciada por sus dos nuevas cuñadas, Isabel, viuda de Alfonso de Portugal, y Catalina, prometida del Príncipe de Gales.
El casamiento se celebró en la imponente catedral que conserva las reliquias del Cid Campeador la que, “desde su vieja puerta fortificada, flanqueada de torres y campanarios, domina la villa arrodillada en torno de ella”. La bendición nupcial fue dada a los jóvenes esposos por el Arzobispo de Toledo, el ilustre Jiménez de Cisneros, confesor de la Reina[3].
La vida de la Corte de los Reyes Católicos  era intensa como pocas. “Lado a lado, combinando sus designios sin jamás confundirlos, estos dos soberanos que creían, uno y otro, en la grandeza de su misión, y que estaban imbuidos hasta el misticismo del sentimiento de su deber, reinaban desde hacía más de veinte años sobre España”. “Sus súbditos habían adquirido, y debían conservar, el hábito de atribuir al genio vigoroso de Isabel de Castilla, y a la habilidad tenaz de su esposo, Fernando de Aragón, igual parte en la gloria común”. “Juntos habían querido y buscado el triunfo de Cristo y la grandeza de España”[4].
Isabel pronto adoptó como hija a la inteligente y vigorosa Habsburgo, en la que le alegraba ver a la continuadora de su misión junto a su hijo bienamado, cuya debilidad física conocía y lamentaba. Pero esta misma debilidad frustraría todos los planes de los soberanos.
Dos meses después del casamiento, don Juan parecía agotado. Los médicos consideraron que convenía separar por algún tiempo a los jóvenes esposos. Isabel se resistía, pero decidió que don Juan fuese a Lisboa a presenciar el casamiento de su hermana mayor con el rey de Portugal.
En Salamanca, luego de unas fiestas en su honor, lo asaltó la fiebre. Fernando y Margarita acudieron junto al enfermo para quien se temía lo peor. Margarita, angustiada, pensó en hacer un peregrinaje para obtener su curación. Pero como su estado empeoraba, no quiso abandonarlo, y lo acompañó hasta el fin.
Don Juan vio acercarse la muerte con una resignación ejemplar, y trató de consolar a los que lo rodeaban. Rogó a sus padres que aceptaran humildemente la voluntad de Dios. “A través de su corta vida –dijo-, sólo había conocido felicidades y bendiciones, y moriría así alegremente”.
Era el 3 de octubre de 1497…y “así fue que se perdieron las esperanzas de toda España”, escribió tristemente Pedro Mártir, su preceptor.
El anuncio hizo llevar gran duelo en toda España.   “Todas las gentes de oficio han parado por cuarenta días. Todo hombre iba vestido de negro, con esos grandes mantos de jerga, y los nobles y la gente de bien cabalgaban con las mulas tapadas hasta las rodillas con dicho género sin vérseles más que los ojos; estandartes negros ondeaban por todas partes sobre las puertas de las villas” (Commines).
Quedó aún como esperanza la preñez de la princesa. Para el alumbramiento, trabajó valientemente doce días y noches, sin poder tomar alimento ni dormir. En lugar del heredero tan deseado, la joven viuda dio a luz una niña que apenas vivió.
 “Así se derrumbaba el bello porvenir que los Reyes Católicos habían soñado para su dinastía”, dice el Conde C. de Wiart. ¿A quién irían a parar los tronos de Castilla, Aragón, León y Granada, y los pueblos a evangelizar en el Nuevo Mundo?
Los Reyes se recluyeron en su dolor. Cuando asomaron de nuevo al mundo, lo hicieron con tanta fortaleza, que todos se maravillaron de su valor. Habían decidido que su herencia le tocaría a su hija mayor, Isabel, la “Señora Infante”, Reina de Portugal, viuda y casada en segundas nupcias con Manuel el Afortunado, para pasar enseguida al hijo que se esperaba de ella.
Nació éste el 23 de agosto de 1498, y fue bautizado con el nombre de Miguel de la Paz. La alegría duró minutos pues, confirmándose los presentimientos de su madre, “la Reina-Princesa”, dejó ésta de existir a consecuencia del parto, una hora después. La desgracia ocurría diez meses pasados de la muerte de su hermano, don Juan. Podemos imaginar la repercusión de estas pérdidas en el ánimo y salud de Isabel la Católica.
El niño fue un consuelo familiar ya que, además del orden afectivo, abría la esperanza de unificar Castilla, Aragón e inclusive Portugal, que lo reconocieron como heredero, en un momento en que la unión real de los dos primeros, tan querida por Isabel I,  se mantenía incierta.

