lunes, 17 de junio de 2019

Escenas salteñas de hidalguía y heroísmo - 17 de junio - Instituto Güemesiano de Salta (conferencia)






ESCENAS SALTEÑAS DE HIDALGUIA Y HEROISMO
Luis María Mesquita Errea
Conferencia en acto del Instituto Güemesiano de Salta el 17 de junio de 2013
(Publicada en el Boletín del Instituto Güemesiano de Salta – ed. 2014)

Evocaremos en estas notas escenas y aspectos coloridos de aquella Salta que fue baluarte de resistencia, finalmente victorioso, a las tentativas invasoras del absolutismo. Que fue exponente de un estilo de vida muy argentino y norteño, gestado en más de dos siglos y medio a partir del nacimiento de la Argentina fundacional. 
Estilo de vida marcado a fondo por valores como hidalguía, hospitalidad, cortesía y heroísmo, que daban un sabor particular a la existencia y eran el molde que explica este florecimiento de  héroes que tuvo su máximo exponente en don Martín Miguel de Güemes. Valores que impregnaban el ambiente social y que quedaron plasmados en mil episodios, de la vida cotidiana o de grandes lances, como los que veremos a continuación.

I. ESTOCADA SALTEÑA A PREPOTENCIA NAPOLEONICA

Sobre el origen de los Moldes dice Bernardo Frías, a quien seguiremos en este primer episodio, que descienden del hidalgo gallego don Juan Antonio Moldes, quien llegó a Salta en el crepúsculo del tiempo virreinal con proyectos de establecerse como comerciante pujante y de largas miras. 
Fundó aquí la rama americana de esta vieja familia casando con María Antonia Fernández, Sánchez de Loria del lado materno, “de singular belleza”, descendiente de primeros pobladores del Noroeste.
Con la de Gurruchaga, fueron las casas comerciales más poderosas de la región, que proveyéndose en principio directamente en Cádiz, surtían de mercaderías ultramarinas a una vasta red comercial al sur y al norte del subcontinente.
Afirma Frías que los empleos lucrativos americanos ofrecían oportunidades a la juventud distinguida de España –en aquellos tiempos de centralismo mercantilista – pero a su vez “los empleos públicos del gobierno del Rey en la Península, eran con facilidad ocupados por los jóvenes nobles y ricos de América”. Pues si daban prestigio “por estar al lado del Rey”, no daban fortuna, y para obtenerlos “era menester gastar mucho y mucho dinero” (“Tradiciones Históricas”, 6ta., p. 169).  
Así, los hijos del matrimonio Moldes-Fernández Sánchez de Loria estudiaron en el Monserrat, en Córdoba, doctorándose uno de ellos en Chuquisaca  y, por influencia paterna, fueron a proseguir su formación en la Metrópoli. 
El más gallardo, José, el futuro Coronel Moldes, poseía las características de la Nobleza antigua, apreciando su honor más que la vida. Era arrogante y arrebatado, íntegro y austero, lujoso en su traje, valeroso y heroico. Obtuvo una plaza en la Guardia de Corps Americana, a la que sólo accedían miembros de familias principales, “puesto de rango  y de alta distinción”, con el grado de Alférez. Formado en el Colegio de Nobles de Madrid, resultó un eximio maestro en el manejo del sable.  Vivía en palacio y formaba parte de la guardia real. En ese escenario lo sorprendieron los acontecimientos dirigidos solapadamente por Napoleón para apoderarse de la Monarquía hispana.
Con pretexto de hacerle la guerra a Portugal obtuvo el pase de los ejércitos franceses por territorio español y, terminada victoriosamente la campaña, “las fuerzas francesas quedaron no más ocupando la Península”, en puntos estratégicos.
La escuadra española había sido destruida en Trafalgar, y en el país cundía la anarquía. Hacía de jefe del gobierno el ministro Godoy, cuyo infame encumbramiento es por todos conocido, y los dos bandos, el que lo apoyaba y el que lo detestaba -encabezado por el futuro Fernando VII-, se despedazaban frente al enemigo común que esperaba impaciente la ocasión de dar el zarpazo final –o que pensaba que sería final…
Era parte del teatro de desgracias, cientos de miles de víctimas y conmociones en que la Revolución Francesa y su continuador, Napoleón, habían colocado a la Europa de fines del Antiguo Régimen, comenzando por la propia Francia. La reacción contra lo que Pierre Gaxotte llama “la Terreur communiste”, hizo que la Revolución fuera retrocediendo, y en ese retroceso estratégico y previsto con décadas de anticipación jugó Bonaparte un papel fundamental (ver conversación entre Dantón y el Duque de Chartres, a quien le recomendó cuidarse pues sería el futuro “rey burgués” Luis Felipe, cuando las mareas de sangre en que el primero preveía su propia muerte se hubiesen aquietado, como sucedió). 
General surgido de las filas de la izquierda “montagnarde”,  Bonaparte encabezó la metamorfosis de la República en Consulado y finalmente en Imperio militarista y burocrático carente de toda tradición y arraigo.
Esto explica la expresión de Ranke, quien lo llama “jacobino coronado”, más precisamente auto-coronado, pues invitó al Papa al acto pero él mismo tomó la corona y se la puso en su propia cabeza.
Napoleón, fiel a su jacobinismo, y a la consigna “hemos de pisotear la flor de lis”,  había degradado todo lo posible las antiguas dinastías, había repudiado a Josefina de Beauharnais para casarse con la Archiduquesa María Luisa de Habsburgo, hija del Emperador de Austria, para poder decir “nuestro abuelo Carlomagno” (¡), y cebándose en la decadente rama española de la Casa de Borbón, estaba por infligirle a España una de las mayores humillaciones de su historia en la “farsa de Bayona”.
Así, no extraña que peninsulares y americanos –sin llegar a calificarlo de “Anticristo”, como lo hacían los austríacos-  detestaran al Corso y la naturaleza del régimen que se iba enseñoreando de la Península, más la alevosía y caradurez de sus procedimientos.
Un sonado lance caballeresco proyectaría la figura del Alférez José de Moldes a una situación de preeminencia entre sus pares americanos. Un militar napoleónico de alta graduación, de los que estaban pasando a estar de moda,  de apellido Réguières y de la familia Mouton [n.: “carnero”, “borrego”], era obsequiado con un banquete en palacio. “En el momento de los brindis, relata Frías, el enviado francés, muy pagado con los triunfos casi universales de Napoleón, y algo perturbado el entendimiento por el exceso que había hecho de los vinos, hablando a su turno dijo, escapándosele el secreto de su amo (Napoleón): ‘Los franceses somos invencibles, el Emperador lo ha probado paseándose victorioso por Europa; y el día que se nos antoje, conquistaremos también y nos apoderaremos de España y de sus Colonias”. 
“Un sordo murmullo de protesta se dejó oír en la concurrencia y, de su seno, alzóse como un león, un arrogante joven militar que con voz entera le dijo: ‘Los ingleses han probado que eso es más difícil de lo que a usted se le figura’.
“ ‘¡Bah! –respondió el francés con desprecio; -esos fueron unos estúpidos que se dejaron correr por la canalla de la calle!”
Para calibrar lo injurioso del calificativo, recordemos que a los inspiradores de la Revolución Francesa, notadamente a Voltaire, les encantaba volcar su desprecio por el pueblo simple, no “iluminado” –de quien se presentaban como “redentores”-, caracterizándolo como “la canalla”. Con la diferencia de que en las Invasiones Inglesas no peleó “canalla” alguna sino todo nuestro pueblo, con sus clases dirigentes a la cabeza, hasta los esclavos negros y aún los niños. 
“-Esa canalla –le contestó Moldes avanzando hacia él- no es de la familia de los Mouton [“carneros”], y tiene el pecho más fuerte que el de usted –le dijo asentándole un golpe de puño en el pecho que lo derribó en tierra. - ¡Ya usted lo ve!
“Arreglóse en seguida un duelo a sable, y Moldes despachó en el lance al otro mundo a su adversario, herido malamente en la cabeza y en el costado”.
Comenta el Dr. Frías: “Dos pueblos a un tiempo, el pueblo argentino y el español, quedaban así vengados por mano del coronel Moldes.
“Aquel suceso, que resonó ruidosamente en España y en América, rodeó a Moldes de universal simpatía y popularidad. El Rey lo colmó de favores; uno de ellos fue su ascenso a Teniente Primero de la Guardia de Corps, título que equivalía a coronel en cualquier cuerpo del ejército español”.
Así, la hidalguía del Teniente Moldes había sido de aquellas que restauran la honra… 
                                          *          *         *
Napoleón, dueño del poder en la Península (1808), luego de Bayona, corona a su hermano José, apodado “Pepe Botella”. Madrid todo grita: “¡Mueran los franceses!”; grito que se extiende por todo el país inflamando la guerra de la Independencia hispana. 
Ocasión excelente para defender los derechos de independencia de los “reinos de ultramar” o colonias contra el asaltante corso. Los jóvenes americanos residentes en Europa, con José de Moldes a la cabeza, actúan: Pueyrredón –recién llegado a Madrid- pega la vuelta para informar los sucesos, pero es interceptado en Cádiz. Moldes y Gurruchaga son tomados en prisión como sospechosos de alzamiento contra Napoleón en las colonias, cómplices con Pueyrredón. Hábilmente, sobornan la guardia y huyen. 
Reunidos los jóvenes americanos, consternados, piden apoyo a Inglaterra. Moldes gestiona pasaje en buque inglés y se dirige a Cádiz. 
Se había proclamado pena de muerte para todo el que se comunicara con la escuadra inglesa enemiga. Por 300 duros fleta una embarcación desafiando el peligro, con su hermano, y Juan y Manuel de Tezanos Pinto, de Jujuy, rumbo a la escuadra, bajo las sombras de la noche. El Capitán inglés vio lo interesante del proyecto para beneficio de su nación y les facilitó el pase a Londres; allí Moldes conferencia con Canning y acuerdan que Inglaterra apoyaría la insurrección de Buenos Aires con 8.000 soldados. 
Mientras tanto, la situación política da un viraje de 180 grados; España pasó a ser, de enemiga, amiga de Francia (Frías, p. 181). Diputados de diferentes regiones de la Península van a Londres a solicitar alianza contra Napoleón, para revertir su conquista. Inglaterra tenía al mismo tiempo “dos interesantes suplicantes”: América y España. Prefirió a España, que ofrecía mayores ventajas. Moldes fracasó por esto, y 42 americanos se embarcaron rumbo a Buenos Aires a trabajar la opinión pública a favor de la independencia, dada la situación turbulenta que vivía España. 
También fue Moldes quien costeó el pasaje de los que no podían pagarlo. Iban O’Higgins, Riva Agüero, Pueyrredón, Gurruchaga y “los Moldes hermanos del jefe”. Intentaban repartirse por todas las regiones, preparar los ánimos para tan trascendental y peligrosa empresa, ya que todas las autoridades –en ese momento de extraordinaria confusión- eran españolas, que podían considerar cualquier movimiento sospechoso como “alta traición” y castigarlo con la muerte.
Nada interesaba, sólo el gravísimo asunto, angustioso, de que podría Napoleón posesionarse de América. Había que lograr la independencia, al menos hasta que el Rey cautivo recobrara su libertad. 
Así volvieron al continente americano, dejando lo ya adquirido en Europa, desdeñando las ofertas ventajosas de los napoleónicos y exponiendo la vida. Llegaron a Buenos Aires el 7 de enero de 1809. 
Encontraron gran turbulencia, rumores y versiones mentirosas; en medio de ese ambiente debían estos jóvenes, testigos presenciales de los hechos en la Península, hablar de la verdad y, lo más difícil: ser creídos, cada uno en su tierra natal.

