Sala de una universidad medieval en Alemania
La civilización cristiana fue fecunda en proveer bienestar espiritual y material
para la continua elevación de la sociedad - En esta universidad enseñaban grandes
doctores y estudiaban jóvenes nobles y plebeyos
Hacer click sobre las imágenes para agrandarlas
Invitación a la IX Jornada de Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana y la Familia - Salta, 30 y 31 de agosto de 2013 - Para quienes deseen soluciones profundas y genuinas para la crisis contemporánea, decorrente del abandono de las vías bienhechoras de la Cristiandad
Constará de charlas, conferencias, presentaciones de libro y debates, para jóvenes y adultos
Un faro y una promesa en los días actuales, con absoluta certeza en el triunfo del Inmaculado Corazón de María prometido por la Ssma. Virgen en Fátima a los tres pastorcitos, y la restauración de la Cristiandad enseñada por el magisterio pontificio tradicional, muy especialmente del recordado Papa San Pío X
viernes, 19 de abril de 2013
sábado, 6 de abril de 2013
Soñando la civilización del Mar Egeo
Soñando la civilización del Mar Egeo
L
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a plomiza cultura uniformizada de la tv, el jean y el celular,
de los gobernantes mal hablados y de los deportistas “gurús”, quiere achatar las
mentes, romper los criterios estéticos y borrar las personalidades. Podemos resistir
a ese proceso y al mismo tiempo entretener y elevar el espíritu por contraste
valorando el arte y la sabiduría de los pueblos en una búsqueda inagotable de
lo maravilloso, de valores de Bien, Verdad y Belleza que en definitiva constituyen
reflejos del propio Ser divino, como puede ser una flor –aunque se encuentre en
un lugar o junto a objetos que no condicen con su belleza.
Adentrémonos así en un lugar
sorprendente: los suntuosos palacios de la civilización minoica, brillando en el
aguamarina sembrada de oro del Mar Egeo… que lleva el nombre de un rey de
tragedia…
Allí despuntó, más de dos mil años antes
de Cristo, una original civilización prehelénica, de un refinamiento y
exquisitez muy particulares.
Que esto se diera en un pueblo nada ajeno
a las sombras y bajezas del paganismo es admirable. Y constituye un enigma, de
los tantos que encierran los cofres del Mundo Antiguo.
La cabeza de este collar de ciudades
extendido por el mar, desde la
Grecia continental al Asia menor, serpenteando a través de Thera
y las islas volcánicas -pilares de un invisible puente submarino-, se
encontraba en Creta.
Los marinos egeos navegaban teniendo esos
promontorios rocosos como torres y guías. ¡No fue el caso del Almirante Colón,
Vasco da Gama ni del bravo Magallanes!
En su real palacio de Knossos residía el
legendario soberano Minos, y desde allí señoreaba sobre un centenar de
ciudades. Creta, “bella, opulenta y bien regada” según Homero, vivía en paz interior y abundancia,
produciendo en sus valles serranos aceite de oliva, cereales y vino, que conservaba
en preciosas ánforas; y comerciaba en ágiles
barcos, con proas y popas de delfines y castillos. De estas artísticas naves
fue sin duda el Argos, el navío arquetípico de la leyenda protohistórica, en el
que los valientes Argonautas recobraron para Grecia el vellocino de oro
retenido por un reino del Mar Negro.
Su situación insular le brindó seguridad
a la tierra de Minos durante muchos siglos. Knossos no conoció las
fortificaciones ciclópeas que se encuentran más tarde, en la fase micénica de la
civilización egea, cuando la ciudad de los Atridas, “la rica en oro” (así como
Naukratis era “la poderosa en barcos”), la Micenas de los ‘tesoros’ y de las tumbas que eran
“verdaderas catedrales subterráneas” al decir de Pijoan, levantaba las murallas
infranqueables del palacio-fortaleza de los Leones, que integraba esa familia
de residencias reales con las cretenses (Knossos, Phaistos y Hagia Triada), y la acrópolis o castillo de Tiryns (Tirinto).
Moradas “soberbias” –dirían nuestros abuelos- de varios pisos, donde se
caminaba sobre el piso de alabastro color miel, se respiraba el mundo submarino
en los fabulosos frescos con incrustaciones de piedras, se hacían ruidosas reuniones
guerreras en la larga sala de columnas del megarón,
y los bardos cantaban las hazañas de los héroes fundadores y defensores de la
ciudad en la del heroón.
Palacios dotados de grandiosas escaleras
y de baños e instalaciones sanitarias que marcan un estilo de vida que luego se
perdió, con las invasiones de griegos primitivos que sumieron la Hélade en la Edad Obscura; a la que sucedió una resurrección en los
tiempos de las glorias homéricas de la Edad Heroica.
Es que una de las sorpresas que nos da
frecuentemente el Mundo Antiguo son los pueblos que parecen no haber tenido
infancia, que nacen con altos rasgos de civilización, como Egipto, y luego
decaen en períodos de miseria y desolación. Lo refinado precede entonces a lo
bárbaro, y cuando se sale de madre y atenta contra el orden y contra sí mismo
viene como un castigo el aluvión de la barbarie.
La civilización minoica en sus mejores
días fue proverbialmente fecunda. Sus artesanos modelaron y pintaron ánforas de
aristocráticas formas esbeltas y audaces, o macizos vasos esféricos poblados de
nautilos, peces y corales, o de pulpos que mueven sus tentáculos con la gracia
de una danza submarina. El oleaje está vivo en la cerámica minoica y en los
frescos de Knossos, con sus focas y pulpos que representan la potencia del
propio Minos.
Monarca legendario que estableció su talasocracia
–“gobierno del mar”-, imperio naval evocado por Tucídides. Antiguas leyendas lo
presentan expulsando a los piratas que asolaban el Mediterráneo oriental, pero
cobrando a cambio el insoportable tributo anual de 100 jóvenes, varones y
mujeres, para alimentar al monstruoso minotauro, mitad hombre y mitad toro.