El sol brilla en Gante – Nacimiento de Carlos

Cuando Margarita de Austria, luego de tres años en España, debió regresar a Flandes “…se enteró de una noticia que la llenó de emoción y de gozo…; su cuñada Juana, madre ya de una hija, acababa de dar a luz, en el Prinsenhof de Gante, el 24 de febrero de 1500, a un hijo de buen aspecto. Quemando etapas, llegaría a tiempo para el bautismo”[5].
Un brillante cortejo partió de noche de la Corte del Príncipe hacia la Catedral, a la luz de millares de antorchas, aclamado por el pueblo. Luego de que el Obispo de Tournai procediera a la ceremonia bautismal, hubo alegría general, aumentándose el contento de los flamencos con hipocrás, vino y cerveza.
Homenajes y regalos  afluyeron a la cuna del infante, al que se invistió con su primer título, el de Duque de Luxemburgo -semejante al de Príncipe de Asturias. Su tía le regaló una copa de oro macizo enriquecida con rubíes y diamantes.
Pronto la situación del niño y de sus padres habría de cambiar y abrir nuevos horizontes. El príncipe Miguel de la Paz, hijo de Isabel y del Rey de Portugal, moría prematuramente el 20 de julio del año 1500. La princesa Juana, esposa de Felipe el Hermoso, se convertía en heredera de España…
Nadie podía prever, al nacer Carlos -dice Wiart-, que un día sería señor de dominios en los que no se ponía el sol… Pero parece que su abuela Isabel vislumbró su futuro, porque exclamó: “ese niño heredará nuestros reinos”[6].
Había sido bautizado con el nombre de Carlos, en recuerdo del Temerario, y como continuador de la Casa de Borgoña. Sin embargo, no sería la maravillosa herencia borgoñona su mayor gloria ni su perfil más acusado, sino el de continuador del Imperio forjado por los Reyes Católicos, sublimado por la Corona de “Sacra Majestad Cesárea” y la tradición imperial de la Casa de Austria.
El entronque dio una “nueva dinastía” a España que encarnó y concretó sus aspiraciones imperiales: “…España se liga a la fortuna de la Casa de Austria, destinada a imperar en el Universo”[7]…
…y en Austria reinaron los descendientes de Isabel y Fernando, a través de su nieto Fernando I de Austria, nacido en Alcalá de Henares y criado en suelo español, Emperador del Sacro Imperio por voluntad de su hermano mayor, Carlos V, e iniciador de la rama austríaca de Habsburg.
Ambos imperios mantuvieron la amistad, como quería Carlos, y fueron bastiones de la Cristiandad.
El águila bicéfala se extendió también a América, creando condiciones de arraigo para los linajes hidalgos troncales de la Nobleza de Indias, y sustentando y coadyuvando a dar vida a los períodos históricos fundacional y de consolidación[8], en los que, al decir de penetrantes historiadores, se forja la matriz del alma argentina e iberoamericana y el tipo criollo.

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Genealogía de Carlos I de España, V de Alemania
Padres:
Felipe I, el Hermoso, de Habsburgo (1478-1506), Rey de España*
(* reinó en Castilla dos meses, hasta su muerte)
Archiduque de Austria
Soberano de los Países Bajos
Juana I de Castilla (1479-1555),  Reina de España
Abuelos paternos:
Maximiliano I de Austria (1459-1519), Emperador del Sacro Imperio
María, Duquesa de Borgoña (1457-1482)
Abuelos maternos:
Fernando V, el Católico, Rey de España (1452-1516)
Isabel I de Castilla, la Católica, Reina de España (1451-1504)
Bisabuelos paternos:
Federico III de Austria, Emperador del Sacro Imperio
hijo de Ernesto I, Duque de Austria, Estiria y Corintia, y de Zymburgis Plock
Leonor de Portugal, Reina de Alemania
hija de Don Duarte, Rey de Portugal, y de Da. Leonor de Aragón, Reina de Portugal
Bisabuelos paternos maternos:
Carlos el Temerario, Duque de Borgoña (Valois-Bourgogne)
         hijo de Felipe III, Duque de Borgoña, y de Isabel de Portugal
Isabel de Borbón
         hija de Carlos, V Duque de Borbón y d’Auvergny, y de Agnès de Bourgogne
Bisabuelos maternos:
Ver más atrás, en el presente trabajo.
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Entrada anterior: 19 diciembre de 2013 -  7ª entrada - jueves, 19 de diciembre de 2013