II. HIDALGA HOSPITALIDAD DE UN PATRIARCA RURAL –  HACENDADOS SEÑORIALES

Transcurre más de una década. Tiempo después del trágico 17 de junio de 1821, llegan a Salta mineros ingleses. Vienen recorriendo nuestro extenso territorio observándolo todo con agudeza. Nos transmiten un testimonio directo de sus impresiones sobre las personas, los lugares,  las costumbres.
Acompañemos este precioso relato.
“Después de andar unas trece leguas, llegamos a la estancia de un cabaIlero que fué figura notable en la revolución, grande y sincero patriota, aunque español. Fuimos allí cordialmente recibidos, por recomendación del doctor Redhead, de Salta. Llamábase Don Domingo Puch [n.: “Puche” en el texto citado], el amigo del doctor, y hubimos de quedar altamente gratos a su hospitalidad”. 
En prueba de ello cuenta la siguiente anécdota:
“Acertaron a pasar por allí, en viaje a Potosí, poco tiempo antes de nuestra llegada, dos o tres súbditos ingleses, que, tomando la residencia de Don Puch por posada, aprovecháronse sin reatos [n.: sin escrúpulos] de las bondades que brindaba, pues tenían intención de pagar cuanto consumieran; hicieron de la casa, en resumen, lo que hubieran hecho de una posada en su país. Pidieron de comer lo mejor, no olvidando invitar el propietario al banquete. Llegado el momento de partir y al pedir la cuenta, contestóles el patriota vizcaíno que habían confundido la clase de lugar en que habían sentado sus reales, pues su casa no era "pulpería " y no sólo negóse a recibir nada en pago, sino que todavía les hizo seguir viaje a Salta en animales de su propiedad y gratis”. 

Enlutado y melancólico, pero dueño de sí 
e invariablemente generoso
“Era nuestro huésped [n.: anfitrión] padre político del general Güemes, bravo defensor de Salta contra las fuerzas realistas del Alto Perú. La muerte del valiente oficial y de la esposa de Puch, acaecidas casi al mismo tiempo, tornáronle gravemente melancólico, pues era su esposa dama a quien amaba entrañablemente, como amábanla también las gentes del lugar (…)”.
Interesante reconocimiento tributado aquí al “bravo defensor de Salta” y “valiente oficial”, General Güemes, de quien don Domingo Puch fue tan buen consejero y auxiliar, un verdadero padre político.

La hospitalaria mesa de Don Domingo Puch: 
“la mejor vianda” de las comarcas sudamericanas
Hagamos un alto en la huella para un pequeño “test” gastronómico: ¿Cuál considera el lector el mejor plato que se puede degustar en nuestros campos? La elección de los viajeros puede sorprenderlo, pero coincide con la opinión de mucha gente de campo actual…
“La comida, en la hospitalaria mesa de don Domingo, fué digna de notar. Era abundante, y entre exquisita variedad de platos, una cazuela de armadillo [n.: quirquincho] que difícilmente encontraría rival en lo sabrosa. Con frecuencia habíamos observado ya esas como ratas con caparazón, corriendo por los caminos, pero como sucede con las vizcachas, los peones y gentes del campo no les dan valor por abundantes. He aquí, cómo casi perdimos la mejor vianda que se encuentre viajando por esas comarcas sudamericanas” (Andrews, o.c., pp. 128-29).

Susto y bondad paternal con los esclavos 
 Un pequeño incidente casero permite apreciar la afectividad que reinaba en esos tiempos entre señores y criados. Algo que nacía espontáneamente de las propias raíces de una sociedad familiar y orgánica.
“Partimos de la estancia de don Domingo el 25 rehusando aquél toda remuneración por el alboroto y molestias ocasionadas. Y digo alboroto porque mientras conversábamos la noche anterior con las señoras de casa, nos llamó de pronto la atención un grito estridente, y como acudiéramos rápido al lugar de donde procedía, con una vela encendida, encontramos a nuestro minerálogo que, distraído y a obscuras, había entrado en un cuarto vecino, donde se encontraba una negra vieja y arrugada que pasaba allí lo último que le quedaba de vida”. 
¿Y quién sería esta añosa señora?
“Era esta mujer una fiel y antigua criada a quien se había cedido aquella habitación para pasar sus últimos años y hacer las paces con Dios, según costumbre muy común con los esclavos de aquel país” [n.: el destaque en negrita es nuestro]. 

Más larguezas: queso, charqui, jamon, dulces y una manteca prodigiosa
Ya lejos de la estancia de Puch, los viajeros descubren nuevas gentilezas desinteresadas del patriarca:
“Al abandonar el carruaje nos informó nuestro capataz que el bueno de don Domingo había introducido en él, con todo disimulo, un queso de respetables dimensiones, cierta cantidad de excelente charqui, un jamón y algunos dulces. Prueba esto la hospitalidad de aquellas gentes y sus sentimientos bondadosos para los ingleses. Asemejábase el queso por su tamaño al nuestro de Cheshire, y por su sabor y calidad al Stilton; el jamón, bueno, aunque no tan bien curado como el Yorkshire. Encontramos también una botella de piedra con leche, que, por el movimiento del coche, se había hecho manteca”.

Felicidad de situación de los peones
 “Los peones de estancia, cuya subsistencia depende de los patrones, son la gente más alegre y feliz del país”.
Notable testimonio que harían bien en leer algunos desinformados, de hecho o por propia voluntad.

