martes, 26 de marzo de 2013

La Pasión: Observando el semblante de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder


                        Venerada Imagen de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder - Juan de Mesa - Sevilla






Observando el semblante de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder


Cada nuevo paso hacia el Calvario agrava insondablemente el diluvio de dolor que atormenta al Redentor. Tan grande es el sufrimiento que expresan sus ojos, que se diría que la vida se está extinguiendo en su humanidad santísima.
Su mirada parece estarnos diciendo: 'He alcanzado el auge de la postración. Mis fuerzas están extenuadas. Es tan atroz el dolor que tan sólo me resta un pequeño vestigio de vida…; hasta reflexionar me resulta ya casi imposible. Pero resistiré. Llegaré hasta lo alto del Calvario, iré hasta el final, porque esa es la voluntad de mi Padre'.
¡Oh reflexión y determinación inconcebibles! Son las dos primeras notas que llaman la atención al contemplar ese adorable rostro.

¿Qué reflexiones expresa esta mirada divina? Al parecer coinciden en la mente del Salvador, en este momento del Vía Crucis, varios pensamientos. Son las reflexiones que ha ido haciendo desde el comienzo de la Pasión y que ahora forman un cuadro de conjunto profundamente doloroso, lacerante, y que envuelve su alma en una bruma de dolor .
Por una parte, hace un juicio exacto, y por lo tanto severo, de la gravedad del crimen que se  practica en su contra. Agravado por la sensación terrible de la brutalidad con que es tratado, y de la clamorosa injusticia que lo envuelve. Se suma a todo esto un análisis de la ingratitud de los que lo atormentan. Pues todos ellos, cada uno en particular, fue objeto del divino apostolado, fue blanco del ardiente deseo que tenía de salvarnos. Muchos fueron consolados y otros aún perdonados por sus pecados.
Por otra parte parece reflexionar sobre la expiación que es necesario hacer, derramando la totalidad de su sangre, para redimir al género humano. Y, en el origen de todo, una resolución inconmovible, como si dijese: 'quiero llevar a cabo por completo esta expiación supremamente dolorosa’.  Y más allá de todo este mar de ignominia, de ingratitud y de infamia de los hombres, en el rostro del Redentor se transluce la determinación con la que carga el madero de la Cruz. Quiere salvar a los hombres, y lo sufrirá todo para darle la debida gloria al Padre y rescatar al género humano. Este es el pensamiento dominante, el pensamiento central. Los labios parecen murmurar: 'Sé que, sufriendo, rescato a los hombres. Sé que mi Padre acepta este rescate. Por lo tanto, Yo lo quiero!'
'Scio et volo': sé y quiero. He aquí la síntesis supremamente grandiosa de sus divinos pensamientos.
San Francisco de Sales comenta la alegría que siente, en lo más profundo de su alma, el varón justo que sufre la probación en la aridez espiritual. Analizando más atentamente la augusta Faz, se advierte una nota de felicidad que asoma por detrás de ese océano de dolor. La certeza de estar cumpliendo la voluntad del Padre celestial le produce, en el fondo del alma, una felicidad que los dolores que hacen sentir atrozmente su presencia en su fisonomía adorable no permanecen ocultos al observador atento.
¡Qué gran lección para nosotros! Intoxicados por la falacia generalizada de este mundo neopagano en que vivimos, nos resistimos a comprender el significado sobrenatural del dolor y de la muerte. El placer y el gusto constituyen nuestro anhelo de vida. Y al dolor lo vemos como algo monstruoso, que no queremos que perturbe nuestra existencia. Vivir y gozar... El sufrimiento nos aterra. De este modo, nos negamos a reconocer la precariedad de las cosas terrenas; a reconocer el papel sublime del holocausto por amor a Dios, y no aceptamos que la felicidad se encuentra al pie de la Cruz.
Jesús sufre y no devuelve los golpes de sus enemigos. Es torturado con satánica ferocidad. Un espíritu superficial pensaría que tiene, en grado sumo, la mansedumbre y la resignación de un cordero pero no la energía y la capacidad de ataque del león.
¡Qué inmenso y funesto engaño! El que es capaz de soportar tantos tormentos con semejante fortaleza, lo es también de las mayores ofensivas. Tan sólo el hombre dispuesto a sufrir lo inimaginable posee el vigor de alma necesario para los grandes combates. Nuestra capacidad de luchar por Dios estará siempre en proporción a la capacidad de sufrir por Él.  
Para quien sepa analizar esta sagrada Faz -desfigurada por el dolor pero marcada por una inconmovible resolución de cumplir enteramente la voluntad del Padre Eterno- resulta ser la fisonomía del combatiente por excelencia. ¿Qué héroe o cruzado puede presentarnos la Historia que se le pueda comparar?

La piedad popular lo venera bajo la advocación de "Jesús del Gran Poder". ¿Cómo discernir en ella las manifestaciones de tal poder? ,
Las fuerzas del Redentor van disminuyendo a cada instante. De hecho, está 'quebrantado, agotado, aniquilado', como exclamó Bossuet. La fe, no obstante, nos enseña lo que los ojos de la carne no. logran ver.

Es el Hombre-Dios y conserva, velada por su trágico aplastamiento, toda su Omnipotencia. Todo cuanto quiera lo obtendrá inmediatamente del Padre.
Bastaría un mero acto de su voluntad para que todas las heridas se curasen y el vigor retornase a su cuerpo. Bastaría un gesto para que los enemigos cayesen, fulminados. Pero como su deseo es redimir a los hombres, permanece en su tan impresionante y dilacerante flaqueza. Su objetivo es salvarnos  y, en cuanto Salvador, está triunfando.
La epopeya del Divino Redentor no termina en las sombras del sepulcro. Transcurridos tres días de luto sobre toda la tierra, amanecerá el día del triunfo espléndido, la fecha de la gloriosa Resurrección. En ella, el Salvador manifestó, por excelencia, su 'gran poder': el poder de Quien, con sus propias fuerzas, derrota la muerte y vuelve a la vida.
Plinio Corrêa de Oliveira(*)
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(*) Texto extraído de una conferencia, sin revisión del autor

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Recomendamos rezar y meditar el Via Crucis compuesto por el autor, publicado en el sitio
 
LUCES DORADAS DEL TUCUMAN