Una mirada al fascinante mundo de los Habsburgo-Borgoña - El entronque de las Casas de Trastámara y Austria y el "destino imperial" (7ª nota - penúltima)


La fusión dinástica y familiar de los Habsburgo y los Borgoña -que entroncaría con la sangre de Isabel y Fernando- destiló ambientes quintaesenciados, con una nota de delicadeza, colorido y maravilloso que armonizó perfectamente con el espíritu guerrero y refinado de Carlos V, Felipe II y don Juan de Austria, que se manifestó en batallas decisivas para la Cristiandad como las de Mühlberg y Lepanto 






                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         





[1] Comte Wiart, o.c., p. 49-50.
[2] Comte Wiart, p. 55.
[3] Comte Wiart, o.c., pp. 60-2; las crónicas y coloridas descripciones permiten recrear mejor los hechos.
[4] Comte Wiart, o.c., p. 63-4.
[5] Comte Wiart, o.c., p. 73.
[6] Adela F.A. de Schorr, “Destino de Reinas…”, cit., p. 106.
[7] Juan Beneyto Pérez, “España y el problema de Europa”, Ed. Espasa-Calpe, Colecc. Austral, p. 101.
[8] Cf. Luis M. Mesquita Errea “Siglos de Fe en Argentina y América preanuncian un futuro glorioso…”, cit. en nota 43.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Una mirada al fascinante mundo de los Habsburgo-Borgoña - El entronque de las Casas de Trastámara y Austria y el "destino imperial" (7ª nota - penúltima)












La fusión dinástica y familiar de los Habsburgo y los Borgoña -que entroncaría con la sangre de Isabel y Fernando- destiló ambientes quintaesenciados, con una nota de delicadeza, colorido y maravilloso que armonizó perfectamente con el espíritu guerrero y refinado de Carlos V, Felipe II y don Juan de Austria, que se manifestó en batallas decisivas para la Cristiandad como las de Mühlberg y Lepanto 

Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, vence a los príncipes alemanes protestantes en la batalla de Mühlberg - espectacular cuadro de Tiziano. 
Después de su coronación como Rey de todas las Españas fijó su residencia en suelo castellano.