Hace su aparición el toro que fascinó
por su fortaleza indomable a los pueblos mediterráneos y sus herederos de
ultramar, que dio origen a tradiciones y juegos, desde Pamplona hasta los
cerros del altiplano boliviano, el “toro encuetillado” que se pone a los pies
de la Virgen
de la Candelaria
en Humahuaca, antes de aterrorizar a los promesantes con sus encaradas, el toro
de Casabindo y tantos otros.
Las leyendas griegas -que como dice
Pijoan encierran mucha verdad histórica (encendieron la imaginación de Schliemann
para volver a la luz del día a Micenas, Tirinto y Troya, que dormían bajo su
sepultura milenaria)- evocan al príncipe de Atenas, Teseo, que se rebela contra
el salvaje tributo y, ayudado por la princesa cretense Ariadna –la del “hilo”
providencial- logra matar al minotauro y salir del laberinto a nuevas aventuras.
E
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ntre los esplendores del Egeo brilla la micénica vaina de un puñal
en la que se encuentran finamente grabadas en laminillas de oro escenas guerreras
y el ataque de leones. Y estatuillas de marfil que llegaron a Egipto y a la
misma Babilonia, y los frescos con el enigmático salto ritual del toro, en que
el atleta toreador se tomaba de las astas del animal enfurecido y daba una
arriesgada voltereta sobre su lomo, cayendo parado por detrás.
El poder de los Minos –nombre que se
hace hereditario como el de faraón- fue quebrantado cerca del 1400 a.C., cuando los
helenos estuvieron en condiciones de cruzar el mar y caer sobre el pulpo
cretense.
Los príncipes griegos que sacudieron el
yugo de la Talasocracia
imitaron las costumbres minoicas, comiendo en vajilla de oro y cargando espadas labradas
por artesanos cretenses.
El cetro pasó de Creta a Micenas, y en
la liga contra la minoica Troya que narra la Ilíada, Idomeneo, rey de Creta, está en el campo
del “Rey de Reyes”, Agamenón de Micenas, jefe de la alianza.
Los arqueólogos fascinados por las
culturas egeas admiraron la elegancia de aquellas damas antiguas del
Mediterráneo retratadas en coloridos cortejos, en quienes hallaron a las
primeras europeas “con cuerpo y alma”, bautizándolas como “parisienses”.
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refiguras de una lejana aurora de un
tipo humano que resurgiría en la
Grecia clásica y que, por sucesivos amaneceres y ocasos,
florecería plenamente en la
Cristiandad medieval y en el Antiguo Régimen europeos.
De Carlomagno a Luis XIV y María Teresa
de Austria, los pensadores y artistas supieron extraer las mejores
quintaesencias de los pueblos de la Antigüedad, desechando lo negativo, que no era
poco. Al Ancien Régime le sucedió la Revolución Francesa seguida de la Industrial, el socialismo y el comunismo, la Sorbona y el punk, adorador de la negrura, la sordidez y la fealdad.
Hoy se venden como prendas de moda jeans gastados y rasgados, y se perfora y desfigura el rostro y el cuerpo con incrustaciones y tatuajes. Estos neo-bárbaros voluntarios amantes de la hediondez "punk", hurlent de se trouver ensemble (*) con los tipos humanos de la civilización cristiana y hasta con los modelos clásicos de la Antigüedad. Un sociólogo francés afirma que nos encontramos en el ocaso de la razón...
Ciertamente, es adonde nos quieren llevar. Aquellas culturas carentes del tesoro de la verdadera Fe lograron sin embargo -a pesar de todos sus lados oscuros y negros- dar grandes pasos hacia el ideal de belleza y elegancia... pues "el alma humana es naturalmente cristiana"...
Antecedentes valiosos para medir la decadencia causada por el abandono revolucionario de la Civilización Cristiana y luchar por su restauración, como nos enseñó aquel inmortal Pontífice del siglo XX, San Pío X. Difundir el Bien, la Verdad y la Belleza es central en esta lucha.
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(*) expresión francesa: aúllan de encontrarse juntos.
martes, 26 de marzo de 2013
La Pasión: Observando el semblante de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder
Venerada Imagen de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder - Juan de Mesa - Sevilla
Observando el semblante de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder
Cada nuevo paso hacia el Calvario
agrava insondablemente el diluvio de dolor que atormenta al Redentor. Tan
grande es el sufrimiento que expresan sus ojos, que se diría que la vida se
está extinguiendo en su humanidad santísima.
Su mirada parece estarnos diciendo:
'He alcanzado el auge de la postración. Mis fuerzas están extenuadas. Es tan
atroz el dolor que tan sólo me resta un pequeño vestigio de vida…; hasta
reflexionar me resulta ya casi imposible. Pero resistiré. Llegaré hasta lo alto
del Calvario, iré hasta el final, porque esa es la voluntad de mi Padre'.
¡Oh reflexión y determinación
inconcebibles! Son las dos primeras notas que llaman la atención al contemplar
ese adorable rostro.
¿Qué reflexiones expresa esta
mirada divina? Al parecer coinciden en la mente del Salvador, en este momento
del Vía Crucis, varios pensamientos. Son las reflexiones que ha ido haciendo
desde el comienzo de la Pasión
y que ahora forman un cuadro de conjunto profundamente doloroso, lacerante, y
que envuelve su alma en una bruma de dolor .
Por una parte, hace un juicio exacto,
y por lo tanto severo, de la gravedad del crimen que se practica en su contra. Agravado por la
sensación terrible de la brutalidad con que es tratado, y de la clamorosa
injusticia que lo envuelve. Se suma a todo esto un análisis de la ingratitud de
los que lo atormentan. Pues todos ellos, cada uno en particular, fue objeto del
divino apostolado, fue blanco del ardiente deseo que tenía de salvarnos. Muchos
fueron consolados y otros aún perdonados por sus pecados.