El patriarcal hacendado les regala dos jacas
 “La mañana del 25 amaneció encantadora, y antes de partir fuimos obsequiados por nuestro huésped con un par de jacas, que contribuyeron a que dos de los nuestros hicieran el viaje con mayor comodidad, al mismo tiempo que resultaba agradable ejercicio esta manera de viajar”. 

Atenciones del estanciero don Ignacio Sierra y de otros hacendados – Inalterable hospitalidad mas allá de los intereses materiales
La forma de recibir a los visitantes de Don Domingo Puch era simplemente magnífica, casi fabulosa, en una situación personal que ya no era nada floreciente; pero lo interesante del punto de vista histórico es que no se trataba de un caso aislado: era parte esencial de un estilo de vida, como dijimos al comienzo, y aún de hacer tratos comerciales en forma caballeresca y con beneficio de ambas partes, en contraste con el estilo actual, copiado de las violentas fantasías hollywoodianas, que va creando una realidad de pesadilla.
Algunos ejemplos:
“Era propietario de esta estancia don Ignacio Sierra, quien nos trató con todo género de atenciones: como necesitáramos caballos, los contratamos aquí para el resto del viaje hasta Salta, cincuenta leguas de distancia”.
La venida del Cap. Andrews a Salta a explorar distritos mineros generó imaginable expectativa en los propietarios, las que se vieron defraudadas al anunciarles que no venía en tren de concretar negocios. No obstante, la hospitalidad rural no se desmintió en modo alguno.
“Ese día nos detuvimos en varias estancias o granjas cuyos propietarios, advertidos de nuestra llegada, tenían preparadas para mostrarnos las muestras de oro de sus respectivas posesiones con la idea probablemente de hacer fortuna rápida, como alguno de los tenedores de acciones en nuestro país. No obstante el desengaño que experimentaban al saber que no nos encontrábamos en tren de negocios y no podíamos, por lo tanto, complacerles, nada excedería a la liberalidad de su conducta, a la franqueza del recibimiento, a la genuina hospitalidad que se nos dispensaba”. El destaque es nuestro; los comentarios huelgan.

Admirando La Lagunilla y cumbres “coronadas de rosas”
Otra diferencia con la mentalidad “metálica” corriente realza el interés de estas escenas. La intemperancia del hombre adorador del éxito modelo “Hollywood” lo hace incapaz de apreciar maravillas naturales o culturales. Mira y siente a través de una “S” surcada por una barra, o del oro, sin siquiera apreciar la excelencia de este noble metal.
Estos viajeros y sus anfitriones, hacendados, mineros, hombres de negocios, eran gente educada, con alma como para ver y apreciar. No perdían tiempo pero no eran esclavos de la agitación ni el apuro. Y se alimentaban de todo lo interesante, maravilloso, especialmente lo bello que encontraban en su camino, no considerando tiempo perdido el apartarse de la senda arrostrando peligros y trabajos para el supremo placer desinteresado de contemplar.
“El camino de Lagunillas a Salta corre paralelo a una hilera de montañas cubiertas hasta la cumbre de vegetación de infinita variedad. Las cimas, vistas desde abajo, parecían coronadas de rosas. Nos costó inmenso trabajo y mucho tiempo subir hasta donde esas rosas parecían crecer; una vez arriba nos convencimos que no se trataba de rosas, sino de grandes flores o capullos de algodoneros de montaña. Los nativos llaman a este árbol “yuchán” o “algodón del monte", y emplean el producto en rellenar almohadas, colchones, etc. El tamaño del yuchán o palo borracho puede calcularse en seis veces el del algodonero común” (o.c., paginas 132 33).
Los hombres de entonces no sólo eran atraídos por tesoros mineros. Los encantaba la exquisitez de formas y colores de la flor del palo borracho y la gracia de ese gran botellón, torreón acorazado de espinas, coronado de “rosas”, que custodia las sendas del Norte.

III. CORTESIA Y HEROISMO DE UN GUERRERO, JUAN ANTONIO ALVAREZ de ARENALES

Arenales nació en 1770 en Asturias, la legendaria tierra en que don Pelayo inició la Reconquista, de antigua estirpe. Huérfano a los 9 años, su educación quedó en manos de su pariente, el eclesiástico don Remigio Navamuel. Cadete a los 13, pasó al “Fijo” de Buenos Aires. Se destacó en la campaña de la Banda Oriental recibiendo despachos de Teniente Coronel acordados por el Virrey Arredondo. Cumplió funciones en el Alto Perú, favoreciendo a los indígenas. Preso en la revolución de Chuquisaca del 25 de mayo de 1809, fue conducido al Callao; pero logró escapar y llegó a Salta, donde había fundado su hogar casándose con doña Serafina Hoyos. 
Cabildante en esta ciudad, bajó de la hacienda de Pampa Grande con una milicia de gauchos y se puso al frente de la resistencia al absolutismo, liberando los prisioneros de Las Piedras que allí se encontraban, asumiendo el cargo de Gobernador provisional.
Combatió en la batalla de Salta “en la que tuvo descollante actuación”, dice Udaondo (“Grandes Hombres de nuestra Patria”, I, p. 107 y ss.).
Nombrado Gobernador de Cochabamba, desarrolló ”una campaña memorable, tan larga como heroica” (ibid.). Citando a Bartolomé Mitre comenta que ”por sus antecedentes, por su carácter típico y por la originalidad de sus hazañas, es uno de los hombres más extraordinarios de la revolución argentina”. “…se trataba a sí mismo con más dureza que a los demás: austero en sus costumbres, tenaz en sus propósitos y de una actividad infatigable, reunía las virtudes civiles del ciudadano, los talentos del administrador y una voluntad inflexible en el mando, una cabeza fértil en expedientes en medio de las circunstancias más difíciles de la guerra” (ibid.).
“En esa histórica campaña –prosigue Udaondo- Arenales, al frente de 300 hombres, en un ataque a 900 realistas al mando del coronel Blanco, en los campos de La Florida, el 25 de mayo de 1814, logró una espléndida victoria después de hacer gala de un denuedo romancesco. En esa memorable acción estuvo a punto de perder la vida, al combatir con estupendo valor contra un grupo de enemigos que le habían sorprendido y rodeado en momentos en que se consideraba terminada la lucha, y recibir catorce heridas”. 
El triunfo de La Florida fue decisivo para la libertad de Santa Cruz y pesó en la evacuación del Norte por el ejército de Pezuela. En su homenaje se le dio el nombre a la tradicional calle Florida, de Buenos Aires.
Posteriormente, por orden de San Martín, Arenales abrió una nueva campaña en el Alto Perú, donde sus triunfos le valieron la promoción al grado de General. Más tarde prestó nuevos servicios al Libertador en su campaña al Perú, y encontrándose al mando de una división derrotó al General O’Reilly en la célebre batalla del Cerro de Pasco, iniciando luego la segunda campaña de la Sierra –que fue menos afortunada, de acuerdo a José Teófilo Goyret (“Nueva Historia Argentina”, IV, p. 340), pese a que procedió “con su reconocida decisión y capacidad táctica”. En el Perú fue nombrado Gran Mariscal y en Chile Mariscal de Campo, regresando a Salta luego de 15 años de servicios.
Aquí fue elegido gobernador en 1822, tomando las armas nuevamente para enfrentar al Gral. Olañeta.
Tuvo la responsabilidad de organizar el contingente salteño para la Guerra con el Brasil, enviando 500 veteranos bien armados. 
Bernardo Frías elogia su valor, su rectitud, y destaca su talento sólido y despierto, inteligencia vivaz y poderosa y su constancia y actividad inquebrantables.   
Admirado, Udaondo le atribuye un parecido moral y físico con Aníbal incluso en la forma de su cabeza, grande y como cuadrada. Supo ganarse el respeto de sus enemigos, “que habían de llegar a confiar en su delicadeza y caballerosidad: lo más caro de su corazón”. 
Vestía siempre su uniforme militar. En campaña, era sumamente austero, pero no olvidaba de llevar consigo servilleta, y cubierto y jarro de plata. En viaje a Bolivia terminó sus días en brazos de sus hijos el 4 de diciembre de 1831 (Udaondo, cit.).