Una mirada al mundo de los Habsburgo-Borgoña

El ambiente de los jóvenes archiduques Felipe y Margarita de Austria, que iban a entrelazar sus destinos con los hijos de los Reyes Católicos dando origen a una nueva dinastía, era la síntesis entre el estilo y costumbres de dos Casas. De la “Archicasa” de Austria, primera en rango de la Europa cristiana; y de la Casa de Borgoña, síntesis, a su vez, de tradiciones de “la dulce Francia” de los “châteaux de plaisance”, y de ese conglomerado franco y germánico,  lleno de esplendores, de los Países Bajos -con sus tapicerías y grandes artistas, sus casas nobles y sus burgueses particularistas, ricos y robustos-, cuyo signo parece  haber sido el amor al refinamiento y la excelencia.
La Corte de Borgoña tenía fama de ser la más quintaesenciada de Europa. Criados en ella, la imaginación de los archiduques se nutría de la legendaria figura del Sacro Emperador, la más grande de la Cristiandad exceptuando el Papa.
De niños pensaban en su abuelo, Federico III de Habsburg, “al modo del gran Carlomagno, llevando en una mano el globo terrestre coronado por una cruz y blandiendo, en la otra, una gran espada de doble filo”[1].
No en vano Carlos V, educado en Flandes, no querrá en su momento recibir la corona imperial sino en Aquisgrán, revestido de los ropajes e insignias de Carlomagno, venerando sus reliquias y desafiando, para poder hacerlo, hasta la peste[2].
También oían hablar de proyectos de Cruzada contra  los turcos que, en 1453, se habían instalado en suelo europeo con la toma de Constantinopla, constituyendo un grave peligro para la libertad del continente.
En el afán de competencia entre naciones cristianas, el Rey de Francia por momentos se acercaba al Turco, enemigo de la Cristiandad. Y las maniobras políticas de Maximiliano I y de Fernando de Aragón no tenían nada que envidiarle al maquiavelismo en boga.
Viudo de María de Borgoña, madre de los Archiduques, Maximiliano acababa de casarse con Bianca Sforza para contrariar los planes de Carlos VIII en Italia.
Los Países Bajos, que pronto gravitarán en la política española, pasaban por un buen momento. La gracia de la joven Archiduquesa Margarita,   recuerdo vivo de su madre, y la buena presencia de su hermano, “aportaban al nuevo régimen un alimento de popularidad que no había conocido antes”[3].
Maximiliano, en permanente contacto con sus hijos y velando por su formación  (como lo hará más adelante con sus nietos Habsburgo-Trastámara), había renunciado a sus poderes de “mambourg” (regente) para hacerse cargo del Sacro Imperio. Los Países Bajos “encontraban en la persona del joven y bello Felipe su príncipe natural.” Con él, la Casa de Borgoña se nacionaliza” en  los países de abajo.

La sangre de los Habsburgo-Borgoña

El solar originario de los Habsburg era la antigua “Habichtsburg”, “el castillo de los halcones”, en Suiza[4]. También poseían feudos en Alsacia y Suabia.
Es “una de la familias soberanas más ilustres y más antiguas de Europa. Su origen se remonta al siglo X, en la época de Otón el Grande, si bien hasta dos siglos más tarde no se puede establecer una genealogía auténtica”[5].
Fue un señor feudal de este linaje el elegido por los grandes del Sacro Imperio Romano Germánico para ocupar el trono más alto de la Cristiandad en un momento crucial, luego de la llamada “die kaiserlose, schreckliche Zeit”: la época sin Kaiser (emperador), la época terrible.
Se trataba del Conde Rodolfo (1218-1291), quien “fue Emperador como Rodolfo I, y a partir de entonces los Habsburgo reinaron en Austria sin interrupción hasta 1740, en que se extinguió la línea masculina de los Habsburgo, continuada por la Dinastía Habsburgo-Lorena, dando además varios Soberanos a Alemania”[6].
Reinaron en Austria desde el siglo XIII hasta el siglo XX -en que la monarquía austro-húngara cayó bajo el peso de la derrota en la I Guerra Mundial y de la presión democratizante del Presidente Wilson. Y también en Alemania, durante gran parte de esos siete siglos.
Del excelente trabajo que D. Ricardo Magaró tuvo la gentileza de enviarme, extraemos los siguientes datos sobre la rama de la Casa de Austria que entronca con la Casa de Trastámara: “Un hijo de Leopoldo el Caballeroso, Ernesto el Férreo, fue el tronco de otra rama imperial en la persona de su hijo Federico III que sucedió en 1440 a su tío Alberto II como Emperador de Alemania. Tuvo por hijo y sucesor a Maximiliano I, padre de Felipe el Hermoso, que casó con la Infanta de Castilla y Aragón Juana de Trastámara, llamada La Loca…”. “(…) y con el hijo de éstos, Carlos V de Alemania y I de España, la Casa de Austria llegó a su máximo esplendor[7], reinando sus descendientes en España hasta 1700 en que se extinguió la rama española en la persona de Carlos II el Hechizado”[8].
El padre de Felipe el Hermoso, Maximiliano I (1459-1519), aliado de los Reyes Católicos, llamado por algunos “el último de los caballeros” (“der letzte Ritter”), nos dice Magaró que “fue hijo del Emperador Federico III y de su esposa la Infanta de Portugal Leonor de Avis”. Agrega que: “Maximiliano fue Duque del Tirol desde 1490, Rey de Alemania de 1486 a 1519 y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico de 1508 a 1519. Era muy versado en las ciencias y las artes y en extremo hábil para toda fuerza física”.
 “Casó en Gante, el 18 de agosto de 1477 con María Duquesa de Borgoña, hija única de Carlos el Temerario y de su segunda esposa Isabel de Borbón. Nació en Bruselas el 13 de febrero de 1457 y murió en Brujas (Bélgica) el 27 de marzo de 1482, por consecuencia de una caída del caballo. De este matrimonio nacieron dos hijos:
Archiduque Felipe de Habsburgo y Borgoña, llamado el Hermoso, que fue (…) Rey de España, por su casamiento con Juana de Trastámara y Trastámara, Reina de Castilla y de Aragón.

