viernes, 11 de julio de 2014

Deshaciendo objeciones previas - Nobleza y élites tradicionales análogas - Cap. I - Visión de conjunto

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Nobleza y élites tradicionales análogas:
DESHACIENDO OBJECIONES PREVIAS
Visión de conjunto – Capítulo I

Presentamos el capítulo inicial de la obra en que el autor, Plinio Corrêa de Oliveira, aborda la misión esencial de la Nobleza y élites tradicionales análogas -y dirigentes auténticos de todo nivel en nuestros días.

Comienza dando respuesta a algunos interrogantes que surgen en el espíritu de los lectores, que sufren la influencia de los sofismas igualitarios difundidos por todas partes. Enfrenta así con el coraje y fidelidad al Papado que caracterizaron toda su existencia –reconocidos por expresivos documentos de la Santa Sede- la acción de los avasalladores medios de difusión revolucionarios y de los difusores de tales sofismas.
No pretendemos sino continuar brindando  una visión de conjunto, necesariamente resumida y limitada, recomendando vivamente la lectura de esta obra que está a disposición de quien desee adquirirla (nota: los subtítulos y textos en bastardilla pertenecen a nuestra Redacción; los subtítulos numerados y en letra normal son tomados del original).
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Imagen del maquinista antes de iniciar el viaje
Cuando la psicología de muchos lectores parece prevenida respecto a la materia a tratar, la situación del escritor es como la de un maquinista de tren que advierte que la vía está abarrotada de obstáculos, y que el viaje sólo podrá comenzar apartándolos. Son tantos los prejuicios respecto a la Nobleza y élites tradicionales análogas, que el asunto sólo puede tratarse después de apartarlos.

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1. Sin prejuicio de una justa y amplia acción en pro de los trabajadores, oportuna actuación a favor de las élites

Hablar de reivindicaciones a favor de los trabajadores es altamente loable. Pero insistir unilateralmente en ellas sin considerar los problemas y necesidades de otras clases –cruelmente afectadas por la gran crisis contemporánea- supone olvidar que la sociedad se compone de clases diversas, con funciones, derechos y deberes específicos y no únicamente de trabajadores manuales.
Asimismo, la formación de una sociedad sin clases es una utopía que ha sido tema invariable de los sucesivos movimientos igualitarios desde el siglo XV, predicada en nuestros días por socialistas, comunistas y anarquistas.
Las TFP y entidades afines son favorables a que se hagan para la clase de los trabajadores todas las mejores oportunas, pero sin que implique la desaparición de las demás clases, o una tal mengua de su significado, deberes, derechos y funciones específicas en favor del bien común que equivalga a su virtual extinción.
Resolver la cuestión social achatando todas las clases en ilusorio beneficio de una sola, supone provocar una auténtica lucha de clases, ya que suprimirlas en beneficio exclusivo de la dictadura de una sola –el proletariado- supone reducir a las demás a la alternativa de aceptar su legítima defensa o la muerte.
Es menester que nuestros contemporáneos bien orientados, en colaboración con las iniciativas en pro de la paz social por medio del justo y necesario apoyo a los trabajadores, desenvuelvan en favor del orden social una actuación opuesta a la de socialistas y comunistas, que lleva hacia la lucha de clases. Y para que el orden social exista, es condición que a cada clase le sea reconocido lo que en derecho le corresponde para subsistir dignamente y que, respetada en sus derechos específicos, se sienta capaz de cumplir los deberes que le corresponden en orden al bien común.

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Así, es indispensable que la acción a favor de los obreros se conjugue con otra a favor de las élites.
La Iglesia no se interesa por la cuestión social porque ame exclusivamente a los obreros; no es un partido laborista fundado para proteger una sola clase; Ella ama, más que a las diversas clases consideradas aisladamente y sin nexo con las demás, la Justicia y la Caridad, y por eso ama a todas las clases sociales… incluso a la Nobleza, tan combatida por la demagogia igualitaria (cfr. Caps. IV, 8, y V, 6).

