lunes, 9 de junio de 2014
Opción preferencial: ¿qué significa esta expresión? Test sobre Nobleza y élites tradicionales análogas
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RESPUESTA AL Test sobre Nobleza y élites – Opción preferencial: ¿qué significa esta expresión? – “La opción preferencial por los nobles y la opción preferencial por los pobres no se excluyen, y menos aún se combaten…” – (Visión de conjunto – 2) -
¿Cuál es la opción preferencial que anima este libro?
Una opción preferencial que ayude a los pobres a atender sus necesidades…
La antítesis entre nobles y pobres, ¿tiene razón de ser? ¿Por qué?
El noble pobre, ¿se encuentra en una situación más lamentable que el pobre no noble?
¿Sólo el pobre en recursos materiales merece una opción preferencial?
De acuerdo a lo enseñado por Juan Pablo II, la opción preferencial por los nobles y la opción preferencial por los pobres, ¿se excluyen?
¿Qué utilidad tiene la opción preferencial por los nobles expresada en este libro?
Referencias para las respuestas:
* Entradas de este sitio con el “tag” Nobleza y élites tradicionales análogas – Visión de Conjunto, Test sobre Nobleza y élitessábado, 7 de junio de 2014
Clarinadas - Epopeya de San Fernando de Castilla - Acción estudiantil frena misa negra en Harvard - Día campero de Fe y Tradición - Actos güemesianos - Congreso Red Fed. de Familias - Homenaje fundación de Barco
Clarinadas – La epopeya de San Fernando III de Castilla – Acción estudiantil católica impide misa negra en Harvard – Día campero de Fe y Tradición en Sañogasta -Patrióticos actos güemesianos en Salta – Congreso de la Red Federal de Familias en Corrientes – Homenaje a la fundación de la Ciudad del Barco en Tucumán
07/06/2014
LA EPOPEYA DE SAN FERNANDO DE CASTILLA (video)
En este video, nuestros lectores encontrarán imágenes muy valiosas, especialmente la de San Fernando como joven rey de imponente y sacral varonilidad y más tarde, en la edad madura, llegando a adquirir un notable parecido con Cristo Rey.
Los historiadores intervinientes brindan interesantes informaciones de su obra, como su promoción del castellano, la difusión del Fuero Juzgo, su carácter de gran conquistador, la toma de Sevilla a los musulmanes atacándola por mar y tierra, la construcción de bellas catedrales y su espíritu mariano en su incansable batallar contra el Islam, siempre victorioso. Fue el arquetipo de rey español, brillante en el campo de batalla, como estratega, político, y verdaderamente progresista. Muere queriendo llevar la Reconquista al continente africano. ¿Qué habría ocurrido con la Reconquista si hubiese tenido herederos a su altura? La respuesta, en el video…
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VICTORIOSA ACCION ESTUDIANTIL CATOLICA CONTRA LA MISA NEGRA PROGRAMADA EN LA UNIVERSIDAD DE HARVARD –
Pío XII enseña que los miembros de las élites tradicionales y dirigentes auténticos deben tener una fortaleza de ánimo que ni las más duras pruebas puedan abatir, que los convierta en perfectos soldados de Cristo, animadores y sustentadores de los tentados a dudar y ceder. Asimismo les recomienda prontitud para la acción, no desanimar ante los sacrificios hoy exigidos por el bien común, fervor en cumplir el deber de católico y ciudadano que los preserven de un abstencionismo que sería gravemente culpable estando en juego los intereses más vitales de la religión y la patria.
Es lo que ha inspirado a los jóvenes
de la TFP Student’s Action a oponerse públicamente a que la Universidad
de Harvard (ver fotografía), la más antigua y prestigiosa de los Estados
Unidos, fuese usada por los satanistas para su abominable propósito.
Parafraseando a Santa Juana de Arco, podemos decir: “los hombres lucharon y Dios concedió la victoria”.
http://www.tfpstudentaction.org/what-we-do/news-and-updates/black-mass-stopped-how-god-won-at-harvard.html
http://www.tfp.org/tfp-home/catholic-perspective/harvard-s-black-mass-and-demonic-action.html
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DE JUNIO: DIA CAMPERO DE FE Y TRADICION EN HONOR DE LA VIRGEN DE LA
CANDELARIA, en el antiguo MAYORAZGO DE SAN SEBASTIAN DE SAÑOGASTA, LA
RIOJA
“Parece gente despidiéndose para una cruzada” (Plinio Corrêa de Oliveira)
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17 DE JUNIO: ACTOS GÜEMESIANOS EN SALTA
INSTITUTO GÜEMESIANO DE SALTA
GENERAL MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES
HÉROE NACIONAL LEY 26.125
Salta, Junio de 2014
El Instituto Güemesiano de Salta, se complace en invitar a Ud. /s. a los actos en homenajes al Gral. Martín Miguel de Güemes, que se llevarán a cabo los días: 7, 17 y 18 del corriente.
Día 7: A horas 10,00: En el Monolito de Plaza Belgrano, lugar donde el Gral. Güemes fue herido. Apertura del acto a cargo de la Sra. presidente del Instituto Güemesiano de Salta, Prof. Ercilia Navamuel. Colocación de Ofrenda Floral y Palabras alusivas a la fecha, a cargo del Sr. Guillermo Echazú.
Día 17: A horas 19,00: Acto Académico conmemorando el 193º aniversario del fallecimiento del Gral. Martín Miguel de Güemes, en Museo de la Ciudad Casa de Hernández, Florida 97, Salta.
*Apertura y palabras alusivas de la Sra. presidente del Instituto Güemesiano Prof. Ercilia Navamuel.
* Presentación de Banderas, Himno Nacional Argentino e Himno al Gral. Martín M. de Güemes.
CONFERENCIAS:
* Presentación del libro “Guardián del Norte” del Dr. D. Julio C. Borda, a cargo del vicepresidente del Instituto Güemesiano de Salta, DUGH Leandro Plaza Navamuel.
* Tema, “Doña Magdalena de Goyechea y de la Corte” a cargo de la Dra. Marta de la Cuesta.
* Tema, “Señorío y patriotismo” a cargo del Prof. Luis María Mesquita.
* Tema, “El Coronel Moldes y el Gral. Güemes” a cargo de la Prof. Margarita I. González.
* Tema, “Güemes Héroe Nacional” a cargo del Dr. Marcelo Rubial.
21,00 Hs. Retiro de las Banderas y cierre del Acto.
Día 18: A horas 09,00: Salida desde Avda. Belgrano y Sarmiento, para realizar un acto conmemorativo en Capilla y Cementerio del Chamical, sitio donde en 1821 fue sepultado el Gral. Güemes.