Archiduquesa Margarita de Habsburgo y Borgoña (1480-1530), quien nació y murió en Flandes (actual Bélgica). Prometida al futuro Carlos VIII de Francia y conducida a ese país, aquel casó con la heredera del Duque de Bretaña y Margarita volvió a los Países Bajos. En 1497 casó y luego enviudó de Juan de Trastámara y Trastámara Príncipe de Asturias (hermano de Juana, e hijos de los Reyes Católicos), vuelta a casar con el Duque Filiberto II de Saboya, que murió tres años más tarde. Sucesivamente declinó los pedidos de Enrique VIII de Inglaterra y de Luis II de Hungría, y al morir su hermano Felipe, su padre le dio la gobernación de los Países Bajos[9].


[1] Comte Carton de Wiart, de l’Institut, “Marguerite d’Autriche – Une princesse belge de la Renaissance”, B. Grasset, p. 43.
[2] Philippe Erlanger, “Carlos V”, p. 88.
[3] Comte Wiart, o.c., p. 47.
[4] En el cantón de Aargau, cf. “Das kluge Alphabet”, t. IV, Ed. Propyläen, Berlin,1934, pp. 246-7
[5] Ricardo Magaró, „Austria“, cit.
[6] Magaró, ibid.
[7] Interesante cuestión a dilucidar, si fue éste el momento de máximo esplendor de la Casa de Austria. Entre otros puntos a considerar,  cabe tener en cuenta que Felipe II, al convertirse en legítimo Rey de Portugal, reunió en su persona el Imperio español y el lusitano, formando un reino fabuloso, nunca visto en la historia, al decir de José L. Busaniche (ap. L. Mesquita Errea, “Siglos de Fe en Argentina y América preanuncian un futuro glorioso - . La formación de la civilización cristiana y mariana en nuestro suelo y su resistencia a la Revolución igualitaria (ca. 1530-1830)”. En ese trabajo nos preguntamos si la divisa familiar A.E.I.O.U., “Austria est imperari orbi universi”, no se habrá realizado en buena medida con el gran Rey Católico, hijo y sucesor de Carlos I como “Hispaniarum et Indiarum Rex”. Para el general y poeta Francisco de Aldana (s. XVI), “Felipe II es el hombre señalado por Dios mismo… para reunir bajo su Corona al mundo todo”, cf. Juan Beneyto Pérez, “España y el problema de Europa”, Espasa-Calpe, Colecc. Austral, p. 197.

[8] Magaró, o.c., p. 9.
[9] Magaró, o.c., p. 30.

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Nota: Próximamente publicaremos la nota final de este trabajo 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Genealogía de Isabel y de Fernando - Alianzas matrimoniales con la Casa de Austria - Entronque de las Casas de Trastámara y Austria y el "Destino Imperial" (6ta. nota)

Luis XI de Francia
Carlos VIII, último descendiente directo de la Casa de Valois
Carlos el Temerario, Duque de Borgoña
Fernando de Aragón
La gran Reina Isabel de Castilla


La sangre de los Trastámara

         Pasemos revista a la ascendencia de los Reyes que hicieron de España una nación y un Imperio.

         Isabel I de Castilla, la Católica, nació en Madrigal de las Altas Torres el 22 de abril de 1541.