Por otra parte parece reflexionar
sobre la expiación que es necesario hacer, derramando la totalidad de su sangre,
para redimir al género humano. Y, en el origen de todo, una resolución inconmovible,
como si dijese: 'quiero llevar a cabo por completo esta expiación supremamente
dolorosa’. Y más allá de todo este mar
de ignominia, de ingratitud y de infamia de los hombres, en el rostro del Redentor
se transluce la determinación con la que carga el madero de la Cruz. Quiere salvar a
los hombres, y lo sufrirá todo para darle la debida gloria al Padre y rescatar
al género humano. Este es el pensamiento dominante, el pensamiento central. Los
labios parecen murmurar: 'Sé que, sufriendo, rescato a los hombres. Sé que mi
Padre acepta este rescate. Por lo tanto, Yo lo quiero!'
'Scio et volo': sé y quiero. He aquí la síntesis
supremamente grandiosa de sus divinos pensamientos.
San Francisco de Sales comenta la
alegría que siente, en lo más profundo de su alma, el varón justo que sufre la
probación en la aridez espiritual. Analizando más atentamente la augusta Faz,
se advierte una nota de felicidad que asoma por detrás de ese océano de dolor.
La certeza de estar cumpliendo la voluntad del Padre celestial le produce, en
el fondo del alma, una felicidad que los dolores que hacen sentir atrozmente su
presencia en su fisonomía adorable no permanecen ocultos al observador atento.
¡Qué gran lección para nosotros!
Intoxicados por la falacia generalizada de este mundo neopagano en que vivimos,
nos resistimos a comprender el significado sobrenatural del dolor y de la
muerte. El placer y el gusto constituyen nuestro anhelo de vida. Y al dolor lo
vemos como algo monstruoso, que no queremos que perturbe nuestra existencia.
Vivir y gozar... El sufrimiento nos aterra. De este modo, nos negamos a
reconocer la precariedad de las cosas terrenas; a reconocer el papel sublime
del holocausto por amor a Dios, y no aceptamos que la felicidad se encuentra al
pie de la Cruz.
Jesús sufre y no devuelve los golpes
de sus enemigos. Es torturado con satánica ferocidad. Un espíritu superficial
pensaría que tiene, en grado sumo, la mansedumbre y la resignación de un
cordero pero no la energía y la capacidad de ataque del león.
¡Qué inmenso y funesto engaño! El que
es capaz de soportar tantos tormentos con semejante fortaleza, lo es también de
las mayores ofensivas. Tan sólo el hombre dispuesto a sufrir lo inimaginable posee
el vigor de alma necesario para los grandes combates. Nuestra capacidad de
luchar por Dios estará siempre en proporción a la capacidad de sufrir por Él.
Para quien sepa analizar esta
sagrada Faz -desfigurada por el dolor pero marcada por una inconmovible
resolución de cumplir enteramente la voluntad del Padre Eterno- resulta ser la
fisonomía del combatiente por excelencia. ¿Qué héroe o cruzado puede
presentarnos la Historia
que se le pueda comparar?
La piedad popular lo venera bajo la
advocación de "Jesús del Gran Poder". ¿Cómo discernir en ella las
manifestaciones de tal poder? ,
Las fuerzas del Redentor van disminuyendo
a cada instante. De hecho, está 'quebrantado, agotado, aniquilado', como
exclamó Bossuet. La fe, no obstante, nos enseña lo que los ojos de la carne no.
logran ver.
Es el Hombre-Dios y conserva,
velada por su trágico aplastamiento, toda su Omnipotencia. Todo cuanto quiera
lo obtendrá inmediatamente del Padre.
Bastaría un mero acto de su
voluntad para que todas las heridas se curasen y el vigor retornase a su
cuerpo. Bastaría un gesto para que los enemigos cayesen, fulminados. Pero como
su deseo es redimir a los hombres, permanece en su tan impresionante y
dilacerante flaqueza. Su objetivo es salvarnos y, en cuanto Salvador, está triunfando.
La epopeya del Divino Redentor no
termina en las sombras del sepulcro. Transcurridos tres días de luto sobre toda
la tierra, amanecerá el día del triunfo espléndido, la fecha de la gloriosa
Resurrección. En ella, el Salvador manifestó, por excelencia, su 'gran poder':
el poder de Quien, con sus propias fuerzas, derrota la muerte y vuelve a la
vida.
Plinio Corrêa de Oliveira(*)
……………….
(*) Texto extraído de una
conferencia, sin revisión del autor
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Recomendamos rezar y meditar el Via Crucis compuesto por el autor, publicado en el sitio
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Recomendamos rezar y meditar el Via Crucis compuesto por el autor, publicado en el sitio
LUCES DORADAS DEL
TUCUMAN
martes, 19 de febrero de 2013
Sorpresa, análisis, perspectivas - La abdicación de Benedicto XVI: ¿qué pensar?
SORPRESA, ANÁLISIS,
PERSPECTIVAS
La abdicación de Benedicto XVI:
¿Qué pensar?
Envía Alejandro Ezcurra Naón
REDACCIÓN - Tradición y Acción
Sábado 16 de
febrero de 2013
Enorme y universal consternación ha causado el inesperado anuncio del Santo Padre Benedicto XVI, de que el próximo día 28 de febrero abdicará del Trono de San Pedro.
A la sorpresa general siguió una incertidumbre surcada de preocupación, ya que la noticia irrumpe en un momento especialmente delicado y turbulento de la dos veces milenaria historia de la Iglesia.