Brillo y capacidad de la sociedad salteña 
El Capitán inglés J. Andrews, en su interesante travesía, pasa por Salta en tiempos en que gobernaba el General Arenales.
Queda favorablemente impresionado por la categoría de la sociedad, por la gracia y elegancia de las damas.
“Las damas de Salta –escribe- gozan de fama proverbial en las provincias por su belleza y finos modales, a lo que podría agregarse un porte lleno de vivacidad y distinción, que aumenta sus atractivos. La sociedad se clasificaría entre las de alto rango.  “Los hombres no son menos sagaces, liberales y de inteligencia natural que los de cualquier otro pueblo sudamericano. Han adelantado tanto como pueden permitírselo sus condiciones naturales”.
¿Podremos decir lo mismo de la Argentina actual? ¿Ha adelantado tanto “como pueden permitírselo sus condiciones naturales”? Que la historia nos sirva de llamador y estímulo…
Aludiendo a versiones distorsionadas, no raras en autores “ilustrados” que hablaban del “remoto” mundo hispano-americano, dice:
“Nada habrá que desengañe tanto a quien se haya formado mezquinas ideas de esa gente, como [de] su estado social. De su capacidad superior adquirí irrefutables pruebas en las diversas conferencias y comunicaciones que tuve con ellos”. 

Al tratar de Juan Antonio Alvarez de Arenales comunica con calor sus impresiones:
“No debo terminar mis anotaciones sobre Salta sin ocuparme del gobernador, general Arenales, que distinguióse con brillo en la revolución, especialmente en las campañas de las provincias del Río de la Plata, Chile y Perú. Cítase principalmente entre sus hechos de armas la victoria que obtuvo en Pasco contra la columna realista enviada desde Lima, al mando del general O'Reilly; encontrábase allí con una pequeña división del ejército libertador, dejada por San Martín para distraer al enemigo. En conocimiento de que el general O'Reilly había salido de Lima con propósito de atacarle, resolvió valientemente anticipar el encuentro, y relativamente con un puñado de hombres arremetió contra las fuerzas realistas en Huamanga, valle de Xauja, destruyendo o tomando prisionero todo el ejército. Llámase comúnmente a esta batalla de Pasco, y pasa por una de las victorias más importantes en sus consecuencias entre las obtenidas durante la guerra. Después de la batalla de Pasco, Arenales se reunió con San Martín en Huara, al norte de Lima”. 
A esta altura hace una afirmación curiosa con respecto a la edad de Arenales, que planteamos como un enigma pendiente de aclaración:
“Frisa actualmente en los ochenta años y lleva las cicatrices de numerosas heridas que atestiguan su valor en batalla. Consérvase aún activo e infatigable en el desempeño de los importantes deberes de su cargo. Gobierna con firmeza y equidad que le hacen acreedor al respeto y estimación de todos” 
Finaliza con este breve y atrayente retrato del guerrero:
“Físicamente es alto y delgado, y hay en su aspecto vestigios de grandes luchas morales y penurias materiales sobrellevadas. En su mejilla izquierda se deja ver una profunda herida de sable, que aumenta el aspecto singularmente interesante de su grave rostro español”.
                                            *         *          *
Nos despedimos de Andrews y del estimado lector con sus amenas impresiones que completan el cuadro general que hemos intentado pintar, de un estilo de vida marcado por valores tradicionales:
“El viajero encuentra en Salta la misma bondadosa hospitalidad que en cualquiera de las otras ciudades que visité en Sud América. Puede decirse que es ésta una de las características de las gentes de allí, pues adonde uno vaya ha de encontrar siempre las puertas abiertas y exquisita cortesía en armonía con la buena educación y el deseo de ser agradable a los extranjeros”. 
No dudamos de que en este pasaje y los restantes se reflejan características del verdadero pueblo de América del Sur, que no han desaparecido enteramente a pesar de la masificación y el deterioro cultural, y que es tarea de quienes amamos la historia y la tradición mantener vivas para nuestro presente y futuro.

BIBLIOGRAFIA

ANDREWS, J. – “Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica”, Ed. Hyspamérica, Biblioteca Argentina de Historia y Política – Buenos Aires, 1988
BARRUEL, Abbé Augustin – “Mémoires pour servir à l’Histoire du Jacobinisme”, Ed. “Diffusión de la Pensée Française”, Nouvelle Édition 1973, 2 tomos
FRÍAS, Bernardo - “Historia del Gral. Güemes y de la Prov. de Salta”, t. II - Buenos Aires, 1971 -   
FRIAS, Bernardo – “Tradiciones Históricas” – El Coronel Moldes – VI Tradición – Ed. “La Facultad”, Buenos Aires, 1929
GAXOTTE, Pierre, de l’Académie Française – “La Révolution Française” – Arthème Fayard -  ca. 1971
GOYRET, Teófilo – “Las campañas libertadoras de San Martín”, en “Nueva Historia de la Nación Argentina”, Ed. Planeta, t. IV, pp. 315-46 – Buenos Aires, 2000
MESQUITA ERREA, Luis María – “El guerrero y el caballo en la gesta hispanoamericana”, Boletín del Inst. Güemesiano nº 36 – Salta
RANKE, Leopold von – „Geschichte der Welt“ – 12 tomos – 
„Preuβische Geschichte“ – Ed. DTV
UDAONDO, Enrique et al. – “Grandes hombres de nuestra Patria” – Ed. Pleamar, 3 tomos – v. Juan Antonio Alvarez de Arenales 






sábado, 25 de mayo de 2019

Siglos de Fe en Argentina y América preanuncian un futuro glorioso - El período fundacional




II Jornada de Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana
Cabildo histórico de Salta

SIGLOS DE FE EN ARGENTINA Y AMÉRICA PREANUNCIAN UN FUTURO GLORIOSO –
La formación de la civilización cristiana y mariana en nuestro suelo y su resistencia a la Revolución igualitaria (ca. 1530-1830)

Luis María Mesquita Errea[1]

8 de septiembre de 2006, fiesta del Nacimiento de Nuestra Señora “que regocijó a todo el universo

Objetivo:
brindar un panorama del desarrollo de la Civilización Cristiana en Argentina durante el período hispánico, y mostrar la crisis que sufrió en los períodos iluminista-absolutista y de ruptura de lazos con España.
Es de fundamental importancia para entender y valorar nuestra identidad comprender que lo que se encuentra en nuestros orígenes no es sólo la extensión de la civilización hispánica del siglo XVI a esta parte de América sino una realidad superior, que existió vigorosamente y aún existe, como lo enseña San Pío X:
·       (...) la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo" (Notre Charge Apostolique[2]).
Procuraremos mostrar con ejemplos su formación y el ataque planificado de que fue objeto a partir del siglo XVIII, apoyados en tres pilares: la Fe católica y las enseñanzas pontificias, los datos históricos y la sana crítica.

Abordando el tema
Con los matices y excepciones que comportan las divisiones temporales, consideramos a grandes rasgos cuatro períodos, teniendo en cuenta ciertas constantes:
I. Fundacional –al que llamamos “Siglo de Oro”-, circa 1530-1630;
II. De consolidación –que llamaremos “Siglo de Plata”-, ca. 1630-1750;
III. Del resquebrajamiento provocado del Imperio Español (ca. 1750-1810);
IV. De ruptura de vínculos con España y acción de gobiernos influenciados por las ideas de la Revolución Francesa, que deben reconocer la catolicidad del pueblo argentino (ca. 1810-1830)

I. PERÍODO FUNDACIONAL – “SIGLO DE ORO” (ca. 1530-1630)


Está marcado por fundaciones perdurables  y procesos creadores que justifican llamarlo nuestro “Siglo de Oro”.

Evangelización
Se inicia el más valioso y decisivo de estos procesos: la evangelización, meta primordial perseguida por los Reyes de la Casa de Austria en América, herederos del afán misionero de Isabel la Católica, expresado en  su célebre codicilo:
"Cuando nos fueron concedidos por la Santa Sede Apostólica las islas y tierra firme del mar océano, nuestra principal intención fue de procurar inducir y traer los pueblos de ellas y los convertir a nuestra Santa Fe Católica (...)”.
Esta “principal intención” es reiterada constantemente y da lugar a una de las mayores obras de apostolado de la Historia.

Ciudades
Comienza la etapa de fundación de ciudades, uno de los bienes más preciados que, con la Fe, la lengua y la unidad política y cultural, aporta España. Es un proceso coherente, como se ve en el Tucumán. En la precariedad inicial, dentro de las limitaciones materiales y con visión de futuro, nacen con aspiraciones de cristiana grandeza. Concretan un excelente ordenamiento jurídico y se inspiran en una sublime concepción de la vida, un estilo, una cultura, que es parte viva de la Cristiandad; se dan en el marco del estado misional español, como lo define Cayetano Bruno, S.D.B.
Las ciudades son el alma de los nuevos reinos de ultramar, miembros geográficamente lejanos nutridos de la savia de un Imperio que asume la misión de extender la Fe y defender el mundo cristiano contra los musulmanes y herejes y promover la Contra-Reforma.