Padres
Juan II de Castilla
Isabel de Portugal
Abuelos paternos
Enrique III, el Doliente, de Castilla
Catalina de Lancaster
Abuelos maternos
Juan de Portugal, Duque de Beja
Isabel de Braganza
Bisabuelos paternos
Juan I de Castilla,
hijo de Enrique II de Castilla y de Juana Manuel de Lara;
Leonor de Aragón,
hija de Pedro IV, el Ceremonioso, de Aragón, y de Leonor de Sicilia.
Bisabuelos paternos maternos
Juan, II Duque de Lancaster,  conocido también como John of Gaunt o Juan de Gante, de quien descendía doblemente la Reina Isabel,
hijo de Eduardo III de Inglaterra y de Felipa de Hainault;
Constanza de Castilla,
hija de Pedro I, el Cruel, de Castilla y de María de Padilla.
Bisabuelos maternos paternos
Juan I de Portugal,
hijo de Pedro I de Portugal y de Teresa Gille Lorenço;
Felipa Plantagenet de Lancaster,
hija del nombrado Juan, II Duque de Lancaster, y de Blanca de Lancaster.
Bisabuelos maternos maternos
Alfonso I, Duque de Braganza
hijo de Juan I de Portugal y de Inés Pérez Estéves;
Beatriz Alvarez Pereira, Condesa de Barcelos,
hija de Nuño Alvarez Pereira, y de Leonor de Alvim, Conde y Condesa de Barcelos, respectivamente[1].

Por las venas de Doña Isabel corría la sangre de San Fernando de Castilla, pilar de la Reconquista, y del Beato Nuño Alvarez Pereira, Condestable de Portugal, emblemático guerrero luso que encarnó el heroísmo caballeresco aliado a la santidad.
Así, vemos fundirse en ella la sangre castellana con aportes portugueses e ingleses, en un tipo de excelencia de reina y mujer probablemente inigualado en la Historia.

Fernando V, el Católico, Rey de Castilla y Aragón (1452-1516), también conocido como Fernando II de Aragón[2], nació el 10 de marzo de 1452 en Sos del Rey Católico, Zaragoza.

Padres
Juan II de Aragón
Juana Enríquez
Abuelos paternos
Fernando I de Aragón
Urraca de Castilla
Abuelos maternos
Fadrique Enríquez
Mariana Ayala de Córdoba
Bisabuelos paternos
Juan I de Castilla,
hijo de Enrique II de Castilla y de Juana Manuel de Lara;
Leonor de Aragón,
hija de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón y de Leonor de Sicilia.
Bisabuelos paternos maternos
Sancho de Castilla,
hijo de Alfonso XI de Castilla y de Leonor de Guzmán, Señora de Medina Sidonia;
Infanta Beatriz de Portugal,
hija de Pedro I de Portugal y de Inés de Castro.
Bisabuelos maternos paternos
Alonso Enríquez, Señor de Medina del Ríoseco,
hijo del Infante y Conde de Melgar, Fadrique Enríquez Alonso, y de Leonor de Angulo, la Paloma;
Juana Hurtado de Mendoza y Ayala, la Ricahembra, bella señora acerca de cuyo casamiento con Fadrique Enríquez circularon curiosas anécdotas[3],
hija de Pero González de Mendoza, el de Aljubarrota, y de Aldonza Fernández de Ayala.
Bisabuelos maternos maternos
Diego Fernández de Córdoba,
hijo de Gonzalo Fernández de Córdoba y de María García Carrillo;
Inés Ayala y Suárez de Toledo,
hija de Pedro Suárez de Toledo y Ayala y de Juana Menéndez de Orozco[4].

Isabel “la Cruzada”[5], la gran castellana de sangre ibérica e inglesa, encarnó arquetípicamente el espíritu de la Hispanidad propio de la Reconquista. El polifacético Fernando, cuya sangre entronca con estirpes de todas las Españas, eximio guerrero,   sobresalió en la diplomacia y la política internacional al estilo renacentista, por lo que fue alabado por Maquiavelo…
La unión de los reales cónyuges, no obstante sus visibles diferencias, produjo uno de los momentos más gloriosos de la historia de España. Si Fernando hubiese conformado más su espíritu al de Isabel, la cristiana grandeza del Reino podría haber alcanzado cumbres aún más altas y duraderas.