Visita al museo de finca La Cruz y al monolito de la Quebrada de la Horqueta.
http://argentinagrandeza.blogspot.com.ar/2014/06/v-behaviorurldefaultvmlo.html
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20 y 21 de junio: CONGRESO DE LA RED FEDERAL DE FAMILIAS EN CORRIENTES
Informan los organizadores:
Estan cordialmente invitados a participar del IV Congreso Nacional de Familia y Vida que se organiza para este 20 y 21 de junio en Corrientes.
Importantes temas, destacados disertantes, oportunidad de contactarse y compartir la Cultura de la VIDA!!!
¡¡ya va siendo hora de ponerse al día, y luchar por la vida y la familia!!!
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28 de junio: TUCUMAN: II EVOCACION DE LA FUNDACION DE LA CIUDAD DE BARCO -
Homenaje por los 464 años de la fundación de la Ciudad de Barco, ocurrida el 29 de junio de 1550.
EL INSTITUTO TUCUMANO DE CULTURA
HISPÁNICA, tiene el agrado de invitar a Ud. y en su caso a la
institución que pertenece, al acto de Homenaje por los 464 años de la
fundación de la Ciudad de Barco, ocurrida el 29 de junio de 1550.
Esta marcha de conmemoración y acto de
homenaje, será la segunda comitiva evocando el origen de la
argentinidad, la confluencia étnica y la entidad de la nacionalidad. La
primera que realizamos el año pasado tuvo calificada concurrencia,
además de adhesiones de todo el país e internacionales. Este año, por
cuestiones logísticas, realizaremos el acto el sábado 28 de junio.
Dr. Justino Terán
Presidente
Participación: cel. 0381 155 290682 Adhesiones: j_teran@arnet.com.ar
Acompañamos: Programa y también crónicas y fotos del acto del año 2013.
http://argentinagrandeza.blogspot.com.ar/2014/05/invitacion-ciudad-de-barco-homenaje-los.html
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jueves, 15 de mayo de 2014
INVITACION - "Argentina 2014 - La crisis, las causas, la solución - Razones de esperanza" - Conferencia de Alejandro Ezcurra Naón
El jueves 22 de Mayo a las 19 horas,
Alejandro Ezcurra Naón
disertará sobre:
“Argentina 2014 - La crisis, las causas, la solución
Razones de esperanza”
Invitan:
Asociación Civil Fátima La Gran Esperanza
fatimalagranesperanza@speedy.com.ar – (011) 48128926
Fundación Argentina del Mañana
fadm@fadm.org.ar –
(011) 48014681
y
Por la Paz del Campo
Palacio Balcarce: Av. Quintana 161 Ciudad de Buenos Aires
sábado, 10 de mayo de 2014
Sacralidad medieval: Pipino ungido Rey de los Francos por San Bonifacio, Apóstol de Germania y Legado papal
09/05/2014
“El propio San Pedro ha ungido a Pipino
constituyéndolo en el libertador y el defensor
de la Iglesia” (Esteban II Papa)
Pipino el Joven (Alemania) o Pipino el breve (Francia), “era de baja estatura pero singularmente robusto, y los cronistas nos han transmitido anécdotas épicas a su respecto. Su carácter era lleno de fuego y audacia. En la energía de sus resoluciones y la rapidez con que las ejecutaba recordaba a su padre, Carlos Martel”.
Así nos lo presenta Funck-Brentano, a los 37 años, sin conflictos con su hermano Carlomán, que había renunciado a sus derechos, atraído por la vida monástica. En sus documentos, el padre de Carlomagno hacía constar esta fórmula: “aquel a quien el Señor ha confiado la responsabilidad de gobernar”, manifestando conciencia de su misión corroborada por los hechos.
En 751 envía al Papa San Zacarías la célebre embajada integrada por Fulrad, Abad de Saint-Denis, y Burchard, Obispo de Würzburg, a consultarle “con respecto al rey que reinaba sobre los francos sin autoridad”.
Se trataba del rey, considerado miembro de la estirpe fundada por Clodoveo y Santa Clotilde dos siglos y medio antes, que él y Carlomán habían llevado a salir del monasterio para ocupar formalmente el trono (sin poder real), y así cumplir con la tradición del pueblo y mantener el orden en el respeto a las costumbres.
La dinastía merovingia había decaído terriblemente y desde hacía varias generaciones estaba limitada a una función meramente ornamental, mientras los carolingios ascendían orgánicamente, prestando históricos servicios al reino y la Cristiandad, verdaderas proezas! (*).
Esa situación anómala se desprende a las claras de un documento de Carlomán, heredero del gobierno de la mitad del reino que, al fin de su vida, le entregara su padre, Carlos Martel, al dividirlo en dos partes –una para cada hermano. El documento reza:
“Childerico, rey de los Francos, al eminente Carlomán, Mayordomo del Palacio, que nos ha establecido sobre el trono…”.
Tal era esa regresión que la historia designa a los merovingios de la decadencia “rois fainéants” (“reyes que no hacen nada”), expresión que muchos textos históricos traducen como “reyes holgazanes”.
Pero más allá de estas circunstancias importantes, en un plano más alto aún, impregna este nuevo período una clave esencial para “conocer la civilización cristiana al vivo”. El brillante historiador Louis Halphen abordó el asunto con especial interés. Es el aspecto místico, simbólico, altamente significativo, del carácter que asumió la monarquía del primer soberano carolingio, Pipino, que dará, con la bendición del Papa, el necesario paso de reinar no sólo de hecho sino de pleno derecho, substituyendo legítima y ordenadamente al rey figurativo.
El ambiente sacral y orgánico que iba germinando en esa monarquía rumbo a su plena definición se percibe en otro documento de Carlomán, antes de consagrarse a la vida religiosa:
“En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Yo, Carlomán, duque y príncipe de los francos, en base al consejo de los servidores de Dios y de mis grandes, he reunido a los Obispos y a los sacerdotes que hay en mi reino…para que ellos me den consejo sobre el medio de restaurar la ley de Dios y de la Iglesia, corrompidas en tiempos de los anteriores príncipes, a fin de que el pueblo cristiano pueda asegurar la salvación de su alma y no se deje arrastrar a su pérdida por falsos sacerdotes” (cit. por L. Halphen).
Es una muestra al vivo de monarquía orgánica medieval: un príncipe que, “en su reino”, no actúa como rey absoluto sino teniendo en cuenta a los Obispos y grandes señores. La aristocracia entonces vigente, dentro del orden monárquico, implicaba la obligación de sus miembros de aconsejar lealmente a la cabeza del reino. Es un exponente, asimismo, de monarquía sacral, ejercida “en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, con la expresa finalidad de que “el pueblo cristiano pueda asegurar la salvación de su alma”. ¡Bella interpenetración del orden temporal y el espiritual, una suma de esfuerzos en que cada orden mantenía su naturaleza y ámbito propios!