Una aspiración parcialmente realizada, a la espera de su plena concreción
Esto no se da de manera perfecta e íntegra, pues ya están presentes los fermentos de la crisis cultural del Renacimiento y de la pseudo-Reforma protestante.  Ambos movimientos son parte de esa misma Revolución plurisecular que denuncia San Pío X, que en la Edad Moderna va generando un tipo humano nuevo: el hombre ávido de ganancias, pragmático, sensual, quisquilloso y autosuficiente[3].
Estos defectos provocarán enemistades y crisis, e incidirán en guerras entre españoles, como las del Perú, y con los aborígenes, como la de Castañeda y Juan Calchaquí, que produce daños irreparables. El desarreglo tendencial explica la dualidad de proceder de muchos hombres de la Conquista, no siempre coherentes con su acendrada Fe católica, y aún en flagrante contradicción con ella.
Un sueño quedará realizado en parte,  y en parte permanecerá latente, a la espera de su entera concreción: el de constituir una Cristiandad de plenitud similar, o aún mayor, a la que se forjó en la Edad Media,  realidad histórica que León XIII describe así:
"Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En esa época la influencia de la sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, todas las categorías y todas las relaciones de la sociedad civil. Entonces la religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en el grado de dignidad que le es debido, era floreciente en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados. Entonces el Sacerdocio y el Imperio estaban ligados entre sí por una feliz concordia y por la permuta amistosa de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria subsiste y subsistirá, consignada como está en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u obscurecer" (Encíclica Immortale Dei).

Una visión equilibrada y veraz

Aunque menos plena, nuestra Cristiandad, fue auténtica; y confiamos en que algún día desarrollará todas sus potencialidades (cf. L. Mesquita Errea, Puntos clave para una restauración de la Argentina auténtica).
Al describir con admiración sus venerables trazos no olvidamos los factores negativos señalados, evitando caer en una idílica “leyenda rosa”; pero lo negativo no invalida las luminosas realidades históricas que no obstante se dieron. Dignos de mención especial son los portentosos hechos milagrosos, desde Guadalupe en adelante, cuya vigencia se mantiene intacta luego de siglos, que los positivistas y marxistas fingen ignorar, mutilando la Historia.

El águila bicéfala – Austria est imperari orbi universi (A.E.I.O.U.)

Los cimientos de la Argentina no se edifican en el siglo XIX, como quisiera la historia oficial. Las naciones hispanoamericanas nacen de España, verdad tan obvia que no sería necesario recordar si no hubiese una gigantesca muralla de olvido y mala fe.
No sólo nace la Argentina de España: en el siglo XVI –dicen autores como el tradicional Vicente Sierra y el liberal José L. Romero- se forja la matriz psicológica, la propia alma del argentino.
Ese momento capital del alumbramiento se da en nuestro caso bajo la influencia personal de Felipe II, bisnieto de la Reina Isabel e hijo del célebre Emperador Carlos V, Sacra Majestad Cesárea en cuyos dominios no se ponía el sol.
El Imperio en que nacimos con todos los fueros es el mayor que vio la historia. Su Rey es un monarca militantemente católico, compenetrado de la misión de la España de Don Pelayo y San Fernando, de la que participan sus reinos de ultramar, a los que gobierna con solicitud. En su persona reúne ricas tradiciones de las que es síntesis viva, de la Alemania imperial, Flandes, Portugal y Castilla.
La Casa de Austria, a la que pertenece, se ha ido destilando orgánicamente en el Sacro Imperio que forjó Carlomagno como institución clave de la comunidad de naciones cristiana.  El águila bicéfala, su símbolo heráldico, se incorpora a las armas de España y extiende sus alas en nobles pórticos de la América Española.
La sigla A.E.I.O.U. expresa un llamado dinástico, que el Emperador Federico III interpretaba así: “A Austria le corresponde gobernar sobre todo el mundo”; y: “Austria será en el mundo la última” (la que llegará hasta el fin del mundo).
Don Felipe, en esos tiempos de racionalismo, mantiene rasgos de rey de leyenda. El auge de su lucha contra los enemigos del Cristianismo es la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571.  Intervienen en este magno acontecimiento grandes varones. El Papa San Pío V forja la Santa Alianza con España y Venecia. Unidas a la flotilla papal constituyen una magnífica armada que comanda el medio hermano de Felipe, don Juan de Austria, a quien el Papa aplicaba palabras del Evangelio, considerándolo un enviado de Dios: hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan….
Esta santa alianza se funda principalmente sobre el poderío español, lo que no es poca gloria, e inflige una inolvidable derrota al poder musulmán, con el auxilio manifiesto de la Virgen.  El Papa –a quien la Madre de Dios comunica sobrenaturalmente el resultado- instituye la festividad de Nuestra Señora del Rosario de la Victoria para conmemorar eternamente el histórico triunfo.
Legítimo rey de Portugal, adquiere Felipe el Brasil y  soñados reinos de “mil y una noches” en Africa, Arabia y la India. Las circunstancias lo ponían en situación del mayor poderío y gloria como Señor de un Imperio fabuloso nunca visto en el mundo (cf. José Luis Busaniche, Historia Argentina, cap. VII).
El sueño de la Casa de Austria se hace realidad. Incluye en lugar de honra al Nuevo Mundo, que Pío XII llamará “continente de la esperanza”. Esperanza de ser el bastión de una comunidad iberoamericana de naciones renovada que glorifique a María Reina y realice la civilización cristiana y mariana.

Nacen la primera ciudad  y la nación argentina

En este marco de grandeza católica universal, nace la primera ciudad argentina en nombre del Rey Carlos I de España, Sacro Emperador de Alemania. El acta de fundación de Barco es más que esto: es el acta de nacimiento de la Argentina como nación, como sostienen sabiamente Alejandro Moyano Aliaga y otros historiadores cordobeses (citado por Prudencio Bustos Argañaraz en Manual de Historia Argentina).
Los fundadores de ciudades las erigen plenamente conscientes de las virtualidades de lo que fundan. Veían más allá que ciertos historiadores, que no ven más que ranchos de adobe y gallinas, sin comprender que es la civilización que da el tono en el mundo que llega, la del Prado y el Escorial, la de Santiago de Compostela y la Catedral de Sevilla, la de Lope y San Juan de la Cruz, la de Las Meninas y el Entierro del Conde de Orgaz, la de San Ignacio y Santa Teresa.
En tiempos de Aguirre llaman al Tucumán Reino y Provincia del Nuevo Maestrazgo de Santiago y Nueva Tierra de Promisión. Pues no son burócratas de Harvard sino soñadores-realizadores de espíritu hidalgo. Desde el Norte estiran el brazo hacia la Patagonia y conectan el Perú con España por el Río de la Plata. Lo intentó en la Gran Entrada Francisco de Mendoza, lo reintenta Aguirre y lo concretan definitivamente Cabrera y Garay.

Fe y Resistencia

El Barco se consolida con Francisco de Aguirre, quien la rebautiza Santiago del Estero. Los tres traslados anteriores costaron a sus habitantes inmensas pérdidas y desaliento. Pero no se entregaron, continúan afrontando penurias y venciendo dificultades que Teresa Piossek describe con maestría.
Su característica es el espíritu de resistencia y Fe. Su mayor sufrimiento no es exponer la vida sino el no tener sacerdotes.  Como están privados de sacramentos, no son tradicionales rezadoras sino los vecinos principales quienes rezan y organizan rogativas y procesiones. Los curtidos en cien combates. Los que empuñan el arado con los indios. Los que reproducen el milagro de la viña o del olivo entre quebrachales y algarrobales. En las riberas del Dulce resuenan cánticos religiosos de Talavera de la Reina o Medellín... 
La tentación de volver al Perú y abandonar una tierra sin oro ni plata, donde hay enemigos con flechas que hacen morir cruelmente, es rechazada para que no se pierdan las almas de los naturales en vías de conversión. Son las palabras que conserva la historia del veterano Cap. Miguel de Ardiles al Teniente Juan Gregorio Bazán: su voto es decisivo.
El mismo espíritu sopla en el Plata. En 1536,  el Adelantado Pedro de Mendoza ha establecido un asiento precario en el Río de Solís que pasa por indecibles probaciones.  Santa María de los Buenos Aires, pese a lo breve de su existencia, levanta cuatro capillas.

Se configura el orden cristiano

La Cristiandad hispánica argentina da pasos ciertos:
Nace su primera gobernación, el Tucumán, desde la cuna vinculada al Perú, centro de  nobles virreyes, graves estadistas, sabios prelados y aún de santos.  Felipe II, su creador, la enriquece con tres regalos dignos de un Rey: el escudo de armas de Santiago, la milagrosa Sábana Santa y la presencia de San Francisco Solano.
A pedido del monarca, Pío V, Papa y santo, instituye el Obispado de la Sta. Cruz del Tucumán, primera diócesis  argentina.