Turbulencia y crisis post-conciliar: el juicio de los Papas
De esas convulsiones se han ocupado los Papas recientes, posteriores al Concilio Vaticano II (1962-1965). Mencionemos apenas la conocida afirmación de Pablo VI de que después del Concilio, la Iglesia parece sufrir un misterioso proceso de “autodemolición”, siendo incluso “golpeada por los que de Ella forman parte”; como si por alguna fisura hubiese penetrado “la humareda de satanás en el templo de Dios” [1].Esa situación, afirmó a su vez Juan Pablo II, ha determinado que los fieles se sientan muchas veces “perdidos, confundidos, perplejos y hasta desilusionados” , porque se difundieron en la Iglesia “ideas que contrastan con la Verdad revelada y desde siempre enseñada” y hasta “herejías, en el campo dogmático y moral”. Lo cual ha ido “creando dudas, confusiones y rebeliones” entre los católicos, afectados por el "‘relativismo’ intelectual y moral” que se propagó tras el Vaticano II [2].
También Benedicto XVI se refirió a esa crisis. Siendo aún Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe trató de ella asiduamente, y resumió su visión en un juicio inequívoco: se esperaba que al Concilio le siguiese “un salto hacia adelante y en vez de eso nos encontramos ante un proceso de decadencia progresiva” [3]. Ya ungido Papa volvió repetidas veces al asunto, por ejemplo cuando denunció la corriente eclesiástica aliada de la revolución cultural, que “identificaba esta nueva revolución cultural marxista con la voluntad del Concilio” [4]. Dicho sea de paso: cómo esto ayuda a entender el triste caso de la ex-PUCP...
Su referencia más reciente al tema fue apenas tres días antes de anunciar su dimisión. El 8 de febrero de 2013, en su lectio divina a los seminaristas de Roma, el Papa criticó el “falso optimismo posterior al Concilio, cuando se cerraban los conventos, se cerraban los seminarios y se decía: no pasa nada, va todo bien… ¡No! No va todo bien. Hay también caídas graves y peligrosas” [5].
Sombras y luces en una situación bivalente
Los hechos confirman sobradamente esas afirmaciones papales. Hoy, cualquier católico medianamente informado está enterado de errores doctrinales o graves desvíos de conducta moral en que incurrieron en las últimas décadas tantos eclesiásticos indignos y prevaricadores —entre ellos no pocos obispos—, para escándalo de incontables fieles que, entre estupefactos y horrorizados, presencian “la abominación de la desolación” establecida en el lugar santo (cfr. Mat. 24, 15).Con qué desolación de alma esos hijos de la Iglesia fueron conociendo casos y más casos de sucesores de los Apóstoles entregados al vicio nefando, de ministros de Dios a los cuales “más les valdría atarse al cuello una piedra de molino y ser arrojados al fondo del mar”, porque escandalizan y destrozan la inocencia de los niños a ellos confiados (cfr. Mat. 18, 6), de pastores que enseñan doctrinas anticristianas y predican el relativismo moral, y de esa forma dispersan el rebaño o lo entregan a los lobos; de seminarios convertidos en focos de corrupción moral, etc. ... Tal es el cuadro desolador, por no decir apocalíptico, visible en importantes sectores del edificio sagrado.
Sin embargo, es también verdad que el Espíritu Santo nunca deja de asistir a la Iglesia, y que por todas partes esa divina asistencia se hace notar, continua y admirablemente. Lo comprobamos en el extraordinario florecimiento del catolicismo en áreas menos afectadas por la crisis posconcilar, como el Este europeo, el África subsahariana y regiones de Asia; en la multitud de jóvenes que en Europa y América se entusiasman con la doctrina, la moral y la liturgia tradicionales; en la enérgica reacción católica a favor del verdadero matrimonio o de los niños por nacer, testimoniada este año por gigantescas manifestaciones en París, Washington y otros lugares; en el incontenible movimiento de retorno a la Iglesia Católica de cientos de miles de anglicanos, etc.
En su conjunto, por tanto, la situación de la Iglesia Católica al momento de la renuncia de Benedicto XVI es bivalente, un panorama de luces y sombras. Pero el fondo de cuadro es, indiscutiblemente, la grave crisis apuntada por los últimos Papas.
El futuro inmediato: una perspectiva realista
En ese cuadro, ¿qué pensar de la renuncia papal? ¿Qué perspectivas ella abre en el futuro próximo? ¿Y cuál es nuestro deber como fieles católicos?Para responder, retengamos lo expuesto por Benedicto XVI, el “proceso de decadencia progresiva” que sufre la Iglesia y la “revolución cultural” que desde el campo secular busca propagarse al recinto sagrado. Y consideremos que, como explica Plinio Corrêa de Oliveira, “es propio de los procesos de decadencia complicarlo todo casi hasta el infinito. Y por eso cada etapa de la Revolución es más complicada que la anterior” [6].
Si a esto sumamos los ataques externos que sufre hoy la Iglesia, como el nuevo anticlericalismo impulsado desde los Estados laicos —sean liberales o socialistas—, tenemos un cuadro en que a la “autodemolición” se agrega el estado de persecución legal cada vez más evidente contra el catolicismo, movida por un odio cada vez menos disimulado a todo lo que es genuinamente católico. El nombre de ese odio es cristianofobia.
De todo lo visto puede preverse, en primer lugar, que la barca de Pedro deba afrontar turbulencias aún mayores. Y, en segundo lugar, que esas turbulencias podrán agravar significativamente la desorientación doctrinal y moral que ya afecta a incontables fieles.
Es también previsible que tras la abdicación de Benedicto XVI arrecie la ofensiva del igualitarimo revolucionario contra la estructura jerárquica de la Iglesia, para “democratizarla” y reducir el poder del Papado, hasta finalmente abolirlo si esto fuera posible; así como que se intensifique la acometida para cercenar los derechos de la Iglesia y acallar su voz.