Estas medidas, consigna Louis Halphen, tienden todas a la restauración de la Iglesia franca bajo la égida de San Bonifacio, “enviado de San Pedro” -a quien ya Carlos Martel había brindado su imprescindible apoyo (*). El gran misionero anglo-sajón había sido llamado por Carlomán y Pipino para regenerar la práctica de la Fe y los mandamientos en sus Estados.
Los apóstoles medievales –como se desprende del artículo de Plinio Corrêa de Oliveira, “Los dedos del caos y los dedos de Dios”- tenían la excelsa misión de ir limpiando las almas de la terrible barbarie germánica. Causa pavor evocar las escenas de sangre y terror de las ceremonias paganas que se desarrollaban frecuentemente en los bosques, antes de la conversión de estos pueblos.
La lucha de San Bonifacio no era sólo contra los brujos paganos que, entregados al demonio, las promovían, más allá del Rin. Las malas costumbres habían cundido también entre los sacerdotes católicos de la Galia.
Tenía, así como los Papas y los carolingios, grandes horizontes, grandes sueños apostólicos y grandes luchas para hacerlos realidad. Se había empeñado a fondo en cambiar las mentalidades y formas de vida. Ocurre que para reformar al mundo era preciso reformar primero a la Iglesia, empezando por reformar a sus miembros consagrados. San Bonifacio lo había comprendido así; mucho tiempo antes de poder convocar los concilios nacionales, uno de sus más hermosos títulos de gloria, “había declarado la guerra al clero corrompido de su tiempo…” (Kurth).
* * *
A mediados del siglo VIII, en 747, acompañado por muchos nobles y caballeros, Carlomán se dirige a Roma para abrasar la vida monástica, siendo acogido paternalmente por el Papa Zacarías.
A Pipino lo vemos ejerciendo las duras tareas de gobierno en su palacio de Attigny, “rodeado de sus grandes” –Obispos, Duques y Condes del reino-, ejerciendo el poder “que le ha sido confiado por Dios”.
Las cosas habían ido madurando. Ya era tiempo de que la corona de la monarquía franca pasara a los verdaderos soberanos, los señores de Heristall. Es entonces cuando Pipino envía, como vimos, al Abad Fulrad y al Obispo Burchard a hacer la crucial consulta al Sumo Pontífice acerca de “los reyes que en Francia, en ese tiempo, no detentaban el poder real”, para saber “si estaba bien o no que así fuera”.
A lo que el santo Pontífice respondió: “que era mejor llamar rey al que tenía, más que a aquel que no tenía, el poder real” (cf. Anales Reales, ap. L. Halphen, cit.). Pues, consideraba el Vicario de Cristo, “el que está investido de poder legítimo debe también llevar su título para que no se perturbe el orden“, (Ann. Lauriss., año 751).
El parecer del Papa se difundió a los cuatro vientos, con imaginable impacto en la opinión pública. En 751, Pipino decidió dar el paso definitivo de reenviar a Childerico al convento –para que continúe su vida de monje, interrumpida por su breve reinado formal. Nadie resistió esta decisión que no parece haber causado sorpresa alguna.
A continuación convocó a los francos a una gran asamblea en la emblemática Soissons, donde – a la usanza tradicional, more Francorum-, fue alzado por los guerreros sobre un gran escudo pasando a revestir el carácter de rey electo. No fue, por tanto, como dicen algunos historiadores con espíritu racionalista y esquemático ajeno a los tiempos, una usurpación, sino el punto final de una gradual maduración. Pues, constituía una anomalía chocante ver a los soberanos designados con otro nombre -mayordomos de palacio- que el que les correspondía, y que la corona no estuviese sobre la cabeza del héroe en cuyas manos estaba el cetro en razón de un derecho hereditario.
Algo trascendente estaba ocurriendo para la Cristiandad y la historia del mundo. En aquella jornada memorable, el nuevo rey electo recibió a seguir la unción santa de manos del Obispo de Germania, San Bonifacio, enviado personal del Papa.
El representante del Vicario de Cristo dejaba ver a los francos que el nuevo orden tomaba forma en total conformidad “con aquel que debía ser considerado el más legítimo intérprete de la voluntad divina” (L. Halphen).
El gesto del gran Apóstol de germanos y de francos, al derramar óleo santo sobre la cabeza de Pipino, hacía del príncipe carolingio el elegido de Dios al mismo tiempo que el elegido del pueblo.
Renovada de los tiempos bíblicos, la coronación-unción (le sacre), retomaba a los ojos de todos su antiguo valor. Así como habían sido Saúl y David, Pipino era “el ungido del Señor”. En ese espíritu, era su mandatario; de El tenía el cargo del que estaba investido.
“Verdadero sacerdocio” dice Halphen, (que obviamente no se confunde con el Orden Sagrado), que implicaba graves responsabilidades que pesaban en las conciencias de los medievales.
En el nuevo mundo que amanecía, la historia de Saúl y David estará muy presente, y será vista como una especie de prototipo de la propia historia carolingia. Era una realidad de Légende Dorée! Era ver lo maravilloso manifestándose realmente en la Historia –aunque hoy a los que están ciegos a las realidades superiores y reducen todo al entrechoque de intereses egoístas y afán de poder, les cueste entenderlo.
Daban el tono quienes debían darlo, varones como San Bonifacio, que ejercía una acción irresistible sobre las masas. Sin duda Dios no habrá dejado de apoyarlo con la presencia angélica afín a la luz de las feéricas cúpulas y vitrales de la Abadía de Saint-Denis, el canto sagrado, y una ceremonia como la de Soissons, en que el Legado papal consagra la elevación al mayor poder temporal de Occidente de “uno de los príncipes más notables de la Edad Media”, “de incomparable majestad”, como expresa, admirado, Godofredo Kurth.
El espíritu de la civilización cristiana contenía las simientes de una concepción sacral de la autoridad. Ya en el siglo VI, el cristiano rey merovingio Gontrán se sentía inspirado por las palabras de la Sabiduría: “Per me regnant reges…”. “Es por Mí que reinan los reyes y que los legisladores ordenan lo que es justo; por Mí los príncipes mandan y los poderosos dictan justicia” (Proverbios, VIII, 15-16).
Pipino puede ahora decirle al Señor, con Salomón: ‘Tú me has elegido rey’. Sus descendientes serán “reyes por la gracia de Dios”, es decir: “Con la ayuda de Dios, que nos ha puesto en el trono” (Halphen).
No se trataba de puras fórmulas protocolares, sino de la afirmación de una doctrina: el Rex Francorum, a partir de aquí, ha recibido de Dios la misión personal de reinar sobre el pueblo franco “y de trabajar apoyándose sobre El para el triunfo de la religión de Cristo” (ibid.).
La voz de Pedro había resonado en el Occidente cristiano. La mano de su Pontífice había elevado al rey de los francos ante todos los pueblos a un prestigio que no había tenido ninguno de sus predecesores.