Grandes de nuestra Historia

El Papa y el Rey Católico son, para los primeros pobladores,  las dos Majestades: servirlas es el ideal supremo de vida. La clase noble tiene sentido trascendente de la existencia; lo reconoce un autor como José Luis Romero, que no simpatiza con nobles ni trascendencias.
Los conquistadores dan principio a linajes y tradiciones. Aguirre, Juan Gregorio Bazán, Mexía y Mirabal, Juan Pérez de Zurita, Jerónimo Luis de Cabrera, Juan Ramírez de Velasco, son grandes señores y esforzados capitanes que dejan su impronta.
Entre los de heroísmo excepcional se cuenta Francisco de Argañaraz y Murguía. Sus antepasados, Señores de Mayorazgo, se destacan en la famosa batalla de Mühlberg, donde el Emperador, con el “gallardo y noble talle” que pintó Tiziano, bate a los electores protestantes. Les toca la gran responsabilidad de custodiar al general vencido, príncipe Mauricio de Sajonia. En la toma del fuerte de la Florida, el padre de nuestro Argañaraz derrota a punta de espada la guardia de franceses calvinistas y abre las puertas al ejército español.
Su hijo es el que, desafiando desalentadores presagios que templan más su acero, funda Jujuy, cerrando el prolífico ciclo fundacional. El coraje proverbial de su estirpe lo lleva a la increíble captura del cacique Viltipoco, sacado de sus sueños por el audaz capitán, que se filtra en plena noche en un cerro desconocido, erizado de guerreros enemigos. No le hace daño al prisionero, y el buen trato que le da, sumado a su afán apostólico, obra la conversión del jefe y gana el valle. 
Lo dice Sierra: “en las duras jornadas, son misioneros los conquistadores y conquistan tierras los misioneros”.

Un gobernador exponencial

La gran empresa de organizar el Tucumán con sus 700.000 km2 de cerros y selvas es fruto del pensamiento de una pléyade de estadistas de la talla de Toledo y Matienzo. Desde Lima y Charcas trazan las líneas maestras que ejecutan sobre el terreno hombres como Ramírez de Velasco, dice Roberto Levillier.
Felipe II lo eligió a él para gobernar el Tucumán. Pertenecía al linaje, de origen real, de “los verdaderos Ramírez”, aglutinados a la manera feudal en la Divisa Solar de Nuestra Señora de la Piscina Probática. Antes de radicarse aquí con su familia, lleva a su primogénito a rendir pleito-homenaje al Señor Divisero.  Embarca también a nobles para que echen raíces y eleven el ambiente, cumpliendo su misión de promover excelencia. Uno de ellos es Francisco de Argañaraz, que en su honor llama a la ciudad San Salvador de Velasco en el valle de Jujuy.
Su gobierno, como es usual,  tiene  como presupuesto y meta el bien común y genera progreso moral y material. También es fundador:  Madrid de las Juntas y Todos-Santos de la Nueva Rioja.
Es para los vecinos  un padre, y su mujer –de noble casa- muy grande onrradora.
Se verifica lo de Salvador de Madariaga: lo que España hizo en América fue ennoblecer.

Encuentro con el indígena

Las ciudades adoptan nombres que no sólo son poéticos, son proclamas de Fe.
Ellas atraen al indio,  que allí se encuentra con el español, y en las misiones, encomiendas y reducciones. Pues otra idea vigente es que “en poblar y en encomendar es el mayor servicio que…se pueda hacer en esta tierra a Dios.
Para conocer las encomiendas, tan calumniadas hoy, podemos recurrir a los expedientes de las Visitas, donde quedaron asentados los dichos de los indios. Hay denuncias contra encomenderos pero son poco numerosas; en cambio hay testimonios abundantes de indígenas que reconocen el buen trato que reciben de aquellos. Hay expresiones de afecto de los señores por sus encomendados, y existe la interesante práctica de pedir la conformidad de la comunidad indígena para la designación de un nuevo encomendero (cf. Alicia Sosa de Alippi, Registro de Encomiendas en territorio argentino – Siglo XVII, p. 28).
Su principal razón de ser es convertir a los naturales y consolidar las poblaciones brindando un incentivo a los beneméritos que las gobiernan y defienden sin sueldo alguno. 
¿Cómo logra Ramírez de Velasco la vital conversión de don Juan Calchaquí hijo? Invitándolo a visitar las ciudades y las encomiendas.
Lo que más toca su alma son las ceremonias religiosas. El aborigen se maravilla por los misterios de la Fe pues “la forma del alma es la inmensidad” (cf. San Bernardo ap. L’Esthétique du Moyen-Âge).
Van naciendo cofradías de aborígenes con sus cantos y tradiciones, trajes típicos y arcos de flores, que influyen en el ambiente y costumbres de las ciudades fundadas por los blancos. Podemos verlas también hoy en día en los  a y l l i s  del Niño Alcalde y en los Chinos de la Virgen de Andacollo en La Rioja.  Las multitudes de peregrinos que acuden a los santuarios van germinando en esas primeras conversiones del alma indígena y mestiza.

 

Con la propia sangre

No todo son rosas aquí…ni en ninguna parte ni época. Diversos factores –barbarie, paganismo, deseo de expulsar a los venidos de otra parte, malos tratos e injusticias, odios raciales y religiosos- hacen brotar de las entrañas de la tierra furiosas oleadas de indios de guerra.
Lo fundado ha costado sangre, sudor y lágrimas. Es parte de una realidad sagrada que Jesús vino a traer a todos los hombres y compró con su Sangre preciosísima. La autoridad del Rey, conferida por la Sede Apostólica, no debe ser humillada por los paganos. 
Los Vecinos Feudatarios salen al frente de sus mesnadas integrando pequeños y aguerridos ejércitos de connotaciones feudales comandados por el Gobernador, su Teniente o algún vecino Maestre de Campo. Es obligación del feudatario atender las convocatorias sin demora y en forma personal, secundados por sus hijos y paniaguados. No es menuda carga ni tiene cantidad de días por año. Cuando haga falta, con buen o mal tiempo, oportuna o inoportunamente. No sabe si volverá,  pero va porque “Dios lo quiere”…
Son realidades trascendentes que, a diferencia de tiempos que vendrán, tienen plena vigencia en este mundo aún emparentado a la Edad Media y a Isabel, ajeno a la mentalidad de colonia defendida por mercenarios. Antes morir que abandonar la tierra donde fue plantada la Cruz, donde nacen cristianos de sangre criolla, mestiza, aborigen  y negra. Donde ya se cosechan frescas uvas, se toma vino torrontés y se multiplican las reses. Donde arde frente al sagrario el aceite de las olivas del Arauco, honrando la presencia real del “Pan de los Angeles”, que antes de la transubstanciación fuera harina del trigo de las haciendas.

Criollos de pro

Son éstas en realidad verdaderos feudos aunque la Corona, influenciada por los legistas, niegue a los feudatarios la concesión de jurisdicción política, para que no sean señores feudales en toda la extensión del término (cf. Nobleza y élites tradicionales análogas – Revolución y Contra-Revolución en las tres Américas).
En los siglos XVI y XVII se destacan prohombres hijos de la tierra provenientes, casi todos, de nobles linajes: fray Hernando de Trejo y Sanabria, Obispo del Tucumán, y su medio hermano Hernandarias, primer Gobernador criollo del Río de la Plata; el General  y Gobernador Jerónimo Luis de Cabrera II, nieto de dos fundadores de ciudades; el Gobernador interino Francisco Vera Mujica; el Teniente de Gobernador Miguel Salas y Valdez, que traslada Ibatín; el cronista Ruy Díaz de Guzmán; los Avila Barrionuevo, los Gregorio Bazán, los Tejeda, los Toledo Pimentel, los Luna y Cárdenas; el fundador de Nuestra Señora de Belén, Maestro (sacerdote) Bartolomé de Olmos y Aguilera; el hidalgo jesuita mártir, San Roque González de Santa Cruz; el noble vecino encomendero y misionero, Pe. Pedro Ortiz de Zárate, mártir de Santa María de Jujuy.
La grandeza en todos los órdenes estaba al alcance de los nacidos en suelo americano. Y ellos estuvieron a la altura de las circunstancias…

Cabildantes

La nueva ciudad no es sostenida ni gobernada por el Estado. En cada fundación se designan los vecinos que la gobernarán por un año a través del cabildo, presidido por el Gobernador o su Teniente. De manera espontánea y natural, la dignidad de cabildante tiende a hacerse hereditaria: se forma una aristocracia de profundo arraigo, íntimamente vinculada a los intereses de la población y al bien común, que juega un papel protagónico en toda nuestra historia.