Alianzas matrimoniales y política real – El entronque con la Casa de Austria

         Era vital para la seguridad y engrandecimiento de los reinos lograr buenas alianzas matrimoniales, que solían exigir duros sacrificios a los contrayentes, lo que presuponía una educación basada en la idea cristiana de inmolación por el bien común propio de la Nobleza, a fortiori de la Realeza, como deber de estado[6].
Algo de esa cosmovisión se refleja en las notas de Fernando el Católico: “anoche, sirviendo a Dios, consumamos nuestro matrimonio”[7].
         De la unión conyugal de Fernando e Isabel se formó una familia compuesta de un hijo y cuatro hijas:
Doña Isabel, la primogénita, nacida en Dueñas el 1º de octubre de 1470;
Don Juan, Príncipe de Asturias, n. en Sevilla el 30 de junio de 1478;
Da. Juana, n. en Toledo el 6 de noviembre de 1479;
Da. María, n. en Córdoba en 1482; y
Da. Catalina, n. en Alcalá de Henares el 5 de diciembre de 1485.

“Las hijas todas llegaron a ser reinas; pero su brillante destino se vio acibarado por los pesares domésticos, de los cuales ni aun el trono puede libertar”, sentenció Carvajal[8]. El hijo, en cambio, sobre quien estaban cifradas todas las esperanzas de continuidad y sucesión, no llegó a reinar.
“El crédito y autoridad que los soberanos de Castilla adquirieran…se aumentaron en gran manera por los enlaces matrimoniales que procuraron lograr para sus hijos”. Fue este uno de los medios políticos más importantes que pusieron en juego[9].
La más trascendental de estas alianzas fue con la Casa de Austria, basada en razones de alta política, aunque dentro del marco de intereses de la Cristiandad. Analizaremos las razones históricas y cómo vivieron los protagonistas estos acontecimientos en que la grandeza y la felicidad alternan con segundas intenciones e infortunios.
Dijimos que en Francia el absolutismo real se afirmaba con Carlos VII y Luis XI, mientras los Duques de Borgoña (rama lateral de la Casa reinante), en particular  Carlos el Temerario, intentaban construir una potencia situada entre Francia y el Sacro Imperio que adquiriera el rango de reino.
Carlos era Señor de los Países Bajos y del Ducado y el Condado de Borgoña. Encarna el tipo de príncipe renacentista: “La realización de este gran designio es favorecida por la riqueza y prosperidad de estos territorios. (…) aporta un orgullo desmesurado, una actividad febril y poco controlada, un sentido de fasto y de grandeza alimentado por las lecturas antiguas y el gusto de la caballería, una tenacidad brutal y rabiosa, y una excepcional aptitud para el trabajo…”[10].
En su lucha con Luis XI, que quiere impedir el surgimiento del reino de Borgoña, logra el apoyo de los nobles descontentos con el absolutismo de los Valois. Pero a pesar de sus victorias, la obstinación le hace perder la oportunidad del triunfo.
Luis XI va tejiendo como araña alianzas compradas a precio de oro. Vencido Carlos por los suizos, aliados del Rey Valois, trata de vengarse de ellos, pero vuelven a vencerlo.         Intenta otra vez tomar Nancy, en el Ducado de Lorena, que su dueño, el Duque Renato II, acababa de recuperar de las garras del Temerario. La muerte de éste marca el fin del sueño de hacer resurgir el reino carolingio de Lotario.
Hereda sus estados su hija única, María de Borgoña, que está casada con Maximiliano I de Austria, Emperador del Sacro Imperio. Y a través de ellos Borgoña irá a dar a las manos de sus descendientes.
Con el ascenso del último Valois, Carlos VIII, la unificación de Francia avanza al incorporar Bretaña por su casamiento con la Duquesa Ana (a quien Maximiliano, viudo de María de Borgoña, pretendía). Los regentes –Ana de Beaujeu, y su marido-, artífices del arreglo matrimonial, al día siguiente del casamiento, le entregan “un reino en plena prosperidad en el que jamás había sido tan fuerte el poder real. Carlos VIII… se dispuso a hacer valer los derechos al  reino de Nápoles…heredados de los angevinos”.
“La expedición partió en 1494, conquistó Florencia, atravesó Roma y se apoderó de Nápoles en 1495; pero la formación de la Liga de Venecia forzó a Carlos VIII a volver a Francia a toda prisa…”.
         Primer rey de Francia que entró en la península itálica a la cabeza de un ejército, había cambiado toda la orientación de la política nacional[11].       España no se quedó de brazos cruzados. “Mientras el Rey de Francia avanzaba hacia Nápoles, el enviado de los Reyes Católicos anudaba contra él una alianza con el Papa, Venecia, Milán, y el Sacro Emperador de Alemania: la Liga de Venecia…”.
“Carlos no descubrió la existencia de esta liga hasta su entrada triunfal en Nápoles, de corona imperial en la frente. Indignado, tuvo que retirarse a toda prisa para defender a Francia, de la que nunca debería haber salido, amenazada por la invasión aragonesa.
“Entre tanto, Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán, llevaba a cabo una brillante campaña en el sur de Italia... Luego se dirigió a la Ciudad papal, donde fue aclamado como liberador. (…) Así España, en vez de Francia, se convirtió en la fuerza política dominante de Italia, y con muy pocos sacrificios”[12].
Los ambiciosos designios de Carlos VIII habían establecido entre las grandes potencias de Europa amenazadas una inédita comunidad de intereses, que fue causa de enlaces matrimoniales entre las principales familias reinantes. Y mientras Carlos VIII malgastaba su tiempo en Nápoles, quedaron ajustadas entre las casas reales de Austria y España aquellos matrimonios que abrirían la era de predominio hispano-habsburguiano.
También se combinó el casamiento de  Catalina de Aragón con Arturo, Príncipe de Gales, pues Fernando, su padre, cultivaba la amistad del rey de Inglaterra, Enrique VII, con la esperanza de hacerlo entrar en la confederación contra el francés. Esto despertó celos e intrigas de parte de Carlos VIII que Fernando procuró hábilmente contrarrestar.
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[1] Datos extraídos de la magnífica obra de D. Jesús Chacón www.sologenealogia.com, a quien mucho agradecemos su generosa contribución, complementados con genealogías de Alberto  y Arturo García Carraffa,  Prinz Adalbert von Bayern, Conde Carton de Wiart, Ricardo Magaró y Nicolás Homar Vives, e información histórico-genealógica brindada por Hernando del Pulgar, William Prescott y otros autores citados en este trabajo.