El reconocimiento de los carolingios no se hizo esperar ; el Papa había afirmado el trono carolingio con sus bendiciones; así también ellos iban a sostener el del Pontífice con sus armas. “Tiempo era, en verdad, de que una espada poderosa saliese en defensa del jefe de la cristiandad…” (Godofredo Kurth).
Por qué y cómo, intentaremos mostrarlo en la próxima nota.
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Ver las notas anteriores en este mismo sitio -
* Un linaje que surgió de la resistencia al Islam y el amor ardiente al Papado
** “La hora de la aristocracia”: héroes y santos fundan la estirpe carolingia
*** Carlos Martel, héroe del linaje carolingio, frena al Islam y es ‘campeón invencible de la civilización cristiana’
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BIBLIOGRAFIA CONSULTADA:
Plinio Corrêa de Oliveira, “Os dedos do caos e os dedos de Deus”, “Catolicismo”, n° 499, Julio de 1992 (www.catolicismo.com.br)
Louis Halphen, “Charlemagne et l’empire carolingien”, serie L’évolution de l’humanité, Albin Michel, Paris, © 1968
Godofredo Kurth, “Los orígenes de la civilización occidental”, Emecé Editores, Buenos Aires
Frantz Funck-Brentano, “Les Origines”, L’histoire de France racontée à tous, 10ª ed., Hachette, Paris
Henri Pirenne, “Mahoma y Carlomagno”, Ed. Claridad, Buenos Aires, 2013
lunes, 28 de abril de 2014
Carlos Martel, héroe carolingio, frena al Islam y es "campeón invencible de la civilización cristiana"
Carlos Martel, el “martillo” de
los enemigos de la Cristiandad, con su hacha guerrera deshizo los
planes de conquista del mahometano Abderramán, que quería borrar la cruz
e implantar la media luna
Cinco potencias, a comienzos del siglo VIII, marcaban el curso de los acontecimientos en el Occidente cristiano (*).
Los árabes, que querían implantar el Islam y borrar la civilización cristiana;
el Imperio bizantino, de antiguo prestigio cada vez más declinante;
los
reinos franco y lombardo, únicos sobrevivientes de los estados germanos
de aquellos “siglos salvajemente movimentados” de principios del
Medioevo.
Sobre el poder restante dice Paul Kirn:
“De esencia ante todo moral, constituía en su índole propia una potencia incomparable: el Papado”.
De
un solo golpe había caído el decadente reino visigodo de España en
manos de los sarracenos, sumido en la traición y la complicidad de
personajes ruines como el Conde Julián o el Obispo Don Opas. Los “hijos
del desierto” anhelaban implantar la media luna desde el Atlántico hasta
el Báltico, y proclamar el nombre de Mahoma en la propia alma de la
Cristiandad y sede del Papado, Roma, y pisar con los cascos de sus
caballos el suelo de San Pedro.
La
única potencia temporal que podía, al menos en principio, hacerle
frente, era el reino franco, comparable en ese momento a una medalla de
hierro con dos caras.
De
un lado la dura realidad de un pueblo heterogéneo en gestación. Que
lidiaba con dos barbaries, la del antiguo paganismo del mundo romano
convertido a medias, y la del teutónico y tribal al norte del Rin.
Mentalidades, atavismos e intereses contrapuestos en constantes luchas,
edificios sociales que se
levantaban para caer al cabo de un tiempo, con una dinastía que muchas
veces no parecía la heredera de Clotilde y Clodoveo.
De
otro lado, era un mundo nuevo (Pirenne) que iba surgiendo, como el
lucero del alba, al que el Redentor parecía dirigir estas palabras del
Padre Eterno al Hijo, que consigna Gregorio de Tours en sus disputas con
los arrianos: “Je t’ai engendré dans mon sein avant l’étoile du jour”; te he engendrado en mi seno antes de la estrella matutina…
El
mundo de la promesa de que Dios jamás abandona a su pueblo, a su
Iglesia, que siempre ha de triunfar por la fidelidad de los buenos,
reunidos en torno de su Madre, “porque la asiste Vuestra protección”
(Plinio Corrêa de Oliveira).
Pues
la Providencia había suscitado una “hija primogénita” para realizar una
alta misión. Presentida por los “apóstoles de la sublimidad” (de que
habla el mismo autor), el ideal de un ascenso ilimitado, semejante a las
agujas de una catedral gótica por construir entre todos…
Se
da entonces, afirma Godofredo Kurth, “uno de los espectáculos más raros
de la historia: el de una sucesión de hombres ilustres transmitiéndose
de uno en otro el genio con la sangre”.
Era
la estirpe carolingia, “que tuvo la gran fortuna de reunir muy temprano
en su seno a los descendientes de Arnulfo y a los de Pipino, heredando
así el prestigio de ambos. Salida de dos troncos tan gloriosos, era
desde entonces la verdadera familia real de Austrasia”.
Este
proceso muestra cómo se eleva una sociedad por sus familias dirigentes
cuando, fieles a su misión, desarrollan sus cualidades propias: ”La
Germania cristiana se complacía en admirar su propio vigor moral en los
miembros de la familia carolingia…que aparecían como los frutos más
sabrosos de una raza regenerada por el cristianismo” (ibid.).
¡Qué
diferencia con la realidad actual! “Ni aún en la cima más elevada de
las prosperidades humanas perdieron de vista las cosas de la eternidad, y
toda una pléyade de santos y santas florecieron en las múltiples ramas
del tronco carolingio”. Los francos “la sirvieron con fidelidad
duradera, porque veían en ella a los mejores elementos de su raza”.
Escultura
que muestra la conciencia de su misión plasmada en los rasgos varoniles
del legendario Carlos Martel, gran exponente del linaje carolingio, en
su tumba en la Abadía de St Denis – Foto de J. Patrick Fischer
El
rasgo más característico del santo es su heroísmo. Y fue, si no un
santo, un héroe colosal el varón más característico de la estirpe,
(exceptuado su nieto, Carlomagno) aquel que sería llamado Carlos Martel,
a quien la Providencia suscitó
para salvar una situación humanamente desesperada. Para ser “el campeón
invencible de la civilización cristiana” (Kurth). Pues “se acumulaba la
tempestad más espantosa que jamás haya amenazado a la sociedad
europea”; cuando el mundo corría peligro de convertirse en propiedad de la espada del Islam (Ranke).
Haciendo
click se agranda este mapa que muestra el avance impresionante de los
árabes. Sólo la fuerza de Carlos Martel y la ayuda de la Providencia le
permitieron vencer a la media luna
A
los mahometanos “no les quedaba más que una batalla por ganar: si la
lograban, su diluvio destruiría toda la civilización cristiana y Europa
quedaría entregada al Islam” (Kurth).