 

Santiago Apóstol protege el linaje de Juan Gregorio Bazán

Estos focos urbanos de Cristiandad y sus pobladores pasan por muchas vicisitudes y son frecuentemente asolados por los indios de guerra.
En el Tucumán, como en toda América, se suceden apariciones del Patrono San Santiago, “luz y espejo de las Españas”, que ampara a los cristianos en los momentos críticos.
Una de los episodios más dolorosos de la época es la tragedia del Benemérito de Indias Juan Gregorio Bazán. Acaba de traer a su mujer, recién llegada de España, luego de añares de separación, ya que por fin está en condiciones de recibirla con nobleza y dignidad, para vivir juntos para siempre. Pero en la guazabara del río Siancas se frustran cruelmente los sueños familiares. A su perentoria indicación, los miembros de su familia huyen despavoridos antes de consumarse la desgracia. La sangre del heroico Bazán y la de su yerno, Diego Gómez de Pedraza, riegan el suelo salteño.
Perdidos en lo desconocido del Nuevo Mundo, la viuda del conquistador,  su hija María, también viuda, y los pequeños huérfanos van siguiendo en penosa travesía a un misterioso jinete, al que nunca logran alcanzar. Los indios los persiguen, pero un obstáculo desconocido les impide abalanzarse sobre ellos. ¿Quién los guía y ampara al mismo tiempo?
El joven esclavo Francisco Congo declara que no es otro que San Santiago el que los hace llegar a Esteco milagrosamente.
En Antinaco, sobre el Cerro Velasco, se venera una original imagen del Apóstol caballero. Lo representa en natural simbiosis de guerrero hidalgo y de gaucho, atropellando a los moros al galope empuñando su espada de plata.   Es tradición que los devotos corran detrás del santo en las fiestas patronales, evocando, al parecer, el milagro que preservó el linaje de los Bazán, que hizo historia en La Rioja virreinal.

Los relámpagos de San Simón y San Judas en San Miguel de Tucumán – Proeza de Gaspar de Medina
Otro memorable hecho milagroso salvó a San Miguel de Tucumán. Se debió a la intercesión de San Simón y San Judas.
El 28 de octubre de 1578, día de la fiesta de dichos Apóstoles, se produce una brutal acometida de los aborígenes, liderados por el cacique Gualán, indio de talla descomunal, quien en horas de la noche “mató parte de los habitantes, pegó fuego a las casas, que todas hubieran quedado reducidas a cenizas a no haberse aparecido…los Apóstoles San Simón y San Judas, cuya fiesta se celebraba aquel día, en un torbellino de relámpagos que espantó a los bárbaros y los obligó a huir precipitadamente”.
A la acción de los Santos se sumó el coraje del Teniente de Gobernador Gaspar de Medina. La ciudad estaba sin sus vecinos, que habían salido en expedición con Abreu. Prácticamente solo, se abre paso entre la indiada enardecida y mata a Gualán.
Los apóstoles fueron reconocidos solemnemente por patronos de la ciudad. El cronista, P. Francisco Charlevoix, agrega que ‘más tarde, trataron varias veces los Calchaquíes de arruinarla, pero siempre inútilmente; y la piedad de los habitantes les ha hecho atribuir perpetuamente su conservación a la asistencia de sus santos protectores’ (cf. Celia Terán, Arte y Patrimonio en Tucumán: Siglos XVI y XVII, cit. por L.Mesquita Errea in Devisadero de luces doradas en aquel reino del Tucumán.

San Blas enceguece a los indios desde la Torre de Gaboto
El relato de este milagroso hecho histórico se lo debemos a Ruy Díaz de Guzmán en La Argentina manuscrita, primera crónica general de la historia argentina. La guarnición de la casa fuerte de Corpus Christi, en el Paraná, a punto de ser exterminada por los guaraníes, es salvada inesperadamente por San Blas quien, espada en mano, los enceguece y pone en fuga, desde la punta de la “torre de Gaboto”.

La cruz de Urunday – Un rayo mata al cacique atacante
De similares características es el milagro de la maravillosa cruz de Urunday: “Nuestra ciudad, y este es un motivo de orgullo –dice un genealogista correntino-, es la única fundada en la Argentina por un Adelantado, don Juan Torres de Vera y Aragón, habiendo sido puesta su iglesia matriz bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, el 3 de abril del citado año 1588.
Luego, el día 9, el fuerte fundacional es atacado por los indios guaraníes, que intentan quemar la cruz que se encontraba fuera de la fortificación. Se produce entonces el milagro, el leño no se quema y un rayo mata al cacique Canindeyú. Ante ello, los indios se retiran y aceptan el dominio español y la fe que estos traen.
“Desde entonces Corrientes venera al santo madero de urunday, que es conocido como la Cruz de los Milagros y se conserva hasta hoy en el templo homónimo en nuestra ciudad” (Dr. Francisco José Scaramellini Guerrero, 5 de agosto de 2006, comunicación al Foro Isabel de Hispanoamérica).

Santos contrarreformadores

Nuestra ciudad católica fue forjada por grandes hombres y aun por santos contrarreformadores de la talla de Santo Toribio de Mogrobejo, Arzobispo de Lima. De la Arquidiócesis de Los Reyes era sufragánea la diócesis tucumanense, campo de acción privilegiado de San Francisco Solano.
Se dan numerosos hechos dignos de la Légende Dorée, como aquel Padre Jarandilla que pasaba en su mula por encima de los ríos crecidos, para admiración de los indios a quienes consagró su vida, como nos cuentan los amenos y acreditados relatos de fray Reginaldo de Lizárraga; San Blas que aparece y protege a los defensores de Corpus Christi; San Francisco Solano que devuelve la vida a los muertos y toca inolvidables melodías en honor de la Virgen. Llena el espíritu el sonido de ese misterioso  violín milagrero por nuestros valles y campos despertando resonancias y consonancias profundas en el alma aborigen.

San Francisco Solano y un Pentecostés en La Rioja - El Niño Alcalde
La Rioja, habitada por pocos centenares de españoles e indios, con sólo dos años de vida es amenazada por la avasalladora fuerza de 9.000 diaguitas de guerra. Le han cortado el agua que va por la acequia, intentando doblegarla por la sed antes de exterminarla. El Teniente y los vecinos se disponen a vender cara su vida, en ese Jueves Santo del año 1593.
Se encuentra en la aldea San Francisco Solano, quien se adelanta al entrevero y les habla en una lengua que –prodigiosamente- aborígenes y españoles entienden. Su palabra es como un dardo transformador;  los indios desisten de su propósito y se convierten.
Siguen luego días de catequesis y contacto con el santo. Los guerreros se bautizan y se hacen amigos de los cristianos y vasallos de Su Majestad -que fue, recordemos,  quien envió a este hombre de Dios.
Este Pentecostés riojano muestra las virtualidades de la obra misionera y las gracias especiales que Dios concedió a nuestros antepasados. San Francisco presenta a los diaguitas como su Señor al Niño Dios vestido de alcalde, de terciopelo oscuro, gorro de piel, hebillas y botones de plata, empuñando la vara del mismo metal, como lo vemos en el Convento de La Rioja.
El oficio de alcalde era exclusivo de los vecinos feudatarios o encomenderos, dignidad que se vio enaltecida de tal modo por la mayor figura misional de América.
Tocó San Francisco varias claves: la unión del orden espiritual y temporal, de lo español y lo indígena, la idea del alcalde como protector providencial. Engrandeció al mismo tiempo un tipo humano que sería denigrado sistemáticamente por los enemigos de nuestro pasado.
Fue un milagro fundacional. Toda La Rioja revive en él su Tradición desde hace 400 años.

 

Taumaturgo y profeta

San Francisco Solano… La magia de su música y el atractivo de los imponderables que transmitía, cautivaron al salvaje, sacudiendo el alma turbia..., como dice la zamba.
Dios le dio el poder de obrar milagros reiterados y evidentes que el proceso de canonización registra cuidadosamente. Resucita un indiecito; descubre tramas ocultas; ve cosas que pasan en otros lugares; anuncia la suerte que espera a las ciudades: “Salta saltará, Tucumán florecerá y Esteco desaparecerá”: todo se cumplió religiosamente.
En el Perú anuncia que, por sus pecados: “perderse tiene Trujillo...”. Algunos franciscanos minimizan estas palabras ante los  pecadores que, con un saludable sobresalto que podría haber obrado su conversión y evitado el castigo, los consultan. Finalmente, el terremoto viene y ellos desaparecen en él! La Justicia divina no hablaba en vano por boca del Apóstol de América...
Hace brotar agua salvadora en poblados atenazados por la sed: Río Hondo, Trancas Viejo, Metán, La Rioja... Domina lenguas indígenas que aprende con rapidez inusitada. Gana a los naturales hablando mejor que ellos su propio idioma, como en Socotonio, La Magdalena, La Rioja…
Es un artífice de nuestros cimientos nacionales.