En un futuro incierto, la regla de oro para todo fiel católico
En esa perspectiva, sombría pero realista, hay una regla de oro para que los fieles católicos podamos orientarnos en la confusión: es seguir el consejo de San Pablo: “Estén alertas, permanezcan firmes en la fe, pórtense varonilmente, sean fuertes” (I Cor. 16, 13).Traducido a la situación de hoy, esto significa: perseveremos adheridos contra viento y marea a lo que la Iglesia Católica siempre enseñó. Y aun cuando “un ángel del Cielo os predicara un Evangelio diferente del que nosotros os hemos predicado, sea anatema” (Gál 1, 8). Es decir, cualquiera que aparezca enseñando novedades en temas de fe o de moral, opuestas a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, o que las relativicen en cualquier campo, sea rechazado: es un lobo revestido con piel de oveja.
Además, cuidemos siempre de dar el debido, reverente y leal acatamiento a la Autoridad eclesiástica, por más que la fidelidad nos imponga resistir a algún eventual abuso de este o aquel jerarca; y procuremos crecer cada día en el conocimiento, amor y fidelidad a la Iglesia y su verdadera doctrina. Esa es, repetimos, la brújula para atravesar incólumes cualquier tormenta.
Sobre todo, recemos empeñadamente por la Santa Iglesia, para que cuanto antes ella pueda emerger de su actuales pruebas resplandeciente de fe, pureza y santidad, para ser más exaltada que en sus más gloriosos días. Y con igual empeño, pidamos por el Papa Benedicto XVI y su sucesor.
Lourdes, el anuncio y el rayo: simbolismo que invita a la confianza
Por llamativa coincidencia, el anuncio de la dimisión papal se dio a conocer el día 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Recordemos que en dichas apariciones la Virgen se presentó como la Inmaculada Concepción, y tan sólo cuatro años después de que el beato Pío IX definiera aquel gran dogma mariano. Sin duda Ella quiso así ratificar, de manera retumbante, la solemne definición papal.Pero además, en Lourdes comienza un ciclo ininterrumpido de curaciones extraordinarias e inexplicables de enfermos (cerca de 7 mil hasta ahora, ¡una por semana en promedio, durante más de 150 años!), hecho sin precedentes en la historia de la Iglesia: allí Dios instaló el milagro, por así decir, en serie y a título permanente, y de esa manera asestó un golpe letal al ateísmo, al positivismo y a la autosuficiencia en boga desde los tiempos de la Ilustración, y después propagados por la Revolución Francesa y el naciente socialismo. Nuestra Señora de Lourdes es, por tanto, una invocación esencialmente contrarrevolucionaria.
Otra coincidencia —que ha dado lugar a múltiples conjeturas— fue el impresionante rayo que se descargó sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro (cuya fotografía se propagó a todo el mundo por Internet, con la velocidad de otro rayo...), tan sólo algunas horas después del anuncio papal.
La conjunción de esos tres hechos el mismo día ¿no contiene un mensaje simbólico? —El mensaje parece ser: suceda lo que suceda, sobrevengan las tempestades que puedan sobrevenir, estallen tantos rayos y truenos cuantos se quiera, la protección milagrosa de la Virgen Inmaculada no le faltará a la Santa Iglesia y al Papa.
* * *
Tengamos lo anterior bien
presente, en los días de turbulencia que eventualmente aguarden a la Santa Iglesia.
Confiemos en que, por mayores que sean las pruebas que se puedan abatir sobre la Esposa de Cristo, permanece
la divina promesa: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”
(Mat. 16, 18): el mismo Jesucristo estará con ella hasta la consumación de los
siglos (cf. Mat. 28, 19).Y conservemos una indeclinable fidelidad a la Iglesia de Dios, sabiendo que más allá de la tempestad, le aguarda el radioso triunfo anunciado por la Santísima Virgen en Fátima.
[2] JUAN PABLO II, Alocución del 6-II-1981 a los Religiosos y Sacerdotes participantes del I Congreso nacional italiano sobre el tema ‘Misiones al pueblo para los años 80’, in “L’Osservatore Romano”, 7-2-1981.
[3] Cfr. Vittorio Messori a colloquio con il cardinale Joseph Ratzinger — Rapporto sulla fede, Edizioni Paoline, Milán, 1985, pp. 27-28.
[4] BENEDICTO XVI, Encuentro con los Párrocos y Sacerdotes de las Diócesis de Belluno, Feltre y Treviso, 24 de julio de 2007, en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2007/july/documents/
hf_ben-xvi_spe_20070724_clero-cadore_sp.html
[5] Texto íntegro en: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350428?sp=y
[6] PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA, Revolución y
Contra-Revolución, Tradición y Acción por un Perú Mayor, Lima, 2005, Parte
III, Cap. III, § 3, pág. 166.
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Reproducido de Tradición y Acción – Perú
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Abdicación de Benedicto XVI: ¿qué pensar?
sábado, 16 de febrero de 2013
Consideraciones sobre el acto de renuncia de Benedicto XVI, por Roberto de Mattei
Consideraciones sobre el acto de renuncia de Benedicto XVI
Un rayo cae sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro
pocas horas después de la renuncia de Benedicto XVI. Foto Alessandro di Meo/AFP
Roberto de Mattei (*)
El 11 de febrero,
día de la festividad de Nuestra Señora de Lourdes, el Santo Padre Benedicto XVI
comunicó al Consistorio de Cardenales y a todo el mundo su decisión de
renunciar al Pontificado.
El anuncio fue
recibido por los Cardenales “casi
enteramente incrédulos”, “con la sensación de pérdida”. “como un rayo en cielo
sereno”, según las palabras dirigidas enseguida al Papa por el Cardenal
decano Angelo Sodano.