El príncipe Carlos –después de la batalla, Carlos Martel- era hijo ilegítimo de Pipino de Heristall.Su padre, el segundo Pippin, Mayordomo
de Palacio y Duque de Austrasia, fue estadista y luchador de envergadura, que gobernaba como “un gran dinasta”. Resistiendo a las fuerzas facciosas
que se habían adueñado de Neustria, sin desanimarse por reiteradas
derrotas, se había impuesto y logrado reunir a todo el reino franco bajo
su autoridad efectiva.
A
la muerte de Pipino de Heristall, en 714, los tres reinos que
integraban el Imperio en formación –Austrasia, Neustria y Borgoña-
reiniciaban sus querellas intestinas.
Su
hijo Carlos, que daría al linaje el nombre de carolingios, se
encontraba impedido de actuar. Pues la viuda de su padre, Plektrude, lo
había relegado a un injusto encierro.
Los facciosos de Neustria le exigían a Plektrude el tesoro reunido por su marido.
Era
la hora de Carlos que logra evadirse cuando el reino, desgarrado por
facciosos y atacado por frisios y alamanes, se desmoronaba a la vista
complacida de los ismaelitas “ad portas”.
Carlos sale a la arena a luchar por el legado de su padre y por el reino. Esperanza para los leudes austrasianos, no todos corren a ponerse bajo su bandera.
Una leyenda histórica lo describe siguiendo cautelosamente, con sólo 200 hombres, al ejército de Neustria que regresa con el tesoro quitado a Plectrudis.
Mientras el enemigo
descansa, Carlos lo observa desde un alto. Un guerrero pide su
autorización para cargar solo contra todos. Su arremetida temeraria
transforma el campamento neustrio en avispero. Espada en mano y al
galope grita “¡Carlos! ¡Carlos!”, y sus compañeros, al mando del
caudillo, ponen en desbandada al enemigo y recuperan el tesoro.
Versátil
e infatigable, enfrenta a los frisones con una novedosa fuerza naval.
Más tarde, desarrollará otra especialidad, la del asedio, para terminar
de expulsar a los musulmanes y sus aliados en Avignon y Narbona. No
transcurrirá un año de su vida sin emprender campañas contra los
enemigos de Austrasia y del nombre cristiano.
Donde
triunfan sus armas vienen los apóstoles itinerantes, los misioneros
anglo-sajones –San Willibrordo, San Bonifacio, Kilian, Corbinian…-,
fundando iglesias y conventos, convirtiendo, bautizando, arriesgando su
vida derribando el mismísimo “árbol del trueno”, el sagrado roble de los
sajones, en el corazón de sus bosques. Caía el árbol del paganismo y se
elevaba el de la cruz, al amparo de la autoridad siempre creciente del
nuevo Príncipe y Duque de Austrasia.
La
tempestad mahometana seguía preparándose “en inmensa escala”.
Abderramán, el virrey del Califa, quiere invadir la región galorromana
entera. “Todo el mundo mahometano contemplaba la expedición con intensa
ansiedad” (Nöldeke).
Le
ordena a un subalterno, Otmán, avanzado en Galia, arrasar Aquitania.
Pero éste ha cerrado un pacto con Eudes, Duque de la provincia, que para
salvar su Ducado le había entregado su propia hija. Enterado
del inicuo acuerdo, Abderramán marcha contra Otmán, que, separado de la
princesa aquitana, se tira de un precipicio. El final de ésta es
horrible: es enviada como presa del harem del Califa de Damasco.
Comienza el virrey musulmán su célebre marcha. Llevará –así lo espera- el estandarte del profeta
a los confines de la Cristiandad. Su avance siembra la desesperación en
toda Europa, que desde los días de Atila no había visto armamento tan
formidable y destructor. “Conflagraciones, ruinas, los alaridos de la
castidad violada y las lamentaciones de los moribundos, hicieron de esta
memorable invasión más el trabajo de un demonio que de un hombre” (Nöldeke).
El ejército de Eudes es arrasado. Ante el infortunio, pide
apoyo y perdón a Carlos. Este, no duda. Había venido preparando sus
efectivos en silencio para el gran combate, reuniendo guerreros de todas
partes del reino. El momento de jugarse el todo por el todo, con
carolingia determinación, había llegado, y será el ápice de su vida.
La Batalla de Poitiers, óleo de Carl von Steuben
Avanza con audacia a enfrentar a Abderramán. Luego
de siete días de escaramuzas, el octavo es el del choque. Los árabes se
despliegan sobre el campo; al grito de los muecines rezan a su dios,
Alá. El virrey da la señal de ataque.
Pero
el ejército católico estaba bajo el amparo de Nuestra Señora, “terrible
como un ejército en orden de batalla”. Llueven las flechas de los
arqueros berberiscos. La caballería ataca al grito de guerra “Alá es
grande!” y cae como inmenso huracán sobre el frente cristiano.
“La
larga línea de los francos no afloja, se mantiene inmóvil como un muro
de hierro en el espantoso choque”. Veinte veces cargan los musulmanes
con la velocidad del rayo; otras tantas su carga impetuosa se estrella
contra la muralla inquebrantable. “Los colosos de Austrasia, erectos en
sus grandes caballos belgas, recibían a los árabes sosteniendo la espada
de punta, atravesándolos de parte a parte con tremendas estocadas…”
Abderramán
cae exclamando, quizás, como Juliano el Apóstata: “¡Venciste, Galileo!”
Tal vez le fue dado ver, antes de presentarse al juicio de Dios, al
paladín que hacía estragos en sus filas, dando “martillazos” con el
hacha guerrera, salvando la Cristiandad. Era Carlos, de ahora en más “el
martillo” („der Hammer“), Karl Martell.
La muerte de aquel cuya invasión era más obra de demonios que de hombres
hace cundir el pánico en los guerreros de Alá. La contienda ha durado
una jornada entera. “Mañana se define la batalla”, piensan los
cristianos.
“Al
despunte del amanecer, los francos ven nuevamente blanquear las tiendas
enemigas en el mismo lugar y en el mismo orden que la víspera; ningún
movimiento aparecía en el campo árabe. Karle envía batidores. Estos
avanzan a través de miles de cuerpos muertos, y entran en las primeras
tiendas: están vacías: no quedaba ni un solo hombre con vida en este
gran campo”. Los restos arrasados del ejército musulmán habían partido
al amparo de las tinieblas abandonando todo (Henri Martin).
“La
Cristiandad estaba salvada”, comenta aliviado Theodor Nöldeke. “El Papa
y el monje, el príncipe y el campesino, en un éxtasis de agradecida
devoción, acuden a las iglesias a darle gracias al cielo
por una victoria que, a pesar de lo que les había costado a los
verdaderos servidores de Dios, había infligido un golpe tan señalado a
los infieles que su regreso nunca más fue intentado.
“Esta victoria de larga fama, obtenida en el año 732, sembró la consternación a lo largo de todo el mundo musulmán”.