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Pío XII reconoce a la Nobleza una importante y peculiar misión -que corresponde análogamente a otras élites sociales. Lo hace en quince alocuciones concedidas al Patriciado y a la Nobleza romana (1940 a 1958).
Nadie ignora la multiforme ofensiva para mengua o extinción de la Nobleza y demás élites, ejerciendo una avasalladora presión para hacer abstracción, replicar o disminuir su papel.
En alguna medida, pues, la actuación a favor de la Nobleza y élites es hoy más oportuna que nunca. “Cabe por tanto formular con arrojo y serenidad la siguiente afirmación: en nuestra época, en la cual tan necesaria se ha vuelto la opción preferencial por los pobres, también se hace indispensable una opción preferencial por los nobles” y otras élites tradicionales “expuestas al riesgo de desaparecer y dignas de apoyo”.
(…)
“No, si la Nobleza debe ser considerada una clase parasitaria de dilapidadores de sus propios bienes; pero esta imagen de la Nobleza, que forma parte de la leyenda negra de la Revolución Francesa de 1789 y de las que la siguieron…es rechazada por Pío XII. Aun cuando afirma claramente que se han dado en sus medios abusos y excesos…dignos de severa censura…describe, en términos conmovidos, la consonancia de la misión de la Nobleza con el orden natural de las cosas instituido por el propio Dios, así como el carácter elevado y benéfico de esa misión”.

Pagina interior con caballeros y estandartes

2. La Nobleza: una especie dentro del género élites tradicionales

La expresión élites tradicionales designa una realidad socio-económica. Según los textos pontificios, la Nobleza constituye una élite, la más alta de ellas; pero no es, ciertamente la única.
Hay élites no nobiliarias ni hereditarias ex natura propria. V.gr. la condición de profesor universitario incorpora a sus titulares a lo que se puede llamar élite de una nación, como la condición de militar, diplomático y otras análogas. No pocos nobles se dedican a ellas sin que decaigan ipso facto de su condición; por el contrario, el ejercicio de esas actividades da fácilmente ocasión a que el noble marque su actuación en ellas con la excelencia de los atributos específicos de la Nobleza.

No se debe olvidar a las élites que propulsan la vida económica de una nación en la industria y el comercio, funciones lícitas, dignas y de evidente utilidad, cuya meta específica es el enriquecimiento de quienes las ejercen; enriqueciéndose, por una consecuencia colateral, enriquecen a la nación.
Esto no basta para dotar de un carácter de Nobleza a quienes las ejercen. Es indispensable una particular dedicación al bien común –especialmente a lo que tiene de más precioso, el cuño cristiano de la civilización- para que se pueda conceder esplendor nobiliario a una élite. No obstante, cuando las circunstancias proporcionan a industriales y comerciantes la ocasión de prestar servicios notables con sacrificio relevante de intereses personales legítimos, ese esplendor brille también en quienes los hayan prestado con la correspondiente elevación de espíritu.
Si una familia no noble, por una feliz conjugación de circunstancias, ejerce a lo largo de varias generaciones alguna de estas actividades, bien puede ser suficiente para elevarla a la condición de noble, como ocurrió con la Nobleza veneciana –habitualmente de comerciantes- que ejerció el gobierno de la Serenísima República y tuvo en sus manos el propio bien común de aquel Estado, elevándolo a la condición de potencia internacional. No sorprende que hayan accedido a la condición de nobles de modo tan efectivo y auténtico que asumieron todo el alto tono de cultura y maneras de la mejor Nobleza militar y feudal.

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Hay élites tradicionales fundadas desde su inicio en capacidades y virtudes cuya transmisibilidad –genética y del ambiente y educación familiares- es patente. Así se constituyen familias y aún vastos conjuntos de familias que se destacan por sus señalados servicios al bien común: surge así una élite tradicional.
“En ella se alía a la condición de élite el valioso predicado de ser tradicional; y muchas veces no se constituye formalmente como clase noble por el mero hecho de que la legislación de muchos países –influenciada por las doctrinas de la Revolución Francesa- veda al Poder público el otorgamiento de títulos de Nobleza. En ese caso se encuentran no sólo ciertos países europeos, sino también los del continente iberoamericano”.
Las enseñanzas pontificias sobre Nobleza son en gran medida aplicables a esas élites tradicionales por fuerza de analogía de situación; de ahí la importancia y actualidad de esas enseñanzas para quienes, aun siendo portadores de auténticas y elevadas tradiciones familiares, no hayan sido honrados con un Título de Nobleza, pero a quienes corresponde una noble misión en sus respectivos países a favor del bien común y de la Civilización Cristiana.
Lo mismo se puede decir de las élites no tradicionales, en la medida en que se van haciendo tradicionales.

(Continúa en el próximo boletín)
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