Si fue tan grande la pérdida de los
Cardenales, se puede imaginar cuán fuerte tiene que haber sido la
desorientación de los fieles, sobre todo de aquellos que siempre vieron en Benedicto XVI un punto
de referencia, y ahora se sienten, de algún modo “huérfanos”, si no aún
abandonados, en una fase de grandes dificultades que enfrenta la Iglesia en el momento
presente.
Sin embargo, la posibilidad de renuncia de
un Papa al solio pontificio no es del todo inesperada. El Presidente de la Conferencia Episcopal
de Alemania, Karl Lehmann, y el Primado de Bélgica, Gottfried Daneels, habían
presentado la idea de “renuncia” de Juan Pablo II cuando su salud se deterioró.
El Cardenal
Ratzinger, en su libro-entrevista “Luz del Mundo”, de 2010, le dijo al
periodista alemán Peter Seewald, que si un Papa se da cuenta de que no es más
capaz, “físicamente, psicológicamente y espiritualmente, de cumplir los deberes
de su oficio, entonces él tiene el derecho y, en ciertas circunstancias,
también la obligación, de renunciar”.
También en 2010,
50 teólogos españoles habían manifestado su adhesión a la Carta Abierta del teólogo suizo
Hans Küng a los Obispos de todo el mundo, con estas palabras: “creemos que el
Pontificado de Benedicto XVI puede haberse agotado. El Papa no tiene la edad ni
la mentalidad para responder adecuadamente a los graves y urgentes problemas
con los que se enfrenta la Iglesia Católica.
Pensamos, por lo tanto, con el debido respeto por su persona, que debe
presentar su renuncia al cargo”.
Y cuando, entre
2011 y 2012, algunos periodistas como Giuliano Ferrara y Antonio Socci
escribieron sobre la posible renuncia del Papa, esta hipótesis suscitó entre
los lectores más desaprobación que asentimiento.
No hay duda sobre el derecho de un Papa a
renunciar. El nuevo Código
de Derecho Canónico prevé la posibilidad de renuncia del Papa en el cánon 332,
párr. 2º, con estas palabras: “Si sucede que el Romano Pontífice renuncia a su
cargo, para la validez se requiere que la renuncia sea hecha libremente y
debidamente manifestada, pero no que sea aceptada por alguien”.
En los arts. 1º y
3º de la Constitución
Apostólica “Universi Dominicis Gregis”, de 1996, sobre la
vacancia de la Santa Sede,
se prevé además la posibilidad de que la vacancia de la Sede Apostólica sea determinada
no sólo por la muerte del Papa sino también por su renuncia válida.
No son muchos en la Historia los episodios
documentados de abdicación. El caso más conocido sigue siendo el de San
Celestino V, el monje
Pietro da Morrone, que fue elegido en Perugia el 5 de julio de 1294 y coronado
en L’Aquila el 29 de agosto siguiente.
Después de un
reinado de tan sólo cinco meses, juzgó oportuno renunciar, por no sentirse a la
altura del cargo que había asumido. Enseguida, preparó su abdicación,
consultando antes a los Cardenales y promulgando una Constitución con la cual
confirmaba la validez de las reglas ya establecidas por el Papa Gregorio X para
la realización del próximo Cónclave.
El 13 de
diciembre, en Nápoles, pronunció su abdicación ante el Colegio cardenalicio, se
despojó de la insignia papal y de las ropas, y tomó el hábito de eremita. El 24
de diciembre de 1294, a
su vez, fue electo Papa Benedicto Caetani, con el nombre de Bonifacio VIII.
Otro caso de
renuncia papal –el último registrado hasta hoy- ocurrió en el curso del
Concilio de Constanza (1414-1418). Gregorio XII (1406-1415), Papa legítimo, a
fin de recomponer el Gran Cisma de Occidente (1378-1417), envió a Constanza su
plenipotenciario Carlo Malatesta, para dar a conocer su intención de retirarse
del oficio papal; las dimisiones fueron oficialmente acogidas por la Asamblea sinodal el 4 de
julio de 1415 que al mismo tiempo depuso al anti-papa Benedicto XIII.
Gregorio XII fue
reintegrado al Sacro Colegio con el título de Cardenal Obispo de Porto y con el
primer puesto después del Papa. Abandonando el nombre y el hábito pontificio y
retomando el nombre de Cardenal Angelo Correr, se retiró como Legado papal en
la provincia italiana Le Marche, y murió en Recanati el 18 de octubre de 1417.
Por lo tanto, el caso de renuncia en sí no
escandaliza: está contemplado en el Derecho Canónico y sucedió históricamente a
lo largo de los siglos. Nótese,
sin embargo, que el Papa puede renunciar y a veces, históricamente, ha
renunciado al Pontificado, en cuanto éste es considerado un “cargo
jurisdiccional de la Iglesia”,
no indeleblemente asociado a la persona que lo ocupa.
La
Jerarquía
Apostólica ejerce,
de hecho, dos poderes misteriosamente unidos en la misma persona: el poder de
Orden y el poder de Jurisdicción (ver, p.ej., Santo Tomás de Aquino, Suma
Teológica, II-IIae, q. 39, a.3,
resp. III, q. 6-2).
Ambos poderes están
enderezados a realizar los objetivos peculiares de la Iglesia, pero cada cual
con características propias, que distinguen profundamente uno del otro: la
“potestas ordinis” es el poder de distribuir los medios de la gracia divina, y
se refiere a la administración de los sacramentos y al ejercicio del culto
oficial; la “potestas jurisdictionis” es el poder de gobernar la institución
eclesiástica y los simples fieles.
El poder de orden se distingue del poder de
jurisdicción no sólo por la diversidad de naturaleza y de objeto, sino también por el modo según el cual el
poder de orden es conferido, en virtud de tener como propiedad el ser dado con
la consagración, o sea, por medio de un sacramento y con la impresión de un
carácter sagrado. La posesión de la “potestas ordinis” es absolutamente indeleble,
por cuanto sus grados no son oficios temporarios sino que imprimen carácter a
quienes es concedida.