Los nueve años que le restan de vida a Carlos Martel son el eco de esta jornada, que, al decir de Paul Kirn, fue un „Wendepunkt“, un punto de inflexión, un remolino de la historia. Consolidar el reino, promover las misiones, edificar la civilización cristiana siguió siendo su norte.
Se
le objeta al gran guerrero no haber ayudado al Papa cuando le envió una
distinguida embajada, con las “llaves de San Pedro”. Y, sobre todo,
numerosas violencias contra miembros del Clero, buenos y malos, el
apoderamiento de bienes eclesiásticos –que la Iglesia pusiera a su
disposición para vencer las fuerzas de la barbarie, de la intriga y del
Islam- que entregaba como beneficio a fin de reunir jefes que reclutaran
guerreros, sin los cuales la Cristiandad estaba perdida. Sin duda
constituyen graves interrogantes.
Pero las misiones fundacionales en el reino franco y Germania, pilares del orden católico europeo, no habrían tenido el éxito perdurable que tuvieron si no fuese por su amparo.
La Edad Media
de los cruzados y Doctores, de las catedrales y los reyes justicieros, y
de los inmortales Pontífices como San Gregorio VII y Urbano II, no
hubiera visto la luz si no arriesgara el todo por el todo el legendario “Martillo” en Poitiers.
Con
esas reservas, y admiración impregnada de agradecimiento, decimos, con
el Cardenal Hergenröther, Godofredo Kurth y otros autores, que este
coloso y precursor del Sacro Imperio fue el “campeón invencible de la
civilización cristiana”.
(*)
VER NOTAS ANTERIORES EN ESTE MISMO SITIO, haciendo click en el “tag” más
abajo: La Civilización Cristiana al vivo o 1200 años de Carlomagno,
fundador del Sacro Imperio:
“La hora de la aristocracia”: Héroes y santos fundan la estirpe carolingia
Un linaje que brotó de la resistencia al Islam y el amor ardiente al Papado
Bibliografía consultada:
Plinio Corrêa de Oliveira, “Via Crucis”
Del mismo autor: conferencias sobre la sociedad orgánica
Godofredo Kurth, “Los orígenes de la civilización occidental”, Emecé Editores, Buenos Aires
Frantz Funck-Brentano, “Les Origines”, L’histoire de France racontée à tous, 10ª ed., Hachette, Paris
Henri Pirenne, “Mahoma y Carlomagno”, Ed. Claridad, Buenos Aires, 2013
Grégoire de Tours, “Histoire des Francs”
“Choses de guerre et gens d’épée”
„Das Frankenreich“, Paul Kirn, t. III, Propyläen Weltgeschichte, Berlín
“The Arabs in Europe”, Theodor Nöldeke, “The Historians’ History of the World”, t. VIII, “The Times”, Londres
jueves, 17 de abril de 2014
Via crucis con antorchas en el antiguo Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta
via
crucis con antorchas
Jueves Santo, 21
horas
Salida: 1ª estación – bajo
el pimiento grande – Entrada al Barrio Chucuma
Sañogasta – La Rioja
Invitan:
Barrios de Chucuma, Alto de los Alives y La Carrera -
Hacienda de la Candelaria
Encendamos
nuestras antorchas para acompañar al Divino Redentor y a la Virgen Dolorosa en su Pasión
Intenciones:
* Por la Santa Iglesia
Católica, la familia argentina y el niño por nacer
* Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María prometido en
Fátima
* Por nuestro pueblo y las intenciones de todos los peregrinos
viernes, 11 de abril de 2014
"La hora de la aristocracia" - Héroes y santos fundan la estirpe carolinigia
La
esfera y la cruz, insignias del Sacro Imperio que nacería con la
coronación de Carlomagno en el 800, símbolo de un orden católico
El Beato Pipino de Landen, primero de "los Pipinos", Mayordomo de Palacio de Austrasia
San Arnulfo de Metz, también
Mayordomo de Palacio de Austrasia y luego Obispo. Con Pipino de Landen
fueron los dos barones más representativos de la aristocracia
austrasiana, dos pilares del reino franco y fundadores de la estirpe
carolingia
Héroes y santos fundan la estirpe carolingia – “La hora de la aristocracia”
L
|
a épica conversión de Clodoveo y sus francos a la Fe católica fue un “tournant de l’histoire”, un
remolino que hizo girar las ruedas de la historia preludiando el
amanecer de un mundo nuevo, impregnado de sacralidad y sentido de lo
sobrenatural y lo maravilloso (*).
Si
los descendientes del gran guerrero hubiesen sido fieles a su misión,
podrían haber encarado, con el auxilio de la Providencia, la inmensa
tarea a realizar para que ese nuevo mundo pudiese formarse. Otra estirpe
sería convocada entonces para:
* hacer avanzar la civilización cristiana sobre la barbarie;
* sostener el Papado contra sus enemigos;
* frenar la ofensiva mundial del Islam;
* constituir un reino que tuviese como ideal la Ciudad de Dios.
Los
merovingios sucesores de Clodoveo, salvo excepciones, fueron tibios; su
reino fue profano y absolutista, de corte romano, en lugar de sacral y
orgánico, como correspondía a la “Hija primogénita de la Iglesia”.
Un
siglo y medio después de esa gesta se manifiesta el creciente deterioro
de la dinastía, atribuída en gran medida al desenfreno de los sentidos,
“lo que da a la decadencia merovingia su aspecto sórdido” según Henri
Pirenne.
La
contracción de la realeza y la fuerza de una aristocracia pujante,
representante genuina de la nación, hacen crecer la figura de los “majores domus”, Mayordomos de Palacio provenientes de las familias nobles. Su
misión principal era garantizar que la realeza no desvirtuara los
valores e ideales de los católicos francos: “…pues la aristocracia
significaba toda la nación, mientras que la realeza encarnaba todo el
Estado; una y otra eran elementos esenciales de la sociedad política…”,
afirma Kurth. Ocurre que uno de esos dos pilares no estaba respondiendo
y, al decir de Camoens, “el débil rey torna débil a la gente fuerte”.
El reino franco en los tiempos merovingios
La Francia
merovingia tenía dos polos principales heterogéneos, en frecuente
conflicto entre sí.
Al norte, el germánico reino de
Austrasia, con su estilo de vida rural y feudal, que abarcaba territorios que hoy son
alemanes, belgas o franceses; al sur, el reino galo-romano de Neustria, más
urbano y comercial, más ligado al
pasado, donde residían casi siempre los reyes por sentirse más identificados
con la región -en cuyas proximidades se encontraban Aquitania y Borgoña. Esta
última, situada al S.E. de Neustria, completaba el conjunto del reino
franco.
Pero
los vientos estaban cambiando. El norte germánico tomará la delantera y
será cuna de la dinastía carolingia, cuyas cepas fundadoras provienen
de los dos barones más poderosos de Austrasia. Barones amigos,
partícipes de una misma lucha, y ambos santos!