Encanto hispano-indígena

Así se va formando la Argentina hispano-indígena… Florece la originalidad y fuerza del arte colonial mestizo en la gracia de los Angeles Arcabuceros, en las macizas torres de las capillas quebradeñas, en los nombres de lugares, llenos de poesía, donde se entremezclan las voces castellanas con las de los juríes, diaguitas y comechingones.

La Argentina: Tierra de plata

Las historias de la Sierra de la Plata y del Rey Blanco hacen soñar a los conquistadores e ir en pos de ellas. De aspiraciones envueltas en la niebla dorada de la fábula va asomando el nombre de la Argentina. El afán de “haber riquezas” se entremezcla con el atractivo de la excelencia de los metales. El río de Solís se transforma en la promisoria vía del Río de la Plata.
El nombre de la patria nace de ese sueño,  preanunciado en la Argentina y Conquista del Río de la Plata, de Barco Centenera. El encanto del timbre bautiza a La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán.  
La aristocrática marca distingue a un país de armónicos contrastes, contorneado por una muralla nevada que roza los cielos, y un río que desemboca majestuoso en el océano; una quebrada de coloridas cumbres, sombreada por nubes que parecen ciudades, y una tierra de fuego erizada de antárticos hielos magallánicos.

 

La sociedad ennoblecida - El gobierno del Marqués

En el mundo hispanoamericano florece la sociedad orgánica y familiar (ver nuestra ponencia sobre La Civilización Cristiana, Mariana y orgánica de la Argentina auténtica).
En Lima el Marqués de Cañete, Virrey del Perú, pasea a caballo sin guardias ni escribientes, y se detiene a conversar con la gente. Regala un género, que la Marquesa le ha traído de España, a un armero, porque lo ve trabajando en traje de gala, para que se haga uno de trabajo. Y además lo trata de pariente, por apellidarse Mendoza, como él.
El Virrey representa al Rey, que es padre de sus vasallos, como lo documentan las Reales Cédulas de Felipe II en el Archivo de Charcas, que mandan a determinados fulanos olvidadizos volver a España “a hacer vida con su mujer”.
Desde su palacio, el Marqués de Cañete ve el duelo de dos nobles espadachines y su coraje lo admira. No permite que los encarcelen y se aboca el caso como Justicia Mayor del Virreinato. Los “arresta” en una posada donde son bien atendidos hasta curar de sus heridas. Les envía barras de plata en premio de su gallardía. Finalmente,  los reúne y los reprende suavemente, volviéndolos amigos.
Como Isabel la Católica con las niñas nobles pobres, educan en palacio –él y su mujer- a los hijos de conquistadores. A veces los manda con las mejores comidas de su cocina a agasajar a sus madres. Considera –contra el absolutismo que ya se insinúa- que los vasallos son los brazos del reino cuya cabeza es el Rey, y que, como tales, deben ser fuertes (exactamente lo contrario de lo que se proponen los gobernantes de hoy…).

La que aplasta la serpiente y eleva la civilización
Estos aspectos caracterizan una civilización cristiana.
Existen lados negativos y pecados, que, todos sabemos, se encuentran en cualquier sociedad. Si se la compara con la de los aztecas,  incas o bárbaros chiriguanos, ¡qué diferencia! Del día a la noche, a pesar de los indigenistas.
Una esencial es que en las sociedades paganas son raros o inexistentes los perceptibles impulsos al bien, cuando no se los persigue implacablemente con costumbres aberrantes (ver nuestra ponencia La Antropología indigenista: Revolución cultural que amenaza a la Iberoamérica cristiana).
En nuestro “Siglo de Oro”, pese a excepciones como Lerma y otros malvados, que por supuesto no faltan, la virtud y el bien son enseñados y promovidos, y constituyen el fundamento de la sociedad.
El bien más preciado de la historia fundacional americana es la presencia mariana. El 12 de diciembre de 1531, Nuestra Señora se manifiesta como la bíblica zarza ardiente, Purísima e Inmaculada, en  Guadalupe, que en lengua náhua significa “la que aplasta la cabeza de la serpiente”. Tal vez señalaba la misión de América de, por una unión especial con María, aplastar la serpiente de la Revolución anticristiana. Lo cierto es que la aparición inaugura la gran época marial de Iberoamérica.
En Itatí concede a la Argentina naciente gracias de caudal paranaense, mereciendo el bello título de  Reina de la Civilización en la Cuenca del Plata.
A Córdoba, que recurre a Ella por medio del Cabildo,  le arregla su economía a principios del siglo XVII. Será la base del esplendor cordobés que podemos admirar en la manzana jesuítica, en las haciendas y capillas que blanquean las alegres serranías de Punilla y Chancaní.
En América revisten sin igual importancia las revelaciones de El Buen Suceso a Sor Mariana de Jesús Torres y Berriochoa, en el Monasterio de la Limpia Concepción de Quito, que comienzan a fines del siglo XVI. Prevén sucesos de los siglos venideros hasta la derrota del proceso que oprime la patria y la Iglesia, en las proximidades del siglo XX; y señalan el llamado primacial de América a ser el lugar privilegiado del renacer de la Fe, las instituciones y las costumbres católicas (cf. Elena Beatriz Brizuela y Doria de Mesquita,  Profecias  de  El  Buen  Suceso:  en  1634,  para  nuestros  dias).
Un siglo después de Guadalupe, llega desde Brasil la Imagen de la Purísima Concepción, rumbo a una hacienda santiagueña (donde sólo llegará su compañera, la Virgen de la Consolación de Sumampa, Patrona de los transportistas).
Una fuerza misteriosa frena a bueyes y carretas a la vera del Río Luján, donde se queda. Comienza su gesta sobrenatural de traslados, gracias y visitas. Vuelve con sus hábitos bordados de cadillo, provocando las amorosas reprimendas del Negro Manuel, ufano de ser su esclavo. La primera fundadora de la Villa de Luján envía densas nubes que envuelven a los malones impidiéndoles devastar el pueblo y las haciendas comarcanas. Desde su trono en las pampas es Patrona de la Argentina.

Maravilla y prosaismo

Lanzamos ahora una mirada retrospectiva.
Cuántas cosas han pasado en el siglo que va desde Guadalupe y las exploraciones en el Plata a Luján... En contraste con lo duro y prosaico propio de esta vida y de la agreste América, nace la Argentina en una atmósfera en que lo milagroso y lo maravilloso están presentes, dulcificando la existencia, encendiendo luces de progreso y elevación y abriendo panoramas de grandeza y esperanza.

Balance monumental
Año 1623. El cronista González Dávila hace un “balance del primer siglo” de la obra de España en América.
El estado misional español, con el esfuerzo de colonizadores e indígenas fieles, han levantado 70 mil iglesias, 500 conventos, numerosas doctrinas para la enseñanza y buen gobierno de las Indias, patriarcados, arzobispados, obispados, gobiernos y presidios (fuertes) para la defensa; se han fundado más de 200 ciudades y muchas villas, “colonias de nuestra España, que tienen el mismo traje, lengua, costumbres y leyes..., Reynos opulentos” (ap. V. Sierra, El sentido misional de la conquista de América).
Herederos de este pasado, y del futuro que es legítimo esperar de tales antecedentes, cerramos este capítulo dando gracias a Dios y a la Virgen Reina de nuestra Civilización iberoamericana.




[1] Profesor de Historia, Presidente del Centro de Estudios Históricos, Genealógicos y Heráldicos del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta
[2] Ver bibliografía al final
[3] Humanismo, Renacimiento y Protestantismo constituyeron la I Revolución, a la que siguió la Revolución Francesa (II), proceso que continúa en  la Revolución comunista (III); actualmente nos encontramos en la etapa de la IV Revolución, anárquica y libertaria, camino a fases cada vez más radicalizadas en el intento de concretar la utopía revolucionaria de libertad completa e igualdad absoluta, como denuncia y demuestra  el Prof.  Plinio Corrêa de Oliveira en su magistral obra cumbre,  conocida mundialmente,  “Revolución y Contra-Revolución”, Ed. Tradición – Familia – Propiedad,  Bs. As., 1992).