De acuerdo con el
Código de Derecho Canónico, cuando un bautizado se torna diácono, sacerdote u
obispo, es para siempre y ninguna autoridad humana puede excluir esa condición
ontológica. Al contrario, el poder de jurisdicción no es indeleble, sino
temporario y revocable; sus atribuciones, ejercidas por personas físicas, cesan
con el término del mandato.
Otra característica importante del poder de
orden es la no territorialidad, pues los grados de la jerarquía de orden son
absolutamente independientes de cualquier circunscripción territorial, al menos
en lo que respecta a la validez de su ejercicio.
Las atribuciones
del poder de jurisdicción, al contrario, son siempre limitadas en el espacio y
tienen en el territorio uno de sus elementos constitutivos, excepto el del Sumo
Pontífice, que no está sujeto a limitación alguna de espacio.
En la Iglesia, el poder de jurisdicción pertenece, “jure
divino”, al Papa y a los Obispos. La plenitud de este poder, entre tanto, reside tan sólo en el Papa
que, como fundamento, sustenta todo el edificio eclesiástico. En él se
encuentra todo el poder pastoral, y en la Iglesia no se puede concebir otro independiente.
La teología progresista, por el contrario,
sustenta en nombre del Vaticano II, una reforma de la Iglesia en un sentido
sacramental y carismático que opone el poder de orden al poder de jurisdicción,
la Iglesia de
la caridad a la del derecho, la estructura episcopal a la monárquica.
El Papa, reducido
a “primus inter pares”, en el interior del Colegio de los Obispos, ejercería
apenas una función ético-profética, un primado de “honra” o de “amor”, pero no
de gobierno y jurisdicción.
En esta perspectiva, Hans Küng y otros
invocaron la hipótesis de un Pontificado “temporario”, y no vitalicio, como una
forma de gobierno exigida por la celeridad de los cambios del mundo moderno y
de la novedad continua de sus problemas. “No podemos tener un Pontífice de 80 años, que ya no está totalmente presente del punto
de vista físico y mental”, dijo Küng a la emisora “Südwestrundfunk”, que ve en
la limitación del mandato del Papa un paso necesario para la reforma radical de
la Iglesia.
El Papa sería
reducido a presidente de un Consejo de Administración, a una figura meramente
de arbitraje, al lado de una estructura eclesiástica “abierta”, como un Sínodo
permanente, con poder de decisión.
Sin embargo, en caso de sostenerse que la
esencia del Papado está en el poder sacramental de orden y no en el poder
supremo de jurisdicción, el Pontífice jamás podría renunciar; si lo hiciera, perdería con la renuncia tan
sólo el ejercicio del poder supremo, pero no el poder en sí, que es indeleble,
como la ordenación sacramental de la cual deriva.
Quien admita la
hipótesis de renuncia, debe admitir con eso que la “suma potestas” del Papa
deriva de la jurisdicción que ejerce, y no del sacramento que recibe. La
teología progresista está, por lo tanto, en contradicción consigo misma cuando
trata de fundamentar el Papado sobre su naturaleza sacramental y después
reivindica la renuncia de un Papa, la cual, a su vez, sólo puede ser admitida
si su posesión, su cargo, se basa sobre el poder de jurisdicción.
Por la misma
razón, no puede haber, después de la renuncia de Benedicto XVI “dos Papas” ,
uno en el cargo, y otro “retirado”, como se ha dicho impropiamente. Benedicto
XVI volverá a ser Su Eminencia, el Cardenal Ratzinger, y no podrá ejercer
prerrogativas como la de infalibilidad, que están íntimamente ligadas al poder
de jurisdicción pontificio.
El Papa, por lo tanto, puede renunciar.
Pero, ¿es oportuno que lo haga? Un autor, por cierto no “tradicionalista”, Enzo Bianchi, escribió
en “La Stampa”
del 1º de julio de 2002: “Según la gran tradición de la Iglesia de Oriente y
Occidente, ningún Papa, ningún Patriarca, ningún Obispo, debería renunciar
apenas por haber alcanzado el límite de edad. Es verdad que, hace cerca de 30
años, en la Iglesia Católica,
existe una disposición que invita a los Obispos a ofrecer sus propias renuncias
al Papa, al llegar a los 75 años de edad, y es verdad que todos los Obispos
reciben con obediencia esa invitación y presentan la renuncia, como también es
cierto que normalmente son aceptadas y hechas efectivas. Pero se trata de una
regla y una práctica reciente, fijada por Pablo VI y confirmada por Juan Pablo
II: nada excluye que, en el futuro, pueda ser revisada, después de sopesadas
las ventajas y los problemas que ella ha producido en las últimas décadas de
aplicación”.
La norma por la
cual los Obispos renuncian a sus diócesis a partir de los 75 años es una fase
reciente en la historia de la
Iglesia, que parece contradecir las palabras de San Pablo,
para el cual el Pastor es nombrado “ad convivendum et commoriendum” (II Cor 7, 3),
para vivir y morir junto a su rebaño. La vocación de un Pastor, como la de
todos los bautizados, vincula de hecho no sólo hasta una cierta edad y a una
buena salud, sino hasta la muerte.
Bajo este aspecto, la renuncia de Benedicto
XVI al Pontificado, aparece como un acto legítimo del punto de vista teológico
y canónico, pero, en el plano histórico, en absoluta discontinuidad con la
tradición y la práctica de la
Iglesia.
Del punto de vista
de cuáles podrían ser sus consecuencias, se trata de un hecho no simplemente “innovador”, sino radicalmente “revolucionario”, como lo definió Eugenio
Scalfari en “La Repubblica”
del 12 de febrero.
La imagen de la
institución pontificia, ante los ojos de la opinión pública de todo el mundo,
queda de hecho despojada de su sacralidad, para ser entregada a los criterios
de juicio de la modernidad.