San
Arnulfo fue Mayordomo de Palacio de Austrasia y luego Obispo –cambios
de estado frecuentes entonces-, en la Diócesis de Metz, una de las
capitales merovingias. Presta valiosos servicios en el orden temporal y
espiritual hasta poder cumplir su anhelo de recogimiento monástico; su
retiro a las soledades de los Vosgos fue visto como una calamidad
nacional. Era la expresión de un nuevo tipo humano, típicamente
medieval, en que se amalgama el señor feudal, el guerrero, el estadista,
el hombre de Iglesia, el contemplativo. Surgía ese “nuevo mundo” que
esboza Pirenne, que rompía con el antiguo, como un aguilucho que
extiende sus alas y levanta vuelo.
Ansegiesel, hijo de San Arnulfo, se casa con Santa Begga, más tarde abadesa y fundadora de conventos; fueron los padres del gran Pipino [II] de Heristall, abuelo de Pipino el Breve [III] -el padre de Carlomagno.
El
amigo y colega en la Grandeza de Austrasia del santo Obispo de Metz es
el primero de los tres Pipinos: San Pipino de Landen [I]. Así
lo llama Funck Brentano (a diferencia de otros historiadores que lo
llaman “Beato”). Fue notable Mayordomo de Palacio luego de San Arnulfo.
Señor y santo, estaba casado con Santa Itta (o Ida); fueron los padres de la mencionada Santa Begga.
Son esos los orígenes resplandecientes de la familia de Carlomagno en esa Alta Edad Media bárbara y cristiana.
A
fines del siglo VII, la estirpe era propietaria de inmensos campos,
algo característico de las familias terratenientes austrasianas. La
importancia de las funciones que desempeñaron sus miembros a lo largo de
generaciones, sobre todo la Mayordomía de Palacio, le daban gran
preeminencia, acrecentada por los numerosos seguidores firmes que su
buen desempeño le atraía. De más está decir que esos seguidores eran
guerreros, hombres libres que tenían un sentido de fidelidad
caballeresca, tan distinto del hombre-masa llevado de las narices por
los demagogos.
“La familia carolingia brillaba
entre todas por la cantidad de santos [y eclesiásticos] que había
producido; nueve Obispos, siete santos, entre ellos el fundador, Pipino
de Landen [I]; tres santas, de las cuales una, Tarsilia, había resucitado un muerto. ‘Sancta gens’
(santa familia), le escribirá en 769 el Papa Esteban III a Carlomagno”.
dice Frantz Funck-Brentano, destacado historiador francés, protestante…
“Había
dioses en el origen de la familia merovingia, pero hubo santos en la
cuna de los carolingios, y, a los ojos de los francos convertidos al
Evangelio, la santidad era un título más digno de respeto que un vano
recuerdo mitológico”, agrega Godofredo Kurth.
La estirpe vio sucederse a su cabeza una serie de hombres del más alto valor: Arnulfo de Metz y Pipino de Landen [I], Pipino de Heristall [II], Carlos Martel y Pipino el breve [III]. “Sus victorias retumbantes, una de las cuales salvó la Cristiandad, acrecentaron su carácter ilustre” (Funck-Brentano).
Los
dos primeros magnates resistieron con firmeza la tiranía de la
legendaria Brunequilda, que de bella princesa visigoda cuyas cualidades
admira San Gregorio de Tours, se transformó en una de las reinas más
poderosas y malvadas del mundo. Su resistencia fue decisiva para la
caída de Brunequilda y la liberación de Austrasia. Terminó sus días
terriblemente ajusticiada por Clotario II; en castigo por sus crímenes
contra los vástagos reales la hizo morir atada a la cola de un potro!
Nieto de ambos grandes barones, Pipino
de Heristall [II], a la muerte de Dagoberto II, se hizo del poder de
Austrasia. Era frecuente que los reyes francos dividieran sus dominios
entre sus varios hijos. El rey de Neustria, Tierry, y su resentido
Mayordomo, Ebroino, marcharon contra Pipino y lo derrotaron. Pero no se
desmoralizó. Rehaciéndose con el apoyo de los temibles leudes
austrasianos derrotó definitivamente a sus enemigos en Tertry, lo que
tuvo consecuencias.
Pues Ebroino representaba la tendencia exactamente opuesta a la de los Pipinos.
Pretendió dominar la aristocracia, a la que no pertenecía, impedir la
hereditariedad de cargos de las familias palatinas y promover a gente de
baja extracción que, al ser hechura de él, le era incondicional. Era un
grave trastorno de las esencias del reino…
“Todo
el partido aristocrático forma un bloque contra Ebroino y pone ahora
sus esperanzas en Pipino”, dice Pirenne. “…Muchos grandes .., tratados
cruelmente por Ebroino, pasaron de Neustria a Austrasia y se refugiaron
junto a Pipino”. “Así Austrasia…se convertía en protagonista de la
aristocracia”.
Durante
veintisiete años Pipino gobernó el reino. No bastándole el título de
Mayordomo de Palacio, se hacía llamar Duque de los Francos.
“Así,
la familia surgida de Pipino de Landen y de San Arnulfo se encontraba a
la cabeza de la aristocracia austrasiana y, por la misma causa, a la
cabeza del Estado” (Funck-B.). Eran “anti-antiguos”, eran el verdadero
progreso, encarnaban “la hora de la aristocracia” (Kurth), camino a una
realeza ápice.
¿Sería capaz una estirpe de salvar la Cristiandad? Abordaremos el tema en la próxima nota.
* * * * * *
(*) Ver nota anterior en este mismo sitio: Un linaje que brotó de la resistencia contra el Islam y el amor ardiente al Papado
Principales fuentes consultadas:
Godofredo Kurth, “Los orígenes de la civilización occidental”, Emecé Editores, Buenos Aires
Frantz Funck-Brentano, “Les Origines”, L’histoire de France racontée à tous, 10ª ed., Hachette, Paris
Henri Pirenne, “Mahoma y Carlomagno”, Ed. Claridad, Buenos Aires, 2013
miércoles, 2 de abril de 2014
Un linaje que brotó de la resistencia al Islam y el amor ardiente al Papado
A
fines del siglo V, el último Emperador romano occidental, Rómulo
Augústulo, recibía el golpe de gracia institucional de Odoacro, rey de
los Hérulos (476). Así caía definitivamente el Imperio Romano de Occidente iniciado por Augusto y se cerraba una página de la historia.
En
las tierras que otrora le pertenecieran se venían sucediendo oleadas de
pueblos bárbaros, pacíficas o violentas, bosquejándose el surgimiento
–vacilante e incierto- de nuevas naciones, destinadas a consolidarse o a
desaparecer.