[2] Fernando II, Rey de Aragón, 1452-1516.
Fernando V, Rey de Castilla-León, 1452-1516.
Fernando, Rey de Navarra, 1452-1516.
Ferdinando II, Re di Sicilia, 1452-1516.
Ferdinando III, Re di Napoli, 1452-1516
Cf. www.sologenealogia.com
[3] Alberto y Arturo García Carraffa, “Enciclopedia Heráldica y Genealógica Hispano-Americana”, t. XXXI, apellido “Enríquez”, pp. 32 y ss.
[4] Fuentes genealógicas indicadas en nota 25.
[5] Título de la obra de William Thomas Walsh –Espasa-Calpe, colecc. Austral, 4ª ed.- que comentamos en nuestra monografía de 2004, citada en el presente trabajo, publicada para conmemorar el 5º Centenario de la muerte de la Reina.
[6] Sobre el concepto católico de Nobleza, vigente en la Cristiandad, su misión y perennidad, ver el profundo estudio de Plinio Corrêa de Oliveira, “Nobleza y élites tradicionales análogas – en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y la Nobleza romana”, Ed. Fernando III, el Santo, Madrid, t. I y II. También incluye un estudio sobre las formas de gobierno a la luz del magisterio de la Iglesia.
[7] A. Fernández Alexander de Schorr, “Destino de reinas…”, cit., p. 39.
[8] ap. William H. Prescott, “Historia de los Reyes Católicos”, ed. Argonauta, Buenos Aires, t. II, pp. 91-2.
[9] William H. Prescott, “Historia de los Reyes Católicos”, ed. Argonauta, Buenos Aires, t. II, p. 91.
[10] “Dictionnaire des Biographies”, P. Grimal, Prof. de la Sorbona, Presses Universitaires de France, t. I, p. 310.
[11] “Dictionnaire des Biographies”, cit., t. I, p. 305.
[12] L. Mesquita Errea, “La Gesta de Isabel la Católica…”, cit., p. 110.