No por nada , en
el “Corriere Della Sera” del mismo día, Máximo Franco habla del “síntoma
extremo final, irrevocable, de la crisis de un sistema de gobierno y de una
forma de papado”.
No se puede hacer una comparación, ni con
Celestino V, que renunció después de haber sido arrancado por la fuerza de su
celda eremítica, ni con Gregorio XII, que a su vez fue forzado a renunciar para
resolver la gravísima cuestión del Gran Cisma de Occidente.
Se trataba de
casos excepcionales. Pero ¿cuál es la excepción en el gesto de Benedicto XVI?
La razón oficial manifestada en sus palabras pronunciadas el 11 de febrero, más
que la excepción expresa la normalidad: “En
el mundo de hoy, sujeto a rápidos cambios y agitado por cuestiones de gran
importancia para la vida de la fe, para gobernar la barca de Pedro y anunciar
el Evangelio, hace falta también el vigor, tanto del cuerpo como del alma,
vigor que, en los últimos meses, disminuyó en mí de tal manera que debo
reconocer mi incapacidad”.
No nos encontramos ante una deficiencia
grave, como fue el caso de Juan Pablo II al final de su pontificado.
Las facultades
intelectuales de Benedicto XVI están plenamente íntegras, como él lo demostró
en una de sus últimas y más significativas meditaciones para el Seminario
Romano, y su salud es “en general buena”, como afirmó el portavoz de la
Santa Sede, P. Federico Lombardi, según el
cual, sin embargo, el Papa alertó en los últimos tiempos sobre “el
desequilibrio entre las tareas, entre los problemas a resolver y las fuerzas de
las que siente no disponer”.
Entre tanto, desde el momento de la
elección, cada pontífice experimenta un comprensible sentimiento de
inadecuación, notando la desproporción entre sus capacidades personales y el
peso de la tarea a la que es llamado.
¿Quién puede afirmarse capaz de soportar
con sus propias fuerzas el cargo de Vicario de Cristo?
Pero el Espíritu
Santo asiste al Papa no sólo en el momento de la elección, sino también hasta
su muerte, en cada momento, inclusive en los más difíciles, de su pontificado.
Hoy, el Espíritu Santo es frecuentemente invocado en forma inadecuada, como
cuando se pretende que El inspira cada acto y cada palabra de un Papa o de un
Concilio.
En estos días, sin
embargo, El es el gran ausente en los comentarios de los medios, que analizan
el gesto de Benedicto XVI de acuerdo a un criterio puramente humano, como si la Iglesia fuese una
multinacional guiada en términos de pura eficiencia; prescindiendo de todo influjo
sobrenatural.
Pero la cuestión es: en dos mil años de historia, ¿cuántos
fueron los Papas que reinaron con buena salud, que no sintieron declinar sus
fuerzas ni sufrieron enfermedades y probaciones morales de toda clase? El
bienestar físico nunca fue un criterio de gobierno de la Iglesia. ¿Pasará a serlo
a partir de Benedicto XVI?
Un católico no
puede dejar de plantearse estas preguntas, y si no lo hace, serán planteadas
por los hechos, como en el próximo cónclave, cuando la elección del sucesor de
Benedicto sea inevitablemente orientada hacia un Cardenal joven, en la plenitud
de sus fuerzas, para poder ser considerado adecuado para la grave misión que lo
espera.
A menos que el
centro del problema no esté en aquellas “cuestiones
de gran relevancia para la vida de la fe” a las que se refirió el
Pontífice, y que podrían aludir a la situación de ingobernabilidad en que
parece encontrarse hoy la
Iglesia.
Sería poco prudente, bajo este aspecto,
considerar ya “cerrado” el pontificado de Benedicto XVI, y dedicarse a balances
prematuros antes de esperar el plazo fatal anunciado por él: la noche del 28 de febrero de 2013, una
fecha que quedará grabada en la historia de la Iglesia.
Después de esa
fecha, Benedicto VI aún podrá ser protagonista de escenarios nuevos e inesperados.
De hecho, el Papa anunció su dimisión, pero no su silencio; y su decisión le
restituye una libertad de la que tal vez se sintiera privado.
¿Qué dirá y hará
Benedicto XVI, o el Cardenal Ratzinger, en los próximos días, semanas y meses?
Y, sobre todo, quien guiará, y de qué manera, la barca de Pedro en las nuevas
tempestades que inevitablemente le esperan?
(Fuente:
“Corrispondenza Romana”, 12-II-13 – Traducido del portugués, de texto difundido
por la Agência Boa
Imprensa, San Pablo, Brasil, del 15-II-13).
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* * *
(*) Historiador y periodista italiano,
Roberto de Mattei, nacido en 1948, es uno de los más destacados líderes
católicos contemporáneos. Es Profesor de Historia de la Iglesia y del Cristianismo
en la Universidad Europea
de Roma, en la cual es Coordinador de la Escuela de Ciencias Históricas. Entre 2004 y 2011
fue dos veces Vice-presidente del principal organismo estatal italiano de apoyo
a las ciencias, el Consejo Nacional de Investigación. Miembro del Consejo de
Administración del Instituto Histórico para la Edad Moderna y Contemporánea y
de la Sociedad Geográfica
Italiana, colabora con el Comité Pontificio de Ciencias Históricas. Fue
distinguido con la insignia de la
Orden de la Santa Sede
de San Gregorio Magno, en reconocimiento por sus servicios prestados a la Iglesia.
En 2010, Roberto de Mattei publicó el libro
“El Concilio Vaticano II – Una historia nunca escrita”, lo que le valió el más
prestigioso premio italiano para libros históricos: el “Acqui Storia/2011”.
Recientemente traducido al portugués y difundido en el Brasil por la Petrus Livraria, puede ser adquirido
por medio de su sitio.
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