En estos iniciales siglos de hierro
de la Alta Edad Media, entre el caos de las invasiones, el pillaje y
las guerras, la Iglesia pugnaba por no ser sumergida por la marea de
barbarie y cumplir hasta el fin su misión evangelizadora y civilizadora.
En
contraste con las imperiales decaídas, las autoridades religiosas
resistían a pie firme. Los Obispos –no pocos de ellos santos-,
amenazados por todos los flancos, se esforzaban por permanecer al frente
de sus patriarcales
Diócesis y parroquias (así las describe Ranke), imponiendo respeto a los
bárbaros que en su mayoría -salvo algunas “perlas finas”, como Santa
Clotilde-, eran herejes arrianos: burgundios, ostrogodos, visigodos…
Pero, dice Leopold von Ranke la amenaza peor la constituían los árabes, no
sólo conquistadores, como los germanos, sino penetrados de orgullo y
fanatismo, propios de su religión radicalmente contraria al
Cristianismo, al que movía una guerra a muerte.
La
batalla de Guadalete (cuadro de Martínez Cubillas) inició la dominación
de los invasores musulmanes en España. Pretendían llegar hasta Roma,
sede del Papado, para proclamar el nombre de Mahoma a los cuatro
vientos. ¿Lograrían su propósito?
Musa
(prefigura de los presentes fundamentalistas musulmanes), invasor y
conquistador en España (711), se jactaba de que atravesaría los Pirineos
y los Alpes para gritar el nombre de Mahoma a los cuatro vientos en el
Vaticano. ¿Lo lograría?
No
todas las fuerzas invasoras eran enemigas de la Fe. El Catolicismo
había prendido en lo mejor de los pueblos germánicos. Los francos fueron
la primera nación en convertirse, valiéndole a Francia el privilegio
sagrado y la responsabilidad de ser la Hija primogénita de la Iglesia.
Santa Clotilde fue un sol que brilló y
suavizó los duros comienzos del reino franco. Para convertirlo,
disputaba largamente con su marido, Clodoveo,aún pagano, argumentando
con mucha gracia y solidez. Finalmente, en la batalla de Tolbiac,
viéndose abandonado por sus “dioses”, pidió ayuda a Nuestro Señor
Jesucristo, “el Dios de Clotilde” y obtuvo victoria. La Reina mandó
llamar en secreto a San Remigio que bautizó al Rey y a sus guerreros.
Nacía el primer reino germánico católico en Francia, la “Hija
primogénita de la Iglesia”.
Esta
mentalidad católica fue confirmada por tan grandiosos avances que se
renovó y fortaleció. Ranke (pese a ser protestante y célebre por su
crítica histórica), evoca el papel de los milagros en las luchas de
Clodoveo para recuperar Galia de los herejes godos, salpicadas de hechos
maravillosos. Inspirado por su mujer, la Reina Santa Clotilde, y por
San Remigio, evangelizador de los francos, se pone en campaña por el
triunfo del Cristianismo en la Galia. Encuentra crecido al río Vienne y
le pide a Dios que le indique por dónde pasarlo. A la vista de todo el
ejército, una perra de gran tamaño se echa al agua y cruza el río por
donde, tapado por la corriente, pasaba el vado.
Contemplando
la ciudad de Poitiers desde un alto, a la espera de la batalla, ve
venir desde la Basílica de San Hilario una columna de fuego, señal de
que, ayudado por la luz del santo Obispo, triunfaría sin dificultad
sobre esas bandas de herejes contra las que el propio santo había sostenido la fe (cf. Historia de los Francos, de San Gregorio de Tours, cap. 38).
También
evoca el historiador prusiano la ocasión en que el Papa San Gregorio
Magno (en 573), pasando por el mercado de esclavos de Roma encontró
niños anglo-sajones. Exclamó entonces: “non Angli, sed Angeli” (no son
anglos sino Angeles); y mandó a San Agustín de Canterbury a
evangelizarlos.
San
Gregorio Magno (izq.) , el gran Papa que vio, con luces del Espíritu
Santo, el llamado de los anglo-sajones a servir a la Iglesia. “No son
anglos sino ángeles”, dijo, y envió apóstoles para convertirlos. Esa
nación sería, en el amanecer de la Edad Media, semillero de apóstoles
que infundirían en francos, galos y alemanes la fidelidad al Papa. A la
derecha, el célebre misionero irlandés San Columbano, héroe de la Fe en
la Galia, Lombardía y otros puntos.
Fue
una de las decisiones más trascendentales tomadas por un Papa en todos
los tiempos. Pues despertó en la germánica Bretaña una incomparable
veneración por el Papado, que movió a los anglo-sajones a enviar a sus
jóvenes a educarse en Roma. Adultos y provectos emprendían
peregrinaciones a la Ciudad Eterna y un cierto número se quedaba allí, esperando ser acogidos en el día de su muerte con más confianza por los santos del cielo. ¡Perfume medieval!
La Cristiandad
en las entonces “Islas de los Santos”, creciendo en fervor, empezó a
exportar santos y misioneros que transmitieron en tierra firme su
especial devoción al Papado.
Entre
ellos irradió su influencia San Bonifacio, el gran apóstol fundador de
la Iglesia de Alemania, que logra también hacer penetrar en los Obispos
galos el espíritu de sujeción amorosa a los sucesores de San Pedro; en la futura Francia, centro del mundo germano occidental de la época.
Al
promediar el siglo VII, el linaje de Clodoveo (los Merovingios) había
decaído. Ello no perjudicó al reino franco pues, en su lugar, se elevó
una nueva estirpe. Esta personificaba la cumbre de la aristocracia
austrasiana: hombres llenos de energía, de potente voluntad y noble
fuerza. Mientras los otros reinos caían y el mundo amenazaba convertirse en propiedad de la espada musulmana, era este linaje, la Casa de los Pipinos de Heristall, luego llamados carolingios, el que encabezó la primera y decisiva resistencia (Ranke).
¿Quiénes fueron y qué características tuvieron estos hombres? ¿Qué logros inscribieron para la Civilización Cristiana en los manuscritos iluminados de la historia universal? ¿Qué servicios singulares prestaron a la Santa Iglesia Católica?
Lo veremos en la próxima nota.
Fuente principal:
Leopold
von Ranke, „Die Römischen Päpste in den letzten vier Jahrhunderten“,
Gutenberg-Verlag Christensen & Co., Wien, I, El Papado en unión con
el Estado Franco, pp. 13 y ss.
Otras fuentes consultadas:
“L’Histoire de France racontée à tous”, “Les Origines”, Frantz Funck-Brentano, 2ª ed., Libr. Hachette, Paris
Kinder & Hilgemann, „Dtv-Atlas zur Welt-Geschichte“, Deutscher Taschenbuch Verlag, 10ª ed.
Grégoire de Tours (Saint), “Histoire des Francs”, Union Générale d’Éditions, Paris
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