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miércoles, 1 de agosto de 2012

Había triunfado una estrategia, fruto de siglos de orgánica herencia hispano-criolla propia de nuestra cultura de patriarcado rural señorial y popular - (8ª nota) El guerrero y el caballo...

Los hacendados salteños recurrían a todos los ardides que el medio les facilitaba. Montaron una ingeniosa red de espionaje en que las mujeres jugaban el papel protagónico. El descubrimiento de la red produjo gran desencanto en el ánimo de los invasores.


Al ver el efecto de sus proezas contra fuerzas militares probadas crecía la osadía de los partidarios. El 10 de julio de 1814, las fuerzas del Comandante Zabala entran en Salta atacando por 4 puntos. Don Pedro toma personalmente la Quinta de Medeyros. El Oficial Melchor Lavín contraataca con 400 hombres y resulta gravemente herido, quedando sus tropas desmoralizadas. ¡No había sido un paseo militar!

La inopinada resistencia de los milicianos salteños mantenía inmovilizado a Pezuela, quien, con seis expediciones derrotadas, es presa de gran decepción y decide, finalmente, retirarse. ¡Salta y sus gauchos habían triunfado!

También había triunfado una estrategia, fruto de siglos de orgánica herencia hispano-criolla propia de nuestra cultura de patriarcado rural señorial y popular. Los patrones encarnan el tipo humano de sus ancestros, los antiguos vecinos de las ciudades. Acaudillan naturalmente a aquellos gauchos cuya “familia se constituyó según el patrón cristiano por la influencia de la evangelización; su amor y afición al caballo los tomó de los españoles que…estaban habituados a las andanzas ecuestres por Europa y América”.

“Su hombría, su probidad y su respeto por las jerarquías hicieron de ellos el alma y el brazo de la gigantesca lucha entablada entre realistas y patriotas en las fronteras de la República. Dieron en todo momento muestras de dotes militares, de habilidad y constancia, acudiendo espontáneamente a alistarse al primer atisbo de peligro”. A alistarse “en los instantes decisivos (en) los puestos de mayor peligro y disputándose el honor de ser los primeros en medir sus lanzas”.

El principal medio fue, una vez más, el caballo: “no se puede concebir al gaucho sin su caballo, son un todo armónico. Este fue el secreto del éxito en las cargas, su salvación en las retiradas, la velocidad en las sorpresas, y, a veces, su centinela y hasta su trinchera”, escribe Apolo Premoli López, descendiente de aquellos Burela que hicieron patria.

 (Continúa próximamente)

sábado, 3 de diciembre de 2011

El guerrero y el caballo (3ª nota) - Un estadista que apartaba los toros para las grandes corridas en las dehesas de Madrid

Velázquez - Cuadro del Infante don Baltasar Carlos en su "jaquita"








El Conde-Duque de Olivares a caballo, por Velázquez




Así se gestaba una tradición histórica hispano-americana, con protagonistas castellanos e indígenas. …En los tiempos de la Casa de Austria, de los descendientes de la gran Isabel, que estaba a la altura del más aguantador jinete, que se presentaba en los campos de batalla, construía Santa Fe en piedra -para tomar Granada-, cuando el incendio consumía las tiendas; que galopaba días y noches enteros para cumplir su vocación de reina católica.
La España de los “Austrias menores” en el siglo XVII no tenía tal vez toda la garra de la España de Isabel y de Felipe II. Pero era como un galeón grandioso, con su arboladura dañada por los cañonazos, con una cuota de esplendor de “Siglo de oro” que repercutió en toda Europa y marcó la Francia del Rey Sol, hijo de Ana de Austria y marido de María Teresa, princesas españolas Habsburgo.
Encontramos la figura voluminosa y compleja del Conde Duque de Olivares y la de aquel florón tierno y varonil del Infante don Baltasar Carlos. A ambos los pintó Velásquez en inmortales escenas ecuestres que marcaron época.
Podemos enrostrarle al Conde Duque los errores que tanto costaron al mundo hispánico en desmedro de su misión histórica y en beneficio del anglo-sajón protestante y positivista. Pero no se puede negar que consagró sus mejores años a servir, mal o bien, a España.
Y es interesante para la consideración de este tipo humano que era uno de los mejores caballistas de España y que cabalgó casi hasta el día de su muerte. Y que en medio de sus graves responsabilidades de gobernar un Imperio fabuloso jamás visto en la historia (Busaniche), no se sentía él si no iba en persona a las dehesas de Madrid a apartar los toros para las grandes corridas (Marañón).






Nota: ver 1ª y 2ª en este mismo sitio - la primera en: http://aristocraciacatolica.blogspot.com/2011/10/el-guerrero-y-el-caballo-en-la-gesta.html (ya hemos publicado la 4ª nota, que continúa la presente, el 6 de febrero de 2012, en